Profecías antiguas, miedos reales: Lo que de verdad está pasando detrás del pánico por la IA
Nostradamus y Baba Vanga volvieron a las redes sociales esta semana. La razón, otra vez, es la Inteligencia Artificial: cuartetas de 1555 y frases atribuidas a una mística búlgara ciega se reinterpretan hoy como advertencias sobre una rebelión de máquinas. Pero el fenómeno más interesante no está en esas profecías recicladas, sino en lo que realmente ocurrió esta semana dentro de la industria tecnológica, y que ninguna lectura esotérica necesita para resultar inquietante por sí sola.
El truco de las profecías que siempre “aciertan”
La cuarteta de Nostradamus que circula —Centuria IV, Cuarteta 31— no menciona computadoras ni algoritmos. Habla de un “sabio de cerebro solitario” y de discípulos que lo invitan a ser “inmortal”. Su versión como profecía tecnológica ni siquiera viene del texto original del siglo XVI: proviene de un libro de 1989, “Conversaciones con Nostradamus”, de la hipnoterapeuta estadounidense Dolores Cannon, quien sostenía que una paciente bajo hipnosis canalizaba al astrólogo francés. Es decir, la fuente real no es una predicción de hace 470 años, sino una interpretación esotérica de hace apenas 37. Con Baba Vanga ocurre algo parecido: no existe un registro contemporáneo verificable de sus supuestas predicciones sobre IA; circulan como recopilaciones póstumas de autoría imposible de confirmar. El mecanismo detrás de ambos casos tiene nombre entre los estudiosos del fenómeno: sesgo de confirmación retroactiva. Un texto suficientemente ambiguo puede acomodarse a cualquier hecho posterior, ya sea el 11 de septiembre, la muerte de Diana de Gales o, ahora, la inteligencia artificial.
Lo que sí ocurrió, con nombre, apellido y fecha
El disparador de esta ola de ansiedad tiene un origen mucho más concreto. El martes 8 de septiembre, Jacob Coxon, investigador británico de 27 años con tres años de experiencia en preentrenamiento de modelos tanto en OpenAI como en Anthropic, anunció en la red social X su renuncia a esta última compañía. En su mensaje acusó a ambos laboratorios de competir de forma irresponsable hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma, y afirmó que dentro de la industria existe una creencia genuina de que la tecnología podría amenazar a la humanidad antes de que termine la década. Evan Hubinger, responsable de ciencia de alineamiento de Anthropic, respaldó públicamente parte de esa preocupación y estimó un riesgo superior al 10% de que una inteligencia artificial avanzada provoque una catástrofe existencial durante la próxima década si no se resuelven los problemas de seguridad y control, aunque aclaró que considera bajo el riesgo que representan los modelos actuales.
La parte que muchos titulares omitieron
Aquí es donde conviene bajarle el tono al alarmismo sin restarle seriedad al debate. Un día después de su renuncia, Coxon dio entrevistas en NBC, CNN y Fox News, y en cada una matizó su propio mensaje inicial. En NBC fue explícito: los modelos actuales no representan un riesgo significativo. En CNN precisó aún más: en el peor de los casos, lo máximo que podrían hacer hoy es intervenir un sistema informático, pero no son lo bastante capaces como para provocar una extinción. El riesgo que él describe no es de hoy, sino de un escenario hipotético futuro en el que la IA logre mejorarse a sí misma sin supervisión humana, algo que ni siquiera él fecha con precisión: mencionó que algunos colegas creen que podría ser plausible en seis meses, otros en dos o tres años. Es, en sus propias palabras, una extrapolación, no un pronóstico cerrado.
Tampoco todo el mundo interpretó su salida como un acto de conciencia desinteresado. La renuncia generó también sospechas sobre su origen: según señalamientos del Capital Research Center —un centro de análisis identificado con posturas conservadoras en EE.UU.—, la coincidencia temporal entre la publicación del anuncio, una entrevista previa en el Wall Street Journal y la rápida amplificación del mensaje por parte de organizaciones vinculadas a la industria de la IA sugeriría una campaña coordinada más que una revelación espontánea. Es una acusación que no está probada, pero que forma parte legítima del expediente periodístico de este caso: hasta las advertencias sobre riesgos reales pueden estar, a la vez, gestionadas como relaciones públicas.
El dato que de verdad debería ocupar titulares
Casi en paralelo, y con mucho menos ruido mediático que la renuncia de Coxon, Anthropic publicó el jueves 10 de septiembre su informe de inteligencia de amenazas más detallado hasta la fecha, correspondiente al periodo de diciembre de 2025 a agosto de 2026. Ahí sí hay datos verificables y no especulación sobre el futuro. La compañía documentó cinco casos concretos de investigadores que intentaron usar su modelo Claude para trabajos de “doble uso” con potencial aplicación en armas biológicas, incluyendo consultas sobre transmisibilidad y evasión inmunológica del virus chikungunya. Anthropic fue cuidadosa en aclarar que no encontró evidencia de que se haya fabricado un arma biológica ni de que todos los usuarios involucrados tuvieran intención maliciosa; de hecho, bloqueó las cuentas de forma preventiva ante la sola posibilidad. El mismo informe reveló, además, el mayor intento de “destilación” de modelos detectado hasta ahora —más de 151 millones de transacciones fraudulentas vinculadas a empresas chinas como Alibaba, buscando copiar las capacidades de razonamiento de Claude— y casos de uso indebido en operaciones de vigilancia estatal en China, Irán y Malí, así como intentos de emplear IA en el desarrollo de software para armamento convencional en China, Rusia y Yemen.
La diferencia que importa
Ese es, en realidad, el contraste que vale la pena subrayar. Las profecías de Nostradamus y Baba Vanga son atractivas precisamente porque nunca pueden estar equivocadas: se reformulan después de cada acontecimiento para encajar siempre. El trabajo de investigadores como Hubinger o el informe de amenazas de Anthropic son exactamente lo opuesto: afirmaciones específicas, con fecha, con metodología y con margen de error reconocido, que pueden —y deben— ser cuestionadas, verificadas y corregidas con nueva evidencia. Ya ocurrió antes con la energía nuclear, con el cambio climático y con las pandemias: cada vez que una tecnología genera incertidumbre genuina, la cultura popular produce lecturas retrospectivas que dicen haberlo anticipado todo. Nostradamus no vio venir la inteligencia artificial. Lo que sí existe, documentado y con nombre propio, es una industria tecnológica que está debatiendo en público, por primera vez con esta franqueza, cuánto riesgo está dispuesta a asumir con una tecnología que ella misma no termina de entender del todo.
