Ponga fin a la eterna pelea de sus hijos

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En la sabana, los cachorritos de león tienen un juego preferido, se dan zarpazos, se mordisquean y se revuelcan enredados en luchas simuladas. Sabemos que están aprendiendo a defenderse y a luchar. Resultan simpáticos, ¿verdad? Como los leoncitos, sus hijos de seis y cuatro años están zarandeándose en la habitación de al lado, pero la escena no parece tan entretenida, muy al contrario, quizás piense: “No entiendo por qué están molestándose todo el día, ¿se acabará esto alguna vez?”. Es un hecho. Los hermanos se pelean por todo y acerca de todo.

Educar es ayudar y acompañar a los niños para que sean independientes, autónomos y puedan valerse por sí mismos. Esa independencia se manifiesta marcando sus diferencias respecto a otras personas. Educar es enseñarles cómo funciona el mundo social de los adultos, donde puede haber momentos para ser cooperativos, individualistas o competitivos, porque tendrán muchos conflictos que resolver. Nuestro cerebro se desarrolla resolviendo estos problemas sociales. Por eso, y aunque nos cueste creerlo, sus peleas tienen una finalidad. Ofrecen a los niños una forma de poner a prueba sus propios límites, ser asertivos, aprender a negociar y a solucionar desacuerdos, todo ello, en el entorno seguro de su casa. Están aprendiendo a entrar en conflicto, están jugando a competir.

Un ambiente de peleas entre hermanos no es bueno, es evidente, pero lo importante no es evitar que existan conflictos sino que aprendan a solucionarlos, ese es el papel de los padres. El problema no son las peleas sino nuestra reacción ante ellas, los padres detestamos las discusiones y solemos intervenir e intentar detenerlas. No decimos que debamos ignorar las peleas cuando están a punto de hacerse daño. En ese momento que empiezan a descontrolarse es importante separarles. Sin embargo, muchos padres se sienten inseguros e impacientes sin saber cómo reaccionar ante los pleitos de sus hijos. Éstas son algunas pistas para conseguir que las peleas de sus hijos tengan un final feliz.

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CONDUCTAS A EVITAR

No intervenga ni inmediata ni sistemáticamente. Deje que traten de solucionar el problema por sí mismos. Si interviene, no les deja aprender a buscar alternativas, a controlar su agresividad y, lo que es más importante, a reconciliarse. Si están discutiendo y usted controla que no hay un serio peligro, ¡déjelos! Intente ignorarlos, salga de la habitación y no les diga nada. Seguro que acaban arreglándoselas.

No haga de juez. Nuestros hijos quieren ser considerados únicos y valorados por lo que son. No decida quién tiene razón. No debemos presuponer que el mayor deba reaccionar de forma más madura. Da igual que tengan distintas edades. Cuando dos niños discuten se suelen poner al mismo nivel y comportarse como críos de dos años.

Evite las comparaciones. No hay nada más molesto para un niño que ver cómo alaban a uno a expensas del otro. Es mejor evitar comentarios del tipo “tu hermano se porta mejor que tú”. También hay que tener cuidado en no caer en comparaciones cuando hable de sus hijos con una tercera persona.

No les etiquete. Como “el listo”, “el tranquilo” o “el difícil”. Si lo hace, corre el riesgo de que asuman ese rol para toda la vida.

PAUTAS A SEGUIR

Acepte el conflicto, no lo reprima. Ayúdeles a entender que es normal enfadarse de vez en cuando con las personas que amamos, pero que esto no significa que no las queramos.

Ayúdelos a manejar su ira. Si la discusión se ha convertido en pelea, sepárelos y dígales que no puede permitir que se hagan daño. Haga que respiren y cuenten hacia atrás de 10 a uno en voz alta y despacio.

Escuche sus quejas y reconozca lo que les preocupa. Lo mejor es animarlos a que se escuchen entre sí diciendo: “Parece que están muy enojados, tienen dos minutos cada uno para explicar qué les pasa”. Luego enunciar el problema: “Por lo visto quieren ver un programa (jugar un juego) cada uno y sólo hay una televisión. Estoy seguro de que entre los dos encontrarán la mejor solución”. Salga de la habitación.

Haga que su hijo se centre en lo que él quiere. Ponga normas para dialogar: no pegarse, no hablar a gritos, esperar turno y verbalizar lo que quiere no lo que sus hermanos consiguen. El secreto es que deje que sean ellos quienes resuelvan el problema.

Deje que sus hijos se cuiden entre sí. Aunque la tendencia es ir a consolar a los hijos cuando lloran es bueno dejarles espacio para que se cuiden entre ellos. Podemos preguntarles: “¿Cómo puedes ayudar a tu hermano?”.

Pase del conflicto a la reconciliación. Una vez pasada la situación conflictiva es el momento para volver sobre ello y revisar el comportamiento con la intención de sacar una conclusión positiva y aprender de ella.

Algunos juegos. Cambio de papeles: ahora nosotros somos los niños y ustedes los padres. Juego en la colchoneta: uno a cada lado, sin chillar, cada uno expone lo que le pasa. Magos y dragones: el que hace de dragón pone cara de enfado y dice “la fuerza todo lo puede”, el que hace de mago, pone cara de bueno y dice “el amor vence”. Luego, cambiar los papeles. ¡Es un conflicto divertido!