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Lawrence de Arabia, el espía británico que se convirtió en una leyenda

Lawrence de Arabia, el espía británico que se convirtió en una leyenda
  • Publishedmayo 19, 2026

Para la rígida sociedad victoriana que recibió su llegada al mundo el 16 de agosto de 1888 en Tremadoc, Gales, Thomas Edward Lawrence estaba destinado a ser un oscuro bastardo, que ni siquiera llevaba el verdadero apellido de su padre, el aristócrata Thomas Robert Tighe Chapman, un terrateniente angloirlandés que buscó refugio en la tranquilidad galesa después de abandonar a su legítima esposa para escapar con la institutriz de sus cuatro hijas. Tampoco el físico lo ayudaba: era bajo —medía solo un metro sesenta y cinco— y robusto, aunque por lo que se suele llamar la magia el cine, el nombre de Lawrence de Arabia, con que pasó a la historia, se asocia de inmediato al rostro y la imponente presencia física de Peter O’Toole —un hombre esbelto de casi un metro noventa—, el actor que lo encarnó en la taquillera película de David Lean estrenada en 1962.

Su vida parece sacada de una de esas apasionantes novelas de aventuras por entregas que los lectores de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX esperaban todas las semanas con ansiedad: fue arqueólogo, erudito, escritor, espía, soldado de tierra y aire, combatiente de la Primera Guerra Mundial, profundo conocedor del mundo árabe —donde fue admirado y odiado, considerado héroe y también traidor—, consumado estratega de la guerra de guerrillas en las inhóspitas arenas del desierto, y amigo influyente de empinados jeques y de oscuros beduinos entre quienes se movió extraoficialmente como un hábil diplomático al servicio de la corona.

Thomas Edward fue el segundo de los cinco hijos que Chapman —que había trocado su apellido por Lawrence— engendró con su nuevo amor, Sarah Junner. Los vaivenes de la vida familiar hicieron que tuviera una infancia itinerante que lo llevó por Irlanda, Gales, Escocia y Francia para terminar en Oxford, donde estudio en la City High School en 1907. Allí se apasionó por la historia y para estudiarla se inscribió en el Jesus College de la Universidad de Oxford, donde se convirtió en uno de los discípulos preferidos de David George Hogart, un arqueólogo especialista en Medio Oriente que dirigía el Ashmolean Museum.

Bajo la influencia de Hogart, en 1909 hizo un primer viaje por Palestina, la costa del Líbano, parte de Siria y la Mesopotamia para recoger material para una tesis sobre la arquitectura militar de las Cruzadas, que presentó el año siguiente. Más tarde realizó excavaciones en algunos yacimientos a orillas del Éufrates, bajo la dirección del famoso arqueólogo británico Leonard Wolley, lo que le permitió profundizar su conocimiento del idioma y la cultura árabes. Eso sería clave para su próxima y más duradera vocación, el espionaje.

Lawrence, el segundo de la derecha en la fila del medio. En primer plano, el príncipe Faysal, líder de la Revuelta Árabe

Espía al servicio de Su Majestad

A principios de 1914, cuando tenía 25 años, Lawrence se incorporó a otra expedición arqueológica, comandada por el capitán Stewart Newcombe, para realizar excavaciones en la península del Sinaí. En realidad, los trabajos arqueológicos eran una excusa del Arab Bureau de la Inteligencia británica para encubrir una misión militar que tenía como objetivo realizar un estudio topográfico militar de la zona. No fue la única misión que Lawrence —con el grado de subteniente— tuvo allí: a fines de ese año le encomendaron promover el levantamiento de los pueblos de la región contra el Imperio otomano. Pronto se convertiría en un jugador clave en la estrategia bélica de su país.

Hasta que estalló la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña había mantenido una política de apoyo al Imperio otomano en Oriente Medio, que terminó abruptamente con el apoyo de Turquía a Alemania en noviembre de 1914. Buscando aprovechar el creciente nacionalismo árabe en la zona, los británicos alentaron y apoyaron a los principales jefes árabes a rebelarse contra el dominio colonial otomano. Estas complejas negociaciones aún estaban en curso cuando el gran Sherif Hussein, gobernante de la provincia de Hiyaz, inició un levantamiento con la expectativa de obtener el apoyo británico. Este levantamiento se convertiría en la Revuelta Árabe, liderada y combatida por los cuatro hijos del Sherif Hussein: Zeid, Ali, Abdullah y Feisal.

El Arab Bureau le ordenó a Lawrence identificar cuál de los hijos sería el líder más conveniente para los intereses británicos y relacionarse con él. Eligió, con acierto, a Feisal, de quien se convirtió en asesor político y militar durante los siguientes dos años. No solo lo asesoró, sino que se incorporó personalmente a la guerra. En ese campo ganó enorme prestigio con la conquista del Puerto de Aqaba, el 6 de julio de 1917. Si bien no causó graves daños a la estructura militar otomana, el éxito de esa operación tuvo una gran transcendencia en el mundo árabe y le permitió a Lawrence conseguir la estima de los jefes beduinos, al punto de convertirse en un personaje legendario al que comenzaron a llamar “Lawrence de Arabia”. Lo veían como uno más de ellos, vestido como un árabe y llevando su misma dura vida en el desierto.

Con el antecedente de esa victoria y el prestigio que le había otorgado, viajó a El Cairo y se reunió con Sir Edmund Allenby, líder de la Fuerza Expedicionaria Egipcia Británica, que le encomendó conseguir el apoyo de las fuerzas árabes de Feisal para apoyar su campaña militar en Palestina. Lo consiguió y además logró que los ataques de Feisal contra los turcos resultaran muy útiles para las fuerzas de Allenby. Atacaron las líneas de comunicación turcas y sabotearon el ferrocarril que conducía a Palestina, una ruta crucial de suministro para Turquía. También cortaron las líneas telefónicas, obligando a los turcos a enviar mensajes inalámbricos que los británicos podían interceptar. Al hostigar y acorralar a miles de tropas turcas, les impidieron concentrarse contra el avance de Allenby. Lawrence participó en muchas de estas actividades y lideró numerosas victorias cruciales. Estuvo con las tropas árabes que entraron en Damasco junto con las fuerzas de Allenby el 1 de octubre de 1918. No vestía como un británico sino como un árabe más. Para unos y otros era un héroe, aunque pronto los árabes lo verían como un traidor.

La vida de Lawrence de Arabia parece sacada de una novela de aventuras: fue arqueólogo, erudito, escritor, espía, soldado de tierra y aire, combatiente de la Primera Guerra Mundial, conocedor del mundo árabe (donde fue considerado héroe y también traidor), estratega de guerra, amigo de empinados jeques y de oscuros beduinos

La gran desilusión

A través de Lawrence, los británicos le habían prometido a Feisal que apoyarían la creación de un gran Estado panárabe, pero en realidad el Reino Unido y Francia tenían otros planes: dividir los territorios de Medio Oriente entre ellos, sin dejar cabida para la formación de Estados árabes independientes. Al quedar en evidencia la maniobra que, además, lo hacía aparecer como un hombre que había traicionado su palabra, a Lawrence se le presentó el dilema moral de elegir entre la lealtad personal prometida a los árabes y la lealtad que debía a su patria.

Finalmente, desilusionado por la actuación de su país, a lo que se sumó el dolor por la muerte de dos de sus hermanos en los campos de batalla de Francia, pidió ser relevado y el 4 de octubre de 1918 abandonó Damasco para volver a Gran Bretaña, donde lo esperaba un recibimiento inesperado.

Considerado un traidor por los árabes, una vez en Londres descubrió que se había convertido también en una leyenda para sus compatriotas. El periodista estadounidense Lowell Thomas lo retrató como el atractivo y carismático líder de las guerrillas árabes románticas. Al principio Lawrence se sintió cómodo con esa imagen pública, pero con el paso del tiempo llegó a despreciarla e intentó distanciarse del personaje en que lo habían transformado. Trabajó como asesor de Winston Churchill, por entonces secretario colonial, en 1921, pero tampoco se sintió cómodo allí. Entonces le pidió a Churchill que lo ayudara a desaparecer de la escena.

Cuando Lawrence debió escoger entre la lealtad personal prometida a los árabes y la lealtad que debía a su patria, considerado un traidor por los árabes, y desilusionado de su país, abandonó Damasco. De regreso en Londres descubrió que allí también se había convertido en una leyenda

El soldado raso que escribía

Con la complicidad de Churchill y de Hugh Trenchard, mariscal de la Real Fuerza Aérea, se alistó como soldado raso en la Fuerza real inglesa con el nombre de John Hume Ross y fue destinado en la India, pero fue expulsado dos meses después, cuando el Daily Herald lo descubrió y publicó un artículo donde reveló su verdadera identidad. Más tarde fue readmitido con otro nombre y con un nuevo destino. Estaba decidido a permanecer en el anonimato.

Mientras se desempeñaba como un soldado raso más, escribió febrilmente el libro que lo consagró también en las letras, Los siete pilares de la sabiduría, publicado en 1926, donde relata su experiencia en la guerra contra los turcos. Allí escribió cosas como esta, que parece reflejar su personalidad: “Todos los hombres sueñan, pero no de la misma forma. Los que sueñan de noche se despiertan para descubrir que se han desvanecido, pero los que sueñan de día son peligrosos, porque actúan en sus sueños con los ojos abiertos a fin de convertirlos en realidad”.

El libro de Lawrence impresionó fuertemente al argentino Jorge Luis Borges, que años después opinó así sobre él en una conferencia: “Hemos vivido dos guerras mundiales, pero, por alguna razón, no ha surgido de ellas una épica; excepto, quizá, Los siete pilares de la sabiduría. En Los siete pilares de la sabiduría encuentro muchas cualidades épicas. Pero el libro está lastrado por el hecho de que el héroe es el narrador, por lo que a veces debe empequeñecerse, humanizarse, hacerse verosímil en exceso. De hecho, se ve obligado a incurrir en los trucos del novelista”, lo definió.

Más tarde, Lawrence volvió a incursionar en la literatura con El troquel, una obra donde cuenta sus experiencias como soldado raso, y en su tiempo libre se dedicó a traducir La Odisea del griego clásico al inglés y a escribir innumerables cartas, que fueron recopiladas después de su muerte y lo muestran como un verdadero maestro del género epistolar.

El nombre con el que pasó a la historia, «Lawrence de Arabia», quedó unido al rostro y la presencia de Peter O’Toole, el actor que lo encarnó en la taquillera película de David Lean estrenada en 1962

“No habrá otro como él”

A la vez, seguía incorporado con su segundo nombre falso en la Fuerza Aérea, donde se dedicó al desarrollo de lanchas rápidas de salvamento. Lo dieron de baja en 1935 y se refugió en su casa de Clouds Hill. Tenía 46 años y, según sus amigos más cercanos, estaba deprimido.

El 13 de mayo de ese año, salió bajo una intensa lluvia en su motocicleta Brough Superior SS100 y la puso a alta velocidad. Al llegar a una curva, se topó con dos ciclistas y al frenar de golpe para no atropellarlos salió despedido por el aire y cayó de cabeza contra el asfalto. Estuvo seis días en coma antes de morir en el Hospital Militar de Bovington, en Dorset. El funeral se celebró en la tarde del 21 de mayo en la iglesia de Moreton, cerca de Clouds Hill, con la presencia de antiguos compañeros de armas, personalidades políticas, artistas y escritores.

Lawrence de Arabia había sido una leyenda en vida y lo siguió siendo después, pero con el correr de los años, su figura comenzó a ser cuestionada, sobre todo después de la publicación de una biografía escrita por su compatriota Richard Aldington, donde se lo muestra como un mentiroso compulsivo, ambicioso y desequilibrado, dedicado a construir un mito sobre sí mismo. Sin embargo, una serie de archivos secretos británicos que fueron desclasificados en las décadas de los ’60 y los ’70 confirman el papel que jugó en Medio Oriente durante los convulsionados años de la Primera Guerra Mundial.

Así, detrás del mito y de las controversias, volvió a aparecer el hombre de carne y hueso, con una vida que, según André Malraux, “no es ejemplar, ni pretende serlo”. Quizás quien mejor lo definió fue uno de los hombres que más lo apreciaba, Winston Churchill, cuando muchos años después de la muerte de Lawrence condensó en una sola frase todas sus facetas: “No habrá otro como él, su nombre pervivirá en las letras inglesas, será recordado en los anales de la guerra y vivirá en las leyendas de Arabia”.

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Redacción DL