¿Qué pasa cuando un país entra en default o cesación de pagos?

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Un país que carece de recursos para pagar sus obligaciones financieras, que no paga sus deudas, que es lo mismo que caer en situación de default o cesación de pagos, es un país que técnicamente ha entrado en situación no declarada de quiebra.

Un país quebrado puede tomar dos caminos para hacer frente a la situación. Un camino que afecta a sus acreedores y el otro camino que afecta a su población.

Cuando un país entra en situación de quiebra, sucede lo mismo que cuando en una familia o una empresa se agota el dinero;  hay que definir prioridades. ¿O se come o se pagan las deudas?

Cuando la decisión es comer y no pagar las deudas es que el país ha entrado en default o cesación de pagos. Podrá comer pero no pagará sus deudas lo que afectará, indudablemente, a sus acreedores quienes llevarán la peor parte.

Cuando la decisión del Estado es no comer y pagar las deudas vienen los recortes a los beneficios sociales. Los trabajadores son despedidos, entre ellos los docentes, médicos, etc., de modo que esto tiene un efecto directo en el bienestar de la población. A los trabajadores que no son despedidos se les baja el sueldo. Se bajan las pensiones. Recortes y más recortes para cumplir con los bancos. Nada diferente a una familia, ¿verdad?

Cuando la decisión es pagar y no comer, se incrementan los impuestos, no se invierte más en hospitales, escuelas, carreteras, ni en subsidios para sectores vulnertables de la población, etc; todo es para pagar deudas, inclusive, se vende todo. Hay países que han vendido las carreteras, los acueductos, las fuentes de agua, los edificios históricos, los hospitales, las universidades y hasta los bosques y reservas naturales. Los banqueros, por supuesto que presionan hasta llegar a este punto ya que el objetivo neoliberal es la privatización absoluta, por el camino que sea y el camino de la deuda ha resultado muy efectivo.

Todas estas medidas hacen que el consumo interno se derrumbe, que las empresas quiebren y el desempleo se dispare. Quien paga las consecuencias de todo esto es la población que tendrá que arreglárselas para sobrevivir, y si eso no es posible, morir de hambre como a diario sucede en África, o en Haití.

La decisión de pagar o comer la toman los políticos, y por lo general son estos los que, al estar al servicio del sector financiero que es el acreedor, terminan  imponiendo sus voluntades económicas. De modo que siempre optan por pagar antes que comer; sólo se conocen tres excepciones: Argentina, Rusia y recientemente Islandia, países que tomaron en su momento la decisión de no pagar, y como podemos ver, no fue el acabose.

Pero un país tiene ventajas frente a una familia o a una empresa que quiebra económicamente, los países no pueden ser embargados. Si un país vende sus montañas, sus aguas, sus carretas o sus entrañas, lo hace “voluntariamente”, no porque pueda ser obligado (sí presionado), o porque sea embargado o expropiado por el deudor. Esto es suficiente razón para que algunos países hayan tomado la decisión de no pagar antes de llevar a la ruina a sus pobladores.

Ahora, que si el país no paga, es decir que entra en default, ¿Qué puede pasar? pues no lo prestan más dinero, lo cual no suele ser negativo, ya que un país endeudado, el dinero que le prestan solo alcanza para pagar sus deudas, pero como no las pagará, no hay problema, con los pocos ingresos propios que obtenga será suficiente para atender dignamente a su población como en efecto lo hizo Islandia, ese pequeño país europeo del que nadie habla porque temen que alguien se le ocurra seguir su ejemplo.

El debate entre si un repudio de la deuda es una medida útil para ayudar al país a salir de la crisis no deja indiferente a nadie. Por un lado, los detractores de esta medida señalan que no pagar la deuda nos arrastraría a un ostracismo dentro de los mercados internacionales de financiamiento, lo que hundiría aún más nuestra economía y empleo. Por otro, sus defensores se escudan en casos como el de Islandia, Argentina y Ecuador para señalar que las consecuencias no serían tan graves y que esas economías han salido rápidamente de la crisis.

¿Qué hay de cierto y de exageración en cada una de estas posturas? ¿Cómo afecta un impago de la deuda a variables como el crecimiento, el desempleo, las exportaciones y el acceso al crédito? ¿Qué tipo de costes políticos acarrea? A todas estas cuestiones les han dado respuesta diversos trabajos de investigación que han analizado multitud de casos de impagos.

Ni tan tan, ni muy muy

A lo largo de la historia de la humanidad, han sido registrados más de 280 casos en los que las condiciones de pago de una deuda, (bien por impago, quita o reestructuración) han sido modificadas y, por ello, no se ha acabado el mundo.

Además, antes o después todos esos países han vuelto a colocar deuda en los mercados. De forma que la evidencia empírica destierra la idea de que un impago suponga poco menos que el Apocalipsis. Esto, ni mucho menos, quiere decir que no cumplir con los compromisos financieros salga gratis. Si bien las consecuencias de un default en el largo plazo apenas resultan perceptibles, en el corto y medio plazo puede ocasionar shocks muy duros para la economía que lo lleva a cabo.

Esas son, a grandes rasgos, las conclusiones que se extraen de los trabajos llevados a cabo por varios expertos en el análisis histórico de impagos como Eduardo Borensztein, Ugo Panizza o Eduardo Levy-Yeyati, quienes han estudiado hasta 257 casos de defaults y han evaluado las implicaciones que estos han tenido en aspectos tanto económicos como políticos.

Tras el análisis de toda esta muestra entre las consecuencias que acarrea un impago figuran que durante el año en que la economía hace el repudio, la capacidad de crecimiento del país en cuestión se ve mermada entre 0,6 y 1,2 puntos porcentuales; pero una vez transcurrido el año del impago, la economía empieza a recuperarse del mal trago, generalmente con una lenta recuperación del crecimiento, aunque ha habido casos puntuales de países en los que el repudio fue todo un punto de inflexión y tuvieron repuntes importantes en crecimiento.

Otra de las consecuencias inmediatas del impago es la marginación del país en los mercados de deuda, de tal forma que el Estado pierde de sopetón (aunque sólo momentáneamente) una de sus principales vías para obtención de recursos, que es la emisión de letras y bonos. De esta manera, la articulación de programas de incremento del gasto público en el corto plazo se ve seriamente dificultada, ya que, de media, transcurren entre tres meses y medio y cinco años y medio hasta que los mercados olvidan el impago y los países pueden volver a emitir deuda para financiarse. Las exportaciones también sufren, aunque en mucha menor medida, los efectos secundarios de un impago. Por lo general, el comercio exterior hacia el país que no paga tiende a reducirse un 8%, aunque transcurrido entre dos y tres años el país recupera el volumen de intercambios comerciales previos al impago, sobre todo en sus exportaciones de productos industriales.

El acceso al crédito es otra de las variables seriamente afectadas, tal y como muestra la experiencia pasada, dado que los bancos son uno de los principales tenedores de deuda del Estado. Por tanto, un impago de la misma se traduce en una caída del valor del activo total de su balance que, por el principio contable de partida doble, se debe compensar con una disminución en igual cuantía de su pasivo.

Impagar una deuda tiene también su parte positiva al reducir el volumen total de deuda que lleva a cuestas la economía, el drenaje de recursos para pagar los intereses de esta disminuye, lo que favorece mayores posibilidades de crecimiento. La clave, según los expertos, es buscar que las consecuencias positivas que puede acarrear el no pagar la deuda a la larga compensan los elevados efectos negativos que genera a corto y medio plazo.