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Siembra de nubes en Honduras abre debate regional sobre los límites de intervenir la lluvia

Siembra de nubes en Honduras abre debate regional sobre los límites de intervenir la lluvia
  • Publishedseptiembre 29, 2026

El ambientalista salvadoreño Ricardo Navarro pide discutir la operación hondureña en el ámbito centroamericano. Honduras ya realizó su primer vuelo con yoduro de plata y prepara unas 20 intervenciones para enfrentar la sequía, mientras científicos advierten que todavía existen incertidumbres sobre su eficacia, sus efectos fuera de las zonas objetivo y las consecuencias de aplicaciones repetidas

Honduras ha comenzado a intervenir artificialmente determinadas formaciones nubosas para intentar aumentar las precipitaciones en regiones afectadas por la sequía, una decisión que abre un debate que trasciende sus fronteras: ¿hasta dónde puede un país modificar deliberadamente la lluvia sin conocer con suficiente precisión sus posibles efectos sobre los territorios vecinos?

La pregunta fue planteada en El Salvador por Ricardo Navarro, fundador y presidente del Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada, CESTA Amigos de la Tierra, quien pidió al Gobierno salvadoreño establecer conversaciones con Honduras y llevar el tema a la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (CCAD).

Navarro sostiene que una intervención sobre las nubes debe ser examinada como un asunto regional porque la atmósfera, los sistemas de humedad y los corredores de viento no se detienen en las fronteras políticas.

Su advertencia adquiere relevancia precisamente cuando Honduras ha pasado de anunciar el programa a ejecutarlo.

La Secretaría de Agricultura y Ganadería hondureña informó que el primer vuelo se realizó el 26 de septiembre sobre sectores de Choluteca y Francisco Morazán, utilizando 100 litros de yoduro de plata durante una operación de entre 30 y 45 minutos. El programa contempla aproximadamente 20 vuelos durante los próximos dos o tres meses, siempre que existan condiciones meteorológicas apropiadas.

El proyecto pretende abarcar entre 1.8 y 2.3 millones de hectáreas, principalmente en el Corredor Seco y áreas relacionadas con cuencas que abastecen embalses del Distrito Central, el Alto Aguán y afluentes de la represa El Cajón.

Ricardo Navarro, una vida dedicada a la defensa ambiental

La advertencia no proviene de un observador ocasional del problema ambiental.

Navarro es ingeniero y uno de los referentes históricos del ambientalismo salvadoreño. En 1980 participó en la fundación del Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA), organización que posteriormente se incorporó a la red internacional Amigos de la Tierra.

Durante más de cuatro décadas ha trabajado en asuntos relacionados con conservación ambiental, cambio climático, tecnologías apropiadas, agroecología, gestión de residuos, movilidad sostenible, bosques y protección de los recursos naturales.

En 1995 recibió el Premio Ambiental Goldman, uno de los principales reconocimientos internacionales concedidos a defensores del medioambiente. El galardón destacó su trabajo para enfrentar la degradación ambiental de El Salvador y promover soluciones sostenibles junto con comunidades urbanas y rurales.

Su trayectoria también adquirió dimensión internacional. Navarro presidió Amigos de la Tierra Internacional entre 1999 y 2004, después de que CESTA se incorporara a esa federación en 1991.

Desde esa posición participó en debates internacionales sobre cambio climático y justicia ambiental y se convirtió en una de las voces centroamericanas más persistentes en la defensa de los recursos naturales.

Por ello, su llamado sobre la utilización de tecnología para modificar la precipitación introduce un debate que no debería reducirse a una disputa política entre Honduras y El Salvador.

El asunto es esencialmente científico, ambiental y transfronterizo.

¿Qué es realmente la siembra de nubes?

La llamada “siembra de nubes” no consiste en fabricar nubes desde cero ni en crear agua donde no existe humedad.

Ese punto es fundamental.

La técnica busca modificar determinados procesos microfísicos dentro de nubes que ya existen y que reúnen condiciones apropiadas para producir precipitación.

En el caso hondureño se utiliza yoduro de plata (AgI), cuyas partículas tienen propiedades que pueden favorecer la formación de cristales de hielo dentro de determinadas nubes frías.

El programa hondureño de estimulación de nubes inicia con un vuelo sobre el Corredor Seco

Cuando existen gotas de agua superenfriada —agua que permanece líquida pese a encontrarse por debajo de 0 °C— el yoduro de plata puede actuar como núcleo de formación de hielo. Los cristales pueden crecer, agregarse y eventualmente caer como precipitación.

En términos simples, la técnica intenta acelerar o aumentar la eficiencia de un proceso que la nube ya está en condiciones de realizar.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) reconoce que existen evidencias de que determinadas técnicas pueden modificar la microestructura de las nubes y, bajo condiciones específicas, aumentar la precipitación. Pero también advierte que los resultados dependen fuertemente del tipo de nube y de las condiciones atmosféricas y que los resultados obtenidos en un experimento no pueden trasladarse automáticamente a otro territorio.

Por eso, una nube seca no puede simplemente convertirse en una tormenta mediante un avión.

Y un vuelo de siembra tampoco puede fabricar la humedad necesaria para una precipitación que la atmósfera no está preparada para producir.

Honduras enfrenta una sequía y busca una respuesta inmediata

La decisión hondureña surge en medio de un déficit de precipitaciones que afecta particularmente al llamado Corredor Seco.

El programa hondureño de estimulación de nubes inicia con un vuelo sobre el Corredor Seco

El Gobierno hondureño sostiene que la estimulación artificial puede ayudar a recuperar fuentes de agua, apoyar la agricultura y ganadería y contribuir a mejorar los niveles de las reservas utilizadas para abastecimiento y generación eléctrica.

La iniciativa comenzó originalmente con una cobertura prevista de hasta dos millones de hectáreas, pero posteriormente las autoridades ampliaron el objetivo hasta 2.3 millones de hectáreas.

La operación está siendo desarrollada con participación de la empresa mexicana Startup Renaissance, mientras especialistas hondureños de CENAOS y otras instituciones monitorean temperatura, humedad, nubosidad y otras variables para determinar cuándo existen condiciones apropiadas para intervenir.

Pero incluso las autoridades hondureñas reconocen una dificultad esencial: no toda lluvia que ocurra después de un vuelo puede atribuirse automáticamente a la siembra de nubes.

Después del primer vuelo, especialistas comenzaron a analizar los registros meteorológicos para determinar qué cantidad de precipitación se produjo y cuánto de ella podría relacionarse técnicamente con la intervención.

Ese problema de atribución constituye uno de los principales desafíos científicos de la tecnología.

La ciencia no permite afirmar que Honduras pueda controlar la lluvia regional

La advertencia de Navarro sobre posibles efectos regionales merece ser analizada con cuidado.

Los sistemas atmosféricos centroamericanos son evidentemente transfronterizos. La humedad proveniente del Pacífico y el Caribe, los vientos, las ondas tropicales, la Zona de Convergencia Intertropical y otros mecanismos atmosféricos afectan simultáneamente a varios países.

Pero eso no significa que una operación de siembra de nubes en Honduras pueda controlar el régimen pluviométrico de toda Centroamérica.

La OMM es categórica al señalar que la energía de los sistemas meteorológicos es tan grande que las técnicas actuales no pueden crear sistemas nubosos, transportar grandes cantidades de vapor de agua a voluntad ni eliminar fenómenos meteorológicos severos a gran escala.

La evidencia disponible apunta más bien a efectos locales o regionales limitados, cuya magnitud depende de las características de las nubes y del entorno atmosférico.

Por eso, afirmar que Honduras está modificando deliberadamente las lluvias de El Salvador, Guatemala o Nicaragua sería científicamente prematuro.

Pero tampoco sería correcto concluir que no puede existir ningún efecto fuera del área directamente intervenida.

El problema de los efectos “a sotavento”

Uno de los asuntos que preocupa a los investigadores es lo que ocurre más allá de la zona objetivo, en la dirección en que se desplazan las masas de aire y las nubes.

Un estudio publicado en Journal of Geophysical Research: Atmospheres analizó precisamente la posibilidad de modificaciones de precipitación a sotavento de una zona sometida a siembra con yoduro de plata. Modelos utilizados por los investigadores mostraron que determinadas alteraciones podían extenderse más de 100 kilómetros en un escenario específico. Los propios autores subrayaron las dificultades para separar el efecto de la siembra de la variabilidad natural de las nubes.

Otra revisión científica sobre los denominados efectos de “área adicional” encontró que determinadas consecuencias podrían extenderse a distancias de hasta algunos cientos de kilómetros, aunque destacó la necesidad de utilizar mediciones, modelos y experimentos con trazadores para establecerlas con mayor certeza.

Esto no demuestra que una siembra realizada en Honduras vaya a reducir las lluvias en El Salvador.

Pero sí demuestra que el comportamiento de una nube intervenida no necesariamente termina exactamente sobre el punto donde se realizó el vuelo.

Y esa incertidumbre adquiere particular importancia en una región pequeña, densamente poblada y dividida en múltiples cuencas hidrográficas.

¿Puede la siembra “robarle” lluvia a otro país?

La idea popular de que una nación puede “robar” literalmente la lluvia de otra nación mediante la siembra de nubes no está demostrada como regla general.

La literatura científica ha estudiado precisamente esa hipótesis.

Existen experimentos y modelos que han observado modificaciones de precipitación fuera de las áreas objetivo, tanto aumentos como aparentes reducciones, pero los resultados son heterogéneos y dependen de las condiciones atmosféricas.

La propia OMM señala que las consecuencias no intencionadas, incluidos posibles efectos a sotavento y efectos ecológicos y ambientales, requieren todavía investigación adicional.

Por ello, el riesgo que debería preocupar a Centroamérica no es imaginar que un país puede abrir o cerrar a voluntad el grifo de la lluvia regional.

Es otro:

que varios países comiencen a intervenir nubes de manera independiente, sin un sistema común de medición, información y evaluación de efectos acumulativos y transfronterizos.

El segundo problema: el yoduro de plata

El otro punto de discusión es la sustancia empleada.

La OMM señala que los estudios disponibles no han demostrado impactos significativos sobre la salud humana o el ambiente por las cantidades de yoduro de plata utilizadas históricamente en operaciones de siembra. Pero la misma organización advierte que un uso considerablemente mayor o nuevas condiciones de aplicación deberían acompañarse de evaluaciones específicas de sus efectos ambientales y sanitarios.

El Government Accountability Office de Estados Unidos, en una evaluación publicada en 2024, llegó a una conclusión similar: los estudios revisados sugerían que el yoduro de plata no representaba un problema ambiental o sanitario bajo los niveles actuales de uso, pero no estaba suficientemente establecido qué ocurriría con una utilización mucho más extendida.

La incertidumbre aumenta cuando las aplicaciones se repiten durante largos períodos en los mismos lugares.

Un estudio sobre organismos terrestres y acuáticos encontró que la aplicación repetida podría generar concentraciones capaces de producir efectos en algunos microorganismos y algas bajo determinadas condiciones experimentales. Los autores señalaron que el riesgo acumulativo requiere mayor investigación.

Otra investigación publicada en 2024 siguió durante 16 años el transporte de plata asociado a actividades de estimulación de precipitación y encontró aumentos de plata en precipitación, suelo y aguas superficiales durante los períodos de operación, aunque los autores señalaron que las concentraciones permanecían dentro de rangos considerados seguros a corto plazo y que se necesitan más datos para determinar efectos de largo plazo.

La conclusión científica no es que el yoduro de plata esté envenenando los ecosistemas.

La conclusión más prudente es otra:

a niveles convencionales no existe evidencia sólida de un peligro ambiental importante, pero las aplicaciones repetidas y a mayor escala justifican vigilancia independiente y mediciones sistemáticas.

El antecedente de Dubái no demuestra lo que se ha dicho

En torno a la siembra de nubes circuló internacionalmente una afirmación que relacionó el programa de Emiratos Árabes Unidos con las lluvias extraordinarias de abril de 2024.

La evidencia científica disponible no respalda esa interpretación.

El episodio de abril de 2024 produjo lluvias excepcionales y graves inundaciones en Emiratos Árabes Unidos y Omán. En algunas zonas se registraron más de 250 milímetros en 24 horas.

Pero un análisis de World Weather Attribution determinó que la precipitación estuvo asociada con una configuración meteorológica de gran escala, transporte extraordinario de humedad y otros factores atmosféricos. El estudio señaló además que no se realizaron operaciones de siembra de nubes relacionadas con ese episodio y descartó que esta técnica tuviera una influencia significativa sobre el evento.

Investigaciones científicas posteriores han llegado a conclusiones similares, identificando como factores fundamentales una profunda perturbación atmosférica, fuerte transporte de humedad y condiciones dinámicas favorables para convección intensa.

Por tanto, el caso de Dubái no puede utilizarse como prueba de que la siembra de nubes sea capaz de producir por sí misma lluvias catastróficas.

Centroamérica necesita reglas antes que experimentos aislados

Aquí es donde la advertencia de Ricardo Navarro adquiere una dimensión regional.

La Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo fue creada precisamente para promover cooperación entre los países del istmo en materia de recursos naturales, contaminación, equilibrio ecológico y gestión ambiental regional.

La discusión sobre modificación artificial de la precipitación encaja, al menos conceptualmente, en ese ámbito.

No porque exista evidencia de que Honduras esté provocando actualmente una alteración de las lluvias de sus vecinos, sino porque las operaciones pueden tener componentes atmosféricos y ambientales que trascienden el lugar exacto donde despega un avión.

Una política regional razonable debería incluir, como mínimo, información pública sobre:

  • las zonas exactas intervenidas;
  • fecha, hora y duración de cada vuelo;
  • cantidad y concentración de yoduro de plata utilizado;
  • condiciones meteorológicas existentes;
  • dirección y velocidad del viento en diferentes niveles;
  • precipitación antes y después de cada intervención;
  • mediciones de plata en lluvia, suelo y aguas superficiales;
  • evaluación independiente de los resultados;
  • posibles efectos fuera de las zonas objetivo;
  • y mecanismos de comunicación con los países vecinos.

La transparencia resulta especialmente importante porque la propia Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de Estados Unidos (GAO) encontró en 2026 problemas de calidad, consistencia y completitud en los reportes de modificación meteorológica que se presentan a NOAA en Estados Unidos.

La sequía no se resuelve únicamente desde el cielo

Existe además un problema de fondo.

Honduras está intentando responder a una crisis de agua mediante una herramienta tecnológica cuyo rendimiento depende precisamente de que la atmósfera ya tenga las condiciones necesarias para producir lluvia.

La propia información oficial hondureña reconoce que no todas las nubes pueden ser intervenidas y que los vuelos solamente pueden realizarse cuando existen condiciones adecuadas de temperatura, humedad y estructura nubosa.

La siembra de nubes, por tanto, no sustituye la protección de las cuencas, la restauración de bosques, la conservación de suelos, el almacenamiento de agua, la reducción de pérdidas en los sistemas de distribución ni una política de adaptación al cambio climático.

Ese es precisamente uno de los argumentos que Navarro ha mantenido durante décadas: la crisis hídrica no puede separarse de la degradación ambiental.

Una tecnología que exige más ciencia, no menos

El debate centroamericano corre el riesgo de caer en dos extremos.

Uno consiste en presentar la siembra de nubes como una tecnología capaz de solucionar la sequía prácticamente a voluntad.

El otro consiste en describirla como una forma comprobada de alterar peligrosamente el clima de países enteros.

Ninguno de los dos extremos está respaldado por la evidencia científica disponible.

La OMM sostiene que existen métodos capaces de modificar determinados procesos de precipitación bajo condiciones específicas, pero también insiste en que el conocimiento sobre la microfísica de las nubes todavía tiene importantes limitaciones y que se requieren más observaciones y modelos de alta resolución para evaluar correctamente los resultados.

En el caso de Honduras, además, el programa acaba de comenzar.

Todavía no existe una base de datos suficientemente extensa que permita determinar cuánto de la lluvia posterior a cada vuelo es producto de la intervención y cuánto habría ocurrido naturalmente.

La propia SAG informó que los especialistas apenas están comenzando a evaluar los registros del primer vuelo.

La pregunta que ahora debe responder Centroamérica

El llamado de Ricardo Navarro no tiene por qué interpretarse como una afirmación científica definitiva de que Honduras está alterando el clima de sus vecinos.

Puede entenderse de una manera más concreta:

si un país comienza a modificar deliberadamente procesos de precipitación en una región donde las cuencas, los vientos y los sistemas atmosféricos atraviesan fronteras, los demás países tienen derecho a conocer qué se está haciendo y cuáles son sus posibles efectos.

Centroamérica enfrenta simultáneamente sequías, lluvias extremas, deterioro de cuencas, pérdida de bosques, inseguridad alimentaria y creciente presión sobre los recursos hídricos.

En ese contexto, la aparición de una tecnología destinada a estimular precipitaciones plantea una nueva pregunta de gobernanza ambiental.

No se trata de decidir si la ciencia debe utilizarse para enfrentar la sequía.

Se trata de determinar qué evidencia debe exigirse antes de intervenir deliberadamente la atmósfera, quién debe vigilar esas intervenciones y qué ocurre cuando sus posibles efectos no terminan en la frontera del país que las ejecuta.

Honduras ya realizó su primer vuelo.

El programa contempla cerca de veinte más.

La discusión regional, por tanto, apenas comienza.

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Redacción DL