El 90 cumpleaños de Fidel

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El pasado 13 de agosto, Fidel Castro Ruz cumplió 90 años de edad. En ocasión de ese evento Fidel escribió una pequeña reflexión de su memoria; pocas palabras pero muy sentidas, como cuando uno presiente que está cerca del umbral definitivo.

Sus palabras son un recuento de acontecimientos que marcaron su destino acontecimientos que solo ha confiado a sus biógrafos de confianza, como si en el fondo le dolieran. Como si en el fondo le recordaran cosas que quizás nunca debieron existir y que intencionalmente mantuvo fuera de su discurso.

Recordar su niñez en un latifundio del que su familia de origen español se había apoderado para explotar caña entre otros productos de la tierra es para Fidel un recuerdo traumático. Un hecho en el que trae a colación como él y su familia “permitían” que una empleada compartiera  “su mesa” en una innegable actitud de superioridad de clase, que después combatiría, es cosa que quizás hubiese dificultado explicar en su dialéctica marxista leninista.

Admitir que su infancia, no la de sus progenitores, estuvo rodeada de dificultades, al grado de no haber asistido a una sala de cine por más de tres años, tuvo que ser extremadamente duro para Fidel. Más aún confesar el abandono de sus padres en aras de un ideal socialista, tuvo que causarle un gran esfuerzo.

Pero ese es el Fidel del que nos enteramos y al que conocimos los jóvenes de la época, jóvenes que de una u otra manera marcamos nuestro destino asombrados por las “hazañas” realizadas en la Sierra Maestra, en Pico Turquino y en la Sierra Cristal de Cuba, por Camilo, por el Che y por Fidel.

El resto es historia discutida y discutible, no solo para absolver, como dijera Fidel al ser condenado tras el fracaso del asalto al cuartel Moncada, sino para reflexionar y meditar sobre la misma historia. Las palabras de Fidel alientan a no dejar de ver hacia atrás si se se quiere avanzar seguro, tanto para los aciertos como para los errores.

Solo al final de su mensaje Fidel retoma las expresiones “antimperialistas” que lo hicieron flotar durante la guerra fría. Sin ese final el discurso hubiera sido casi perfecto. Nos hubiera mostrado al Fidel de la medalla con la Virgen de la Caridad del Cobre; al Fidel en el que creímos los jóvenes de entonces. Lo reproducimos porque porque a Fidel, el Fidel de la Sierra Maestra, no se le deben regatear ni su calidad humana ni su habilidad política. Ese fidel que, arrinconado, tuvo que declarase socialista y comunista para sobrevivir en el dificil mundo del siglo XX.

El cumpleaños de Fidel

Autor: Fidel Castro Ruz | internet@granma.cu

13 de agosto de 2016 04:08:31

Mañana cumpliré 90 años. Nací en un territorio llamado Birán, en la región oriental de Cuba. Con ese nombre se le conoce, aunque nunca haya aparecido en un mapa. Dado su buen comportamiento era conocido por amigos cercanos y, desde luego, por una plaza de representantes políticos e inspectores que se veían en torno a cualquier actividad comercial o productiva propias de los países neocolonizados del mundo.

En una ocasión acompañé a mi padre a Pinares de Mayarí. Yo tenía entonces ocho o nueve años. ¡Cómo le gustaba conversar cuando salía de la casa de Birán! Allí era el dueño de las tierras donde se plantaba caña, pastos y otros cultivos de la agricultura. Pero en los Pinares de Mayarí no era dueño, sino arrendatario, como muchos españoles, que fueron dueños de un continente en virtud de los derechos concedidos por una Bula Papal, de cuya existencia no conocía ninguno de los pueblos y seres humanos de este continente. Los conocimientos trasmitidos eran ya en gran parte tesoros de la humanidad.

La altura se eleva hasta los 500 metros aproximadamente, de lomas inclinadas, pedregosas, donde la vegetación es escasa y a veces hostil. Árboles y rocas obstruyen el tránsito; repentinamente, a una altura determinada, se inicia una meseta extensa que calculo se extiende aproximadamente sobre 200 kilómetros cuadrados, con ricos yacimientos de níquel, cromo, manganeso y otros minerales de gran valor económico. De aquella meseta se extraían diariamente decenas de camiones de pinos de gran tamaño y calidad.

Obsérvese que no he mencionado el oro, el platino, el paladio, los diamantes, el cobre, el estaño, y otros que paralelamente se han convertido en símbolos de los valores económicos que la sociedad humana, en su etapa actual de desarrollo, requiere.

Pocos años antes del triunfo de la Revolución mi padre murió. Antes, sufrió bastante.

De sus tres hijos varones, el segundo y el tercero estaban ausentes y distantes. En las actividades revolucionarias uno y otro cumplían su deber. Yo había dicho que sabía quien podía sustituirme si el adversario tenía éxito en sus planes de eliminación. Yo casi me reía con los planes maquiavélicos de los presidentes de Estados Unidos.

El 27 de enero de 1953, tras el golpe alevoso de Batista en 1952, se escribió una página de la historia de nuestra Revolución: los estudiantes universitarios y organizaciones juveniles, junto al pueblo, realizaron la primera Marcha de las Antorchas para conmemorar el centenario del natalicio de José Martí.

Ya había llegado a la convicción de que ninguna organización estaba preparada para la lucha que estábamos organizando. Había desconcierto total desde los partidos políticos que movilizaban masas de ciudadanos, desde la izquierda a la derecha y el centro, asqueados por la politiquería que reinaba en el país.

A los 6 años una maestra llena de ambiciones, que daba clases en la escuelita pública de Birán, convenció a la familia de que yo debía viajar a Santiago de Cuba para acompañar a mi hermana mayor que ingresaría en una escuela de monjas con buen prestigio. Incluirme a mí fue una habilidad de la propia maestra de la escuelita de Birán. Ella, espléndidamente tratada en la casa de Birán, donde se alimentaba en la misma mesa que la familia, la había convencido de la necesidad de mi presencia. En definitiva tenía mejor salud que mi hermano Ramón —quien falleció en meses recientes—, y durante mucho tiempo fue compañero de escuela. No quiero ser extenso, solo que fueron muy duros los años de aquella etapa de hambre para la mayoría de la población.

Me enviaron, después de tres años, al Colegio La Salle de Santiago de Cuba, donde me matricularon en primer grado. Pasaron casi tres años sin que me llevaran jamás a un cine.

Así comenzó mi vida. A lo mejor escribo, si tengo tiempo, sobre eso. Excúsenme que no lo haya hecho hasta ahora, solo que tengo ideas de lo que se puede y debe enseñar a un niño. Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer.

La especie humana se enfrenta hoy al mayor riesgo de su historia. Los especialistas en estos temas son los que más pueden hacer por los habitantes de este planeta, cuyo número se elevó, de mil millones a fines de 1800, a siete mil millones a principio de 2016. ¿Cuántos tendrá nuestro planeta dentro de unos años más?

Los científicos más brillantes, que ya suman varios miles, son los que pueden responder esta pregunta y otras muchas de gran trascendencia.

Deseo expresar mi más profunda gratitud por las muestras de respeto, los saludos y los obsequios que he recibido en estos días, que me dan fuerzas para reciprocar a través de ideas que trasmitiré a los militantes de nuestro Partido y a los organismos pertinentes.

Los medios técnicos modernos han permitido escrutar el universo. Grandes potencias como China y Rusia no pueden ser sometidas a las amenazas de imponerles el empleo de las armas nucleares. Son pueblos de gran valor e inteligencia. Considero que le faltó altura al discurso del Presidente de Estados Unidos cuando visitó Japón, y le faltaron palabras para excusarse por la matanza de cientos de miles de personas en Hiroshima, a pesar de que conocía los efectos de la bomba. Fue igualmente criminal el ataque a Nagasaki, ciudad que los dueños de la vida escogieron al azar. Es por eso que hay que martillar sobre la necesidad de preservar la paz, y que ninguna potencia se tome el derecho de matar a millones de seres humanos.

Fidel Castro Ruz

Agosto 12 de 2016

10 y 34 p.m.