Haití, el shock comercial en ciernes para América Latina

Por Beatrice Rangel

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La toma de control del Haití por el crimen organizado era de esperarse ante la total disolución del Estado y el empoderamiento de las bandas criminales por aquellos particulares que aún pueden hacer negocios en el país.

Esas fuerzas tomaron cuerpo en la medida que la institucionalidad colapsaba al tener el país como timonel al Primer Ministro, Ariel Henry, personaje señalado por infinidad de reportes internacionales como parte de la coalición político criminal liderada por el ex presidente Michel Martelly.

Y mientras esto ocurre en Puerto Príncipe, las naciones de América Latina han decidido permanecer inermes pensando que este es un problema para Estados Unidos y Canadá por la bomba migratoria que genera sin ver cómo el conflicto amenaza con paralizar las rutas comerciales atlánticas entre Estados Unidos y la región. 

Ante la indolencia Latinoamericana, Estados Unidos está intentando con su apoyo financiero crear una fuerza de paz internacional liderada por Kenia. Esto es receta de desastre. Si bien la policía de Kenia es reconocida como una de las mejores del mundo y tiene un tradición impecable de uso civilizado de la fuerza, empleo eficiente de la información de inteligencia y uso efectivo y eficiente de los recursos, ese cuerpo admirado por el mundo va derecho a la catástrofe en Haití.

Porque va a ingresar en una nación que se deshace, en la cual el único poder efectivo es el crimen organizado, cuyos líderes ya le demostraron al mundo que controlan al país al no permitir el regreso del Primer Ministro Henry, quien volvía precisamente de Nairobi tras firmar el acuerdo para el ingreso de la fuerza policial keniana. 

Por tanto habría que poner en pausa el plan de despliegue de la fuerza de paz hasta que las condiciones para su ingreso sean favorables. 

Y las condiciones no son otras que el logro de un consenso político nacional -incluyendo a las bandas delictivas que hoy controlan al país- para la instalación de un gobierno de transición. Y el inicio por ese gobierno de la reconstitución institucional. La primera piedra para esta tarea ya está colocada. Existe, a raíz del asesinato del presidente Moselle, un grupo que reúne a todas las organizaciones de la sociedad civil haitiana conocido como el Grupo Montana. El Grupo Montana firmó un acuerdo con la más extensa coalición de partidos políticos de Haití para constituir la agrupación PEN (Protocole D’ Entente Nationale) por las siglas en francés del instrumento suscrito entre el Grupo Montana y 70 partidos políticos. 

Afortunadamente para Haití, la comunidad del Caribe ha comprendido la magnitud del problema y el peligro de las soluciones mágicas y está negociando ese gobierno de transición con el Grupo Montana y los partidos políticos firmantes del PEN. 

La intervención del Caricom resuelve el grave problema de la ausencia de prioridad que Haití ha tenido para las naciones de América Latina, lo cual se ha traducido en un peligroso Laissez Faire cuyos resultados son el caos actual. El Caricom está jugando hoy el papel que jugaron en 1987 Francia, Canadá y Venezuela en el fomento de un consenso político dentro de Haití para instalar un gobierno de transición que llevara a la democracia (establecer una Asamblea Constituyente, realizar un referendo constitucional y elecciones que favorecieron a Jean Bertrand Aristide). Y allí comenzó el drama que hoy azota a Haití. Aristide, en lugar de dedicarse a robustecer el frágil consenso político, usó su caudal electoral para destruirlo y perseguir a sus oponentes. La fragmentación del cuerpo político fomentada por Aristide dio origen al regreso de los ‘Tonton Macoute’ (policía secreta) y a toda clase de desafueros que se acentuaron con dos intervenciones militares sin consenso político. 

Una vez creado el consenso político para la transición será necesario reiniciar la reconstrucción del Estado comenzando por la policía. Y este programa que perfectamente podría llevar a cabo la policía de Kenia debería contar con el respaldo de países con intereses en la estabilidad de Haití como es el caso de Francia, Canadá y Estados Unidos. Estas tres naciones podrían no solo apoyar la misión de reconstrucción de la policía sino abrir cauces de apoyo al perfeccionamiento institucional apoyándose en las agencias de desarrollo del Caricom. 

Retomar el camino ya andado y con éxito parcial sería la forma de evitar el desplome total de Haití y el impacto de este desenlace sobre la República Dominicana, además de proteger las rutas comerciales atlánticas entre Estados Unidos y América Latina. Porque, como estamos observando en el Mar Rojo, elementos criminales bombardean a diario las marinas mercantes del mundo entero. Un escenario de esta naturaleza, unido al desastroso manejo del Canal de Panamá, sería letal para las economías de América Latina, cuyos líderes siguen pensando que Haití no importa.