El centenario de un gigante: Orson Welles

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Por: Carlos Boyero. El País.-

Hoy cumpliría cien años. No hay que hacer esfuerzos proteicos para imaginar su aspecto. Con Welles tengo la sensación de que nunca fue joven ni viejo, de que no tenía edad o de que podía aparentar la que le diera la gana, que siempre fue una cosa tan insólita como impresionante que respondía al nombre de Orson Welles, que no necesitó aprender ni evolucionar, que su personalidad y su inteligencia no tuvieron alteraciones, que fue deslumbrante, complejo y bendecido por el arte más poderoso desde su niñez y así hasta el final.
Seguramente, habitarían en alguien tan especial las luces y la tinieblas e imagino que podría llegar a resultar desesperante muchas veces para la gente que financiaba su creatividad pero también que, como el personaje de Alida Valli en El tercer hombre, el cine seguiría en deuda permanente con él y enamorado de su grandiosa e inquietante figura, aunque los hechos nos confirmaran algo tan monstruoso como que pretendió hacerse rico en el mercado negro adulterando la penicilina y dejando tullidos a niños en aquella Viena devastada por la guerra.
La fascinación que despierta el seductor, cínico y siniestro tercer hombre permanecería intacta aunque descubras su reverso tenebroso. Y te subirías a la noria del Prater con él para escuchar hipnotizado sus salvajes opiniones sobre la condición humana, los Borgia y el reloj de cuco, pero convendría que te agarraras muy muy fuerte a algún asidero, ya que no habría dudas de que si le suponías un mínimo problema te lanzaría al vacío.
No es casual que su gran amor fuera Shakespeare y que estuviera obsesionado con trasladarle al cine, para mi gusto con resultado desigual en Macbeth y Otelo (y que me excomulgue la Academia dedicada al culto a lo sagrado) y de forma conmovedora a medianoche. Y, por supuesto, siempre debió de tener claro que la historia le reivindicaría como el Shakespeare del cine. De igual a igual. Pero nunca sabremos cuántas obras prodigiosas hubiera creado Welles (o de lo que hubiera sido capaz de lograr Maradona en el fútbol si el adictivo polvo blanco no colonizara su organismo desde que se instaló en Barcelona) si le hubieran permitido engendrar sus múltiples y ambiciosos proyectos con plena libertad creativa, tal como las concibió su imaginación, con presupuestos a la altura de lo que pretendía hacer.