Opinión: ¿Nos Consideran Imbéciles?

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Por Mauricio Eduardo Colorado.-

El nombramiento del nuevo Fiscal General, pese a que ha sido aprobado aparentemente por todos los partidos políticos, como que ha traído algunas sorpresas en algunos sectores de la política nacional.

A menos de dos meses de ejercer el cargo, el nuevo Fiscal General, ha declarado públicamente que se ha enterado de que existen personas y “grupúsculos” que están inconformes con su desempeño en los pocos días que lleva en el cargo. Sabemos por experiencia propia que el cargo de Fiscal General, atrae el repudio de quienes tienen por norma dedicarse al mal, y más aún de quienes por el hecho de ejercer un cargo, se consideran intocables, casi dioses que tienen el derecho de actuar impunemente porque son “fulanito de tal”.

Tal es el caso de algunos ex presidentes que al dejar el cargo, revelan en su patrimonio incrementos no justificados que creyeron que jamás serían cuestionados, porque imaginaron que su poder sería ilimitado en el tiempo.

Nunca consideraron que al elegir un fiscal honesto, su tráfico de influencias sucumbiría ante las interrogantes que las evidencias dejadas por sus dudosas actuaciones, se volverían contra ellos mismos, y en algunos casos contra de sus mismos familiares, que ahora procuran desligarse de la justicia.

Los casos que la sección de probidad de la Corte Suprema de Justicia ha hecho del conocimiento público, son realmente ofensivos para el ciudadano que con el pago de sus impuestos colabora para el pago de todas las actividades del estado, y con justo derecho, pretende ahora que se justifiquen y clarifiquen los gastos, y se destierre el despilfarro que esos malos funcionarios cuya primera obligación es proteger los bienes del estado, consideran que se encuentran en esos cargos para despilfarrar los recursos que con tanto sacrificio colaboramos los contribuyentes.

Nos sorprende cómo ahora las esposas y los hijos de ciertos ex funcionarios, procuran desligarse de participar en la burla realizada contra el pueblo, ante las investigaciones que los acorralan por sus excesos que pensaron jamás serían investigados.

En el mundo, los altos funcionarios deben mantener conductas probas y honorables durante y después de ejercer sus cargos, porque su vida pública y privada debe merecer respeto para el país que representan y de ninguna manera les luce “justificarse” en creer que porque es su “vida privada” nadie  se debe inmiscuir en ella.

El mismo repudio merece –a nuestro criterio- sostener que “se han perdido” los documentos probatorios de conductas irregulares, de entidades serias como la presidencia de la república, que pretende cubrir con ese falso manto de inocencia, a quien sabe cuántos involucrados en lo que se investiga.

El presidente actual, y sus más cercanos colaboradores no solamente porque es su obligación, sino porque deben actuar con honestidad y moralidad, deberían comprender que actuar como encubridores o colaboradores de acciones repudiables realizadas por ex funcionarios de escaso valor moral, los involucran en las mismas categorías de malos servidores del estado de quienes pretenden exonerar, y que su deber es –lejos de proteger a estos malos y repudiables salvadoreños- buscar la verdad y de los resultados que se obtengan, proceder conforme a la ley y buenas costumbres proteger el honor del gobierno al cual pertenecen, o renunciar al cargo, para no ser cómplices de esas vergonzosas y delictuosas actuaciones.

Ciertamente que antes hubo una guerra cuya finalidad era corregir lo que se consideraba equivocado de los gobiernos pasados, pero ahora que las cosas debieron haber cambiado, se debe demostrar que los valores pretendidos eran ciertos, y no seguir con más de lo mismo. Sin querer justificar la guerra, ni aprobar sus efectos, es necesario expresar que toda guerra tiene una “justificación”. En el caso de nuestro país. Se adujo que existía una injusticia social, y que el cambio necesario nunca iba a ocurrir por voluntad de las autoridades. Esa fue la razón para levantarse en armas y producir tanta destrucción. Ahora que las cosas han cambiado, no se ven los efectos prácticos, y la desigualdad social continúa igual, lo mismo que el enriquecimiento que antes se combatió. Entonces, ¿Los muertos de la guerra murieron en vano?

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