El caso del presidente Andrew Jackson

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Con un precedente como Jackson, tal vez habría que esperar antes de juzgar a Trump. Y, desde luego, antes de tachar de imbéciles a sus votantes.

Miro a Donald Trump y veo a un patán, a un demagogo, a un ignorante. Esa definición, la de patán, demagogo e ignorante, fue la adjudicada en su momento (con bastante precisión) a Andrew Jackson, séptimo presidente de EEUU y, probablemente, fundador de la democracia estadounidense, que no debe ser confundida con el régimen constitucional de libertades ya en vigor desde 1789. La clase política dominante en la época catalogó a Jackson como un jackass, un burro. Él lo aceptó como parte del juego. Desde entonces, el burro es el símbolo del Partido Demócrata.

Andrew Jackson, nacido en 1767 y muerto en 1845, arruinó a su país y cometió un genocidio con las poblaciones nativas. Casi todo lo que hizo horrorizó a las mentes más refinadas de su tiempo. Ningún estadounidense discute hoy, sin embargo, que Jackson, patán, demagogo, ignorante, conquistó para las clases populares unas libertades y unas posibilidades desconocidas en el mundo. Su rostro adorna los billetes de 20 dólares. No se trata de una paradoja: la Historia sólo es limpia cuando es falsa.

Resulta imposible aventurar lo que puede dar de sí la presidencia de Donald Trump. De forma realista, cabe afirmar que en Washington y en otros lugares se tambalean ciertas verdades aceptadas por la ideología dominante desde, al menos, 1968. Del pasado se sabe algo; del futuro, nada. La historia de la humanidad consiste en la repetición de unos pocos relatos, pero cada época incorpora sus rasgos característicos. Ahora, ante el auge de los populismos frente a la tecnocracia, hay quien evoca los años 30 del siglo XX. No creo que sea una comparación correcta. Aquel fue el momento de dos fenómenos dialécticamente inseparables, comunismo y fascismo.

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Parece más ajustada la comparación con los años 30 del siglo XIX. En Europa fue la década de las revoluciones románticas y el término popular arraigó en el vocabulario político. En EEUU, el debate giraba en torno a dos grandes asuntos: la hegemonía de la élite comercial y financiera de la costa atlántica, esa misma élite que medio siglo antes había dirigido la guerra de la independencia y había redactado una espléndida Constitución, y la cuestión india.

Las tribus nativas, un problema para los colonos

Las tribus nativas no eran ningún problema para la gente acomodada de Boston, Filadelfia o Nueva York: allí ya no existían. Eran, en cambio, una obsesión para los colonos que expandían el país al Oeste. Los colonos sufrían en su carne las guerras con los pieles rojas y se sentían involucrados en un conflicto, tan económico como cultural, cuya única solución pasaba por la derrota total de uno u otro bando. La política de armisticios y tratados, dominante en la costa atlántica y humanamente más defendible entonces y ahora, les parecía el privilegio de unas clases biempensantes que no tenían que enfrentarse a la realidad de los territorios más ásperos. Resulta tentador equiparar, hoy, aunque el papel de los nativos y los recién llegados sea opuesto, los términos indio e inmigrante. Incluso en términos morales.

Andrew Jackson era un abogado de frontera, es decir, un abogado sin estudios, que hizo fortuna con plantaciones cultivadas por esclavos, cosa generalmente aceptada, y con la compraventa de esclavos, cosa mucho peor vista. Entre 1801 y 1820 fue un héroe militar reputado por su dureza. En 1824 se presentó a las elecciones a la presidencia de EEUU y fue el candidato más votado, pero quienes quedaron en segundo y tercer puesto se aliaron para entregar la jefatura del Estado a John Quincy Adams, hijo del ex presidente John Adams, hombre culto y competente, persona de quien, según la prensa más selecta, podía esperarse que ejerciera el poder de forma responsable.

Cuatro años después, en 1828, tras una campaña electoral salvajemente populista, Andrew Jackson ganó la presidencia con mayoría absoluta. Las élites de la costa atlántica se horrorizaron. La fiesta con que se celebró la asunción del poder por parte de Jackson fue tan masiva y descontrolada, tan popular, que el presidente tuvo que escapar por una ventana y refugiarse en un hotel. La Casa Blanca quedó casi destruida.

El objetivo de Jackson era acabar con el establishment

En sus dos mandatos, Jackson concentró sus energías en acabar con el establishment. Su mayor victoria consistió en la destrucción del Second Bank, que ejercía como banco central (emitía la moneda y regulaba el flujo de crédito) pese a estar en manos de las personas más ricas de EEUU y Europa. Para Jackson, el Second Bank era el bastión de la casta dominante. Le retiró la licencia, tras una larga batalla parlamentaria, incentivó los pagos con oro y plata y permitió que cualquier banco emitiera dólares. El resultado fue una devastadora mezcla de inflación y deflación. La economía del país tardó una década en recuperarse. Sin embargo, el poder se desplazó al oeste y abajo: el otro resultado de la guerra bancaria fue la inclusión en la vida económica de las nuevas poblaciones fronterizas con los territorios salvajes y una drástica reducción de las desigualdades en los grandes núcleos urbanos.

La gran revolución del crédito se combinó con la ley de expulsión de los indios. Las tribus nativas sufrieron sucesivas y brutales deportaciones hacia el oeste, y en poco tiempo fueron extinguidas o reducidas a la irrelevancia. Así nació EEUU que conocemos hoy. Así nació el Partido Demócrata, el partido que fundó Jackson, y se forjaron el espíritu de conquista y sueño americano.

Con un precedente como Jackson, tal vez habría que esperar un poco antes de juzgar a Trump. Y, desde luego, antes de tachar de imbéciles a sus votantes.