Los opiáceos, la nueva epidemia de drogadicción

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Soldados de la Policía Nacional Civil destruyen un cultivo ilegal de amapola en el altiplano guatemalteco.

Existe una mortal y silenciosa epidemia de drogadicción a la que la opinión pública norteamericana está recién despertando con horror. La reciente confirmación de que el artista Prince es una de sus víctimas, ha puesto nuevamente el tema en la discusión.

La epidemia afecta a personas de toda edad, e increíblemente, ha sido originada en gran parte por millones de recetas médicas expedidas por miles de doctores. Es la epidemia de adicción a los populares analgésicos opiáceos que son vendidos en todo el mundo, incluido El Salvador.

El opio y los opiáceos

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El opio (del latín opium que significa jugo) es el látex lechoso que segrega la cápsula de una milenaria planta llamada adormidera, o amapola. Ese látex contiene una serie de productos naturales denominados opiáceos, siendo los principales, la morfina y la codeína.

Tanto el opio en su forma bruta, como los opiáceos naturales, han sido usados desde tiempos inmemoriales como los más potentes medicamentos contra el dolor. A comienzos del siglo pasado se fabricaron derivados de los opiáceos, entre ellos la heroína, la oxicodona, la metadona y el fentanilo.

Es probable que algún familiar o amigo con cáncer terminal haya recibido morfina para aliviar el severo dolor de la enfermedad y es probable también que algún amable lector haya tomado alguno de esos analgésicos, entre ellos la oxicodona o codeína.

El asunto es que, además de su extraordinario poder analgésico, los derivados naturales y sintéticos del opio tienen un enorme poder adictivo, adicción que originándose en los Estados Unidos, esta llegando a otros países latinoamericanos.

Beneficios atribuídos clínicamente

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Según el médico galés John Jones, en “Cómo revelar los misterios del opio” (1700), habla de los beneficios esta sustancia: «A menudo el opio quita el dolor mediante la distracción y la relajación provocadas por el placer y su incompatibilidad con el dolor»; «previene y quita la pesadumbre, el miedo, las angustias, el mal genio y el desasosiego»; ha hecho a «millones» de consumidores «más serenos y al mismo tiempo aptos para la administración de sus negocios». Lo recomienda contra la gota, la hidropesía, el catarro, el asma, la disentería, el cólera, el sarampión,

la viruela, los cólicos y otras dolencias. Reduce los vómitos, mitiga el hambre, alivia los dolores menstruales y las convulsiones, y –además de efectos afrodisíacos– provoca «el crecimiento del pene, del pecho y un aumento de la leche». Jones también previene sobre los peligros de un uso prolongado: «Un estado de abotargamiento, apatía y pesantez, como el de los borrachos crónicos, excepto cuando se está bajo el influjo del opio», lo que es imputable a quienes lo emplean «sin prudencia».

Los elogiosos términos en los que se expresa Jones reflejan el entusiasmo de los médicos de su tiempo por las múltiples virtudes del opio, el jugo de la adormidera, que provienen de su principal ingrediente activo: la morfina. Ésta alivia el dolor, dulcifica los espasmos, reduce la fiebre e induce al sueño; como analgésico, produce euforia y amortigua la tensión y la ansiedad. También suprime la tos, estriñe al inhibir los jugos gástricos, retarda la respiración y dilata los vasos sanguíneos de la piel.

De la pipa a la aguja

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En China (donde los españoles habían llevado el tabaco desde América), el tabaco se fumaba y los fumaderos chinos se convirtieron en el compendio de las visiones europeas sobre un Extremo Oriente disoluto: eran algo depravado, vicioso y criminal, y sus clientes caían en la holganza y la miseria. Como manifestaría el médico sir Clifford Allbutt, estudioso del tema (e inventor del termómetro clínico): «El fumar opio, ya sea en Europa o en otra parte, no se condena por el daño directo que provoca, grande o no, sino por las circunstancias degradantes en que se lo busca; en Oriente es el recurso de aquellos que son la escoria del mundo». Estas ideas se proyectarían sobre los fumaderos de opio que desde mediados del siglo XIX aparecieron en Europa y América con la emigración china. La morbosa atracción que ejercieron en la opinión pública se alimentó de novelas como El misterio de Edwin Drood, de Dickens (1869), y de las denuncias de la prensa de masas, que los mostraba como antros de perversión.

Mientras se extendía la moda de fumar opio, aparecieron nuevas formas de consumirlo: en 1806 se extrajo la morfina, el principal alcaloide del opio, cuyo uso se vio facilitado por la invención de la aguja hipodérmica en 1853. Empleada para combatir el dolor en todas las contiendas desde la guerra de Secesión, sus efectos eran más rápidos y potentes, y también quien la tomaba se hacía adicto más pronto, empezando por los soldados que la recibieron. Irónicamente, se consideró que estaba desprovista de efectos adictivos y se promocionó para deshabituar a los opiómanos, del mismo modo que se consideró que la heroína, un derivado de la morfina creado en 1883, permitiría superar la adicción al opio y a la morfina. El comercio de todas estas sustancias no comenzó a hallar trabas internacionales hasta 1912, con la firma de la Convención Internacional del Opio.

La adicción moderna

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En nuestro cuerpo existen también sustancias similares a los opiáceos, llamadas endorfinas, que se producen de forma natural en el cerebro.

Los opiáceos alivian el dolor y producen una sensación de relajación y euforia, así como un sentimiento de bienestar. Este efecto es más intenso en adictos o en personas con un riesgo genético de llegar a ser adictos. Algunas personas, en cambio, sienten incomodidad y nerviosismo con el uso de opiáceos. Esto refleja, probablemente, la existencia de diferencias genéticas que hacen a una persona más o menos vulnerable a la adicción.

Estas sustancias causan, además, los siguientes efectos fisiológicos:

– Deprime el reflejo de la tos
– Disminuye la motilidad gastrointestinal
– Contracción de las pupilas
– Náuseas
– Influyen en la regulación de la temperatura
– Depresión respiratoria

Los opiáceos producen dependencia y desarrollo de tolerancia, incluso con dosis bajas. Algunos pacientes de hospitales a quienes se les ha administrado morfina para aliviar el dolor tienen un leve síndrome de abstinencia incluso tras una sola dosis, lo que significa que el cerebro reacciona con gran rapidez e intensidad a los potenciales efectos adictivos de estas drogas. Así, algunos enfermos que han usado morfina por motivos médicos durante un tiempo, (por ejemplo, en casos de graves quemaduras), desarrollan una dependencia a la morfina, aunque esto no significa necesariamente que hayan desarrollado una adicción, pues la adicción es algo más que la respuesta física del organismo a una sustancia. En la adicción intervienen también factores psicológicos y comportamentales. Por tanto, en los casos de desarrollo de dependencia en pacientes, generalmente la desintoxicación supervisada médicamente elimina la dependencia fisiológica.

La adicción a la heroína

La heroína es un derivado de la morfina que no tiene apenas ningún efecto cuando se toma oralmente. Suele inyectarse o, más frecuentemente en la actualidad, fumarse o inhalarse por la nariz para evitar el riesgo de contagio del SIDA que se asocia al uso de agujas contaminadas, aunque la adicción que produce es la misma.

Adicción a los opiáceos de uso médico

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Se trata de opiáceos como Demerol, Darvocet, Lorcet o Talwin. Esta adicción comienza sobre todo cuando una persona tiene un acceso fácil a estas sustancias, como es el caso del personal médico o personas con dolor crónico comienzan utilizando opiáceos de prescripción médica para el dolor físico y acaban usándolos para el dolor emocional. Cuando se produce la adicción, estas personas exageran su dolor físico para conseguir más prescripciones o fingen ciertas enfermedades dolorosas y acuden a varios médicos a la vez para conseguir varias prescripciones.

El síndrome de abstinencia

El síndrome de abstinencia aparece cuando la sustancia es eliminada del organismo, lo cual puede tardar más o menos según el tipo de droga utilizada. La heroína, por ejemplo, tarda unas horas en desaparecer del organismo, mientras que la metadona tarda un día o dos.

Los síntomas del síndrome de abstinencia se han comparado a los de la gripe y no resulta físicamente peligroso, al contrario de lo que ocurre con el síndrome de abstinencia de la adicción al alcohol o los calmantes. Dura alrededor de una semana. Los síntomas más típicos son:

Dolores y calambres musculares
Inquietud
Diarrea
Sudoración
Moqueo
Lagrimeo
Fiebre
Problemas para dormir
Deseo de usar la sustancia

A veces se produce un síndrome de abstinencia prolongado que dura varios meses. Se acompaña de una depresión leve crónica y una falta de tolerancia al estrés, a veces con deseos de tomar la droga. No está claro si se debe a los efectos de la droga o a la existencia de ciertos problemas psicológicos.

Los efectos del uso prolongado de opiáceos

Los opiáceos no son sustancias demasiado tóxicas, si las comparamos con otras drogas como el alcohol, que es la droga con efectos más tóxicos para el organismo de todas las existentes. El problema médico principal con los opiáceos es la sobredosis, que se produce a menudo cuando la tolerancia se ha desarrollado para los efectos sobre el estado de ánimo pero no para los efectos sobre el sistema respiratorio. Es decir, la depresión respiratoria se sigue produciendo igual que con la dosis inicial, pero para lograr los efectos deseados en el estado de ánimo es necesaria una dosis mayor, que acaba dando lugar a un fallo respiratorio que puede causar la muerte o bien puede producirse daño cerebral o como por la falta de oxígeno.

El uso de jeringuillas compartidas puede dar lugar al contagio de enfermedades como el SIDA y el uso de drogas “cortadas” con ciertas sustancias puede causar un daño grave en diversos órganos. Además, la mala alimentación e higiene de este tipo de adictos con frecuencia produce infecciones.

El uso prolongado de opiáceos puede dañar permanentemente el sistema de opiáceos naturales del organismo (endorfinas), produciendo depresión y ansiedad crónicas.

Los usuarios crónicos pueden desarrollar infecciones de las paredes y válvulas del corazón, estreñimiento, calambres gastrointestinales y enfermedad renal o hepática. La mala salud que suelen tener estas personas junto con el efecto de la heroína en el aparato respiratorio puede ocasionar neumonía.

En las mujeres embarazadas puede producirse aborto, bebés con bajo peso al nacer o bebés que nacen con dependencia de la heroína y síndrome de abstinencia.

Además, la heroína que venden en las calles suelen estar adulterada con sustancias tóxicas que pueden obstruir los vasos sanguíneos de los pulmones, hígado, corazón, riñones o cerebro.

Consumo en Centroamérica

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Centroamérica no es solo una de las principales rutas de tránsito de drogas, y víctima de la violencia y la corrupción que genera, sino que también ve cómo aumenta la producción y el consumo de sustancias prohibidas, según un informe que publicó el 2015 la ONU.

La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) de la ONU insiste en que la región es “explotada” por grupos criminales locales e internacionales como rutas de tránsito de drogas desde los países productores de Sudamérica hacia los consumidores de los países ricos de Europa y Estados Unidos.

El documento se refiere a los cálculos que hablan de la existencia de unas 900 bandas criminales o maras en Centroamérica, con al menos 70 mil miembros.

Los altos beneficios que genera el narcotráfico, especialmente de esa droga, provoca una feroz competencia entre distintas bandas y ha hecho crecer la violencia.

En aumento

El informe señala que el tráfico de cocaína ha aumentado, sobre todo en la frontera entre Guatemala y Honduras, debido a la intensificación de la lucha contra la droga en México.

Además del tráfico de cocaína, el cultivo de adormidera, de la que se extrae el opio y la heroína, preocupa cada vez a los Gobiernos de la región, pero no existe ningún esfuerzo por parte de los gobiernos del área con respecto a los opiáceos.

La JIFE indica que los datos de que dispone apuntan a que crece su cultivo, en parte para compensar la caída de la producción en Colombia, en especial en el altiplano guatemalteco.

También se ha detectado un crecimiento en la fabricación y tráfico de nuevas sustancias psicoactivas, como la metanfetamina.

Para ello se emplean compuestos químicos, los llamados precursores, que no están en las actuales listas de sustancias a controlar, para burlar así la vigilancia de las autoridades.

El cannabis, la cocaína y los estimulantes de tipo anfetamínico son las drogas más consumidas en Centroamérica y el Caribe.

Signos del consumo de drogas por adolescentes y jóvenes

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1. Cambio abrupto de amigos. Es muy importante tener en cuenta esta situación, sobre todo si las nuevas amistades presentan comportamientos inusuales o muy diferentes de los que caracterizaban a su hijo.

2. Gastos misteriosos. Cuando los gastos sean excesivos, sin que exista evidencia de en qué se invirtió, los papás deben abrir los ojos porque algo puede estar pasando.

3. Pérdida de objetos o dinero de la casa. Este indicio es importantísimo: como los jóvenes no tienen dinero, echan mano de lo ajeno para conseguir lo que quieren.

4. Cambios de hábitos. Si de la noche a la mañana un adolescente deja de hacer deporte, empieza a interesarse por la vida nocturna, cambia los horarios de alimentación de manera brusca o tiende a encerrarse, préstele atención.

5. Fluctuaciones en el estado de ánimo. Esté atento si su hijo pasa de la tranquilidad a la agresividad, irritabilidad o al mal genio de manera casi inexplicable. Aunque estos cambios pueden ser comunes en los adolescentes, en caso de que se vuelvan persistentes présteles atención.

6. Mentiras frecuentes. Si el joven presenta inconsistencias al preguntarle con quién estaba o qué estaba haciendo, indague sobre esta situación, sobre todo si se vuelve una conducta repetitiva.

7. Descuido personal. Ojo a los cambios bruscos en los hábitos de aseo y al desarreglo; algunos jóvenes prefieren guardar el dinero que les puede llegar para no invertir ni siquiera en ropa.

8. Bajo rendimiento escolar o deserción. Esta es una señal vital, sígale la pista, sobre todo si tradicionalmente su rendimiento había sido bueno.

9. Periodos inexplicables de enfermedad. Los jóvenes pueden buscar incapacidades por salud para invertir el tiempo en otra cosa.

10. Ruptura de vínculos familiares. Aunque es algo común en los adolescentes, por lo menos se mantienen algunos lazos, pero la pérdida de todos es una señal importante de alarma.