La tierra que tuvimos…

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Por Payín Imendia
Margarita del Carmen Brannon Vega, la bella intelectual salvadoreña, Claudia Lars, nació en Armenia –el antiguo cacicazgo Pipil de Guaymoco– y creció al pie de la imponente Cordillera del Bálsamo.

Fue vecina y mejor amiga de infancia de Consuelo Suncín que casó con Antoine de Saint Exupéry y aparece en su inmortal “El Principito” como La Rosa, un homenaje de amor que le hizo su marido.

Estas dos singulares mujeres salvadoreñas vivieron en un paisaje que ya no existe, lo depredamos, lo expoliamos. Este privilegiado territorio, el único en Centro América incrustado entre dos cordilleras volcánicas, la Antigua, que sirve de frontera con Honduras; y la Joven que corre a lo largo del litoral Pacífico, formada por la Cordillera Apaneca-Ilamatepec, la Cordillera del Bálsamo y la Cordillera Tecapa-Chinameca, creando una serie de pequeños valles intramontanos, fértiles y ubérrimos, ya es cosa del pasado.

Es ese pasado que doña Claudia nos dibuja en esta inmortal y vibrante poesía que ahora comparto con ustedes, con nostalgia, con un poco de dolor, y con la frustración de tener gobernantes tan chambones, bajeros y faltos de visión de estado, pero grandes representantes de la esencia destructora y corrupta del ser humano.

No puedo solo decir “Gracias mi tierra”, como doña Claudia sin agregar “…y perdón mi tierra por no haber defendido tu rica herencia”.

¡GRACIAS, MI TIERRA!
Claudia Lars
Por estos ventanales que entregan el paisaje,
por los ríos menores y tu gran padre-río;
por dragones ardientes que del volcán se escapan,
por doseles de musgo y cunas de semillas,
¡Gracias, mi tierra!

Por el redondo amparo del amante llanero,
por las ceibas abuelas y su alada familia;
por silencios de aroma donde el verde es tan joven,
por la flor-mariposa, novia de colibríes,
¡Gracias, mi tierra!

Por el candor risueño que tiene el ojo-de-agua,
por los cañadulzales y los bancos de lirios;
por las islas de pájaros en medio de los lagos,
por el pájaro inmóvil que descubro en la orquídea,
¡Gracias, mi tierra!

Por el colegio en charla de los patos vulgares,
por la celda de barro en que vive la avispa;
por el alto columpio de la ardilla instantánea,
por la tornasolada piel de la lagartija,
¡Gracias, mi tierra!

Por la yegua dormida entre mentas nocturnas,
por el perro del pobre –humano en su vigilia–;
por las ubres que filtran anises y albahacas,
por el gallo endamado, con el sol en el pico,
¡Gracias, mi tierra!

Por el húmedo surco en que el maíz se siembra,
por la tierna mazorca y el vaivén de la milpa;
por el tibio panal, anegado de flores,
por las humildes yerbas de todas las cocinas,
¡Gracias, mi tierra!

Por la solar naranja y el limón curandero,
por la sangre del bálsamo, que es la sangre del indio;
por la flor del izote –tan nupcial entre espadas–
y por el conacaste, isla de golondrinas,
¡Gracias, mi tierra!

Por el tabaco anciano, mantenedor de ensueños,
y por el chocolate en su labrada jícara;
por el chile que pone diablillos en la lengua,
por las mil y una noches del café y sus amigos,
¡Gracias, mi tierra!

Por la cal de mis huesos que viene de tus cales,
por tu suelta abundancia, por lo que das y quitas;
por mi casa sembrada en tu pecho valiente,
por mi verso de siempre, que es tierra siempre viva,
¡Gracias, mi tierra!