¿Por qué Trump se apoya en los leales a Maduro en lugar de la oposición?
Por Luis Vazquez-BeckerS
La dramática intervención militar que culminó con la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 puso a Estados Unidos en una posición sin precedentes de control directo sobre la situación política venezolana. Sin embargo, en lugar de respaldar a figuras opuestas al régimen chavista —como María Corina Machado, quien lideró una fuerte campaña opositora en las elecciones de 2024— la administración de Donald Trump ha optado por apoyar a altos funcionarios del aparato madurista como pilares del nuevo escenario político en Venezuela.
Una evaluación clasificada de inteligencia de la CIA llegó a la conclusión de que los leales al régimen de Maduro estaban “mejor posicionados” para liderar un gobierno provisional tras la caída del dictador, en comparación con la oposición democrática. Esta recomendación se basó en la percepción de que estas figuras conservan el control sobre las fuerzas armadas y las estructuras de poder internas, lo que podría evitar un vacío de poder y un posible caos institucional.
Trump y su equipo, entre ellos el secretario de Estado Marco Rubio y otros asesores, tomaron en cuenta que respaldar inmediatamente a líderes opositores habría requerido un apoyo militar continuado muy costoso y todavía insuficiente para asegurar el control real del país, dadas las fuerzas aún leales al chavismo en instituciones clave como el ejército y los servicios de inteligencia.
El distanciamiento respecto a la oposición no es solamente una cuestión de cálculo militar, sino también político. Trump ha señalado públicamente que líderes como María Corina Machado “no tienen el apoyo ni el respeto dentro del país” para gobernar en una situación tan compleja, una afirmación que resuena con el análisis de inteligencia que relativiza la capacidad de la oposición para manejar las fracturas del Estado venezolano tras la caída de Maduro.
Este argumento ha sido objeto de crítica por parte de analistas y sectores opositores, que consideran que marginar a la fuerza política con mayor legitimidad electoral tras elecciones cuestionadas debilita la narrativa democrática y alimenta la percepción de que Estados Unidos privilegia la estabilidad logística sobre la representación popular.
Desde la perspectiva de la administración estadounidense, la prioridad inmediata parece ser evitar el vacío de poder y contener una escalada de violencia o fractura institucional en Venezuela. La opción de mantener estructuras internas del régimen —aunque deslegitimadas— tiene un cálculo pragmático: un gobierno provisional orientado por figuras ya insertas en el poder puede garantizar el funcionamiento del Estado mientras se negocia una transición más estructurada.
Pero esta estrategia también carga una serie de riesgos políticos y de legitimidad que pueden repercutir de forma negativa. Al alinearse con sectores vinculados al chavismo, Trump pone en entredicho la promesa estadounidense de promover la democracia y corre el riesgo de alimentar narrativas de “intervención neocolonial”, una crítica que ya ha sido levantada por varios países y actores internacionales en respuesta a la operación.
La oposición venezolana ha enfrentado años de represión, división interna, y obstáculos institucionales que han limitado su capacidad organizativa. Aunque figuras como María Corina Machado lograron apoyos significativos, su rol se ha visto mermado por la falta de control sobre elementos esenciales del Estado y la percepción —en sectores de inteligencia estadounidense— de que no contaba con bases suficientes para gobernar inmediatamente tras la caída de Maduro.
La decisión de Trump de apoyarse en leales al régimen de Maduro refleja un realismo pragmático basado en cálculos de estabilidad inmediata, aunque a costa de comprometer principios de legitimidad democrática. Esta postura prioriza la contención del caos y el control territorial sobre una transición liderada por los opositores más visibles, que, según inteligencia estadounidense, no tendrían la fortaleza institucional para gobernar sin un respaldo militar prolongado.
El desafío para Estados Unidos y para Venezuela será entonces cómo equilibrar la estabilidad con las aspiraciones democráticas reales de la población, un objetivo que puede requerir no solo estrategias de poder, sino también una redefinición de alianzas políticas en el país sudamericano.