“Las contradicciones en el reconocimiento de Don Romero dentro y fuera de la Iglesia”

0
761

Por Marcela Belchior de Adital.- 

En medio del contexto de beatificación de Don Óscar Romero el pasado 23 de mayo en la Arquidiócesis de San Salvador, líderes sociales y religiosos divergen en cuanto al reconocimiento de la lucha del salvadoreño durante el período de guerra civil que atravesó el país de 1980 a 1992.

Mientras unos destacan su figura como la de un importante líder político, otros lo consideran un maestro religioso. En ambos casos, la Teología de la Liberación puede ser vista como permeando el pensamiento y las acciones de Romero.

Aunque persistan las divergencias en torno de la figura de Monseñor Romero, en la celebración de la beatificación del sacerdote salvadoreño se notó la presencia de representantes de varias religiones e iglesias, de diversos países, además de líderes de los más diversos sectores políticos, empresarios y dueños de grandes medios de comunicación.

Esa división de visiones era todavía más fuerte en años anteriores, inclusive durante el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), cuando había un grupo de obispos que no estaban de acuerdo con la beatificación de Monseñor Romero. La divergencia se suavizó con el tiempo, especialmente a partir de la llegada de Francisco al Vaticano. Sin embargo, la interpretación sobre el legado de Romero no goza de consenso.

Para discutir la cuestión, Adital entrevistó a Francisco de Aquino Júnior, presbítero de la Diócesis de Limoeiro do Norte (Ceará), doctor en Teología por la Universidad de Münster (Alemania) y profesor de teología en la Facultad Católica de Fortaleza y en la Universidad Católica de Pernambuco. Esas contradicciones responden o corresponden a intereses sociales y eclesiales muy concretos, aunque muchas veces sutiles. “El propio Romero vivió en su piel esas contradicciones en la Iglesia y en la sociedad salvadoreña”, destaca Aquino Júnior.

Francisco de Aquino Júnior – La fe cristiana tiene que ver con todas las dimensiones de la vida humana: personal, social, política, económica, cultural, religiosa, etc. Por eso, un cristiano no puede ser indiferente a lo que ocurre en el mundo. La concentración de bienes, la injusticia, la violencia, por ejemplo, son también problemas de fe porque son una negación de la voluntad de Dios en este mundo; son pecados mortales ante los cuales un cristiano no puede resignarse, sino que tiene que combatirlos, aunque pague por eso con la propia vida como hizo Romero.

ADITAL – Podemos observar por lo menos dos dimensiones que involucran la beatificación de Monseñor Óscar Romero: la religiosa y la política. ¿Cómo explicar cada una de ellas en el reconocimiento del mártir por parte de la Iglesia?

Él no fue asesinado por casualidad ni sólo porque estaba presidiendo una celebración eucarística. Fue asesinado porque, como Jesús, vivió eucarísticamente, se puso del lado de los pobres, defendiendo sus vidas frente a los poderes económicos y políticos de El Salvador, y apoyando sus luchas y organizaciones. Su martirio tiene indiscutiblemente una dimensión política. Fue asesinado porque vivió evangélica y proféticamente la dimensión política de la fe.

ADITAL – ¿Es posible separar esos dos aspectos en la praxis de Romero en El Salvador?

FAJ – En realidad, como decía Romero, “la fe cristiana y la acción de la Iglesia siempre tuvieron repercusión sociopolítica. Por acción o por omisión, por la connivencia con un grupo social o con otro, los cristianos siempre influyeron en la configuración sociopolítica del mundo en que viven”, aunque no siempre de acuerdo con el Evangelio.

Pero, “cuando la Iglesia se inserta en el mundo sociopolítico para cooperar en el surgimiento de vida para los pobres, no se está distanciando de su misión ni haciendo algo subsidiario o supletorio, sino que está dando testimonio de su fe en Dios, está siendo instrumento del Espíritu, Señor y dador de vida”. Y si eso vale de alguna forma para toda la Iglesia y para todos los tiempos, vale de un modo muy particular para la situación concreta de El Salvador, marcada por una situación extrema de injusticia y violencia.

ADITAL – ¿Cómo ha interpretado el Papa Francisco la contribución de Romero?

FAJ – La visión que el Papa Francisco tiene de Romero está muy vinculada a su concepción y a su proyecto de “una Iglesia pobre y para los pobres”. Romero fue el buen pastor que dio la vida por su pueblo. La Iglesia de San Salvador, bajo el pastoreo de Romero, asumió radicalmente la causa de los pobres y así se convirtió en ícono/imagen/sacramento de una auténtica Iglesia de los pobres.

En la carta que escribió al arzobispo de San Salvador en ocasión de la beatificación de Romero, Francisco afirma que Romero debe ser contado entre “los mejores hijos de la Iglesia”, habla de su misión refiriéndose a la esclavitud y liberación de Egipto (Éxodo), a Moisés, a los profetas y a Jesús buen pastor, recuerda que “su ministerio se distinguió por una atención particular a los pobres y marginados”, da “gracias a Dios porque concedió al obispo mártir la capacidad de ver y escuchar el sufrimiento de su pueblo y fue adaptando su corazón para que, en su nombre, lo orientara e iluminara hasta hacer de su acción un ejercicio pleno de la caridad cristiana”, y dice que en Romero podemos encontrar “fuerza y ánimo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social más equitativo y digno”. Romero es testigo fiel de una Iglesia profética, comprometida con los pobres y con la justicia social.

ADITAL – ¿De qué manera la figura y el legado de Monseñor Romero son hoy utilizados por la Iglesia Católica?

FAJ – Depende del grupo al que usted se refiera. Hay grupos que destacan su compromiso con los pobres y con la justicia social, y su lucha por la transformación de la sociedad. Hay grupos que hablan de él como un hombre de Iglesia y de oración (¡lo que es verdad!), pero silenciando su compromiso con los pobres y su conflicto con los poderosos, o hablando de su opción por los pobres de manera tan abstracta y genérica que no incomoda a nadie –ni fu ni fa… Muchos grupos encuentran en él inspiración, ánimo y coraje para asumir en el tiempo y lugar en que viven las causas y las luchas de los pobres y oprimidos.

Pero pienso que la tendencia de la gran mayoría, especialmente de obispos y sacerdotes, es una especie de “cisma blanco”: no van a hablar en su contra (al final fue oficialmente declarado mártir y beato) o hasta van a elogiarlo, pero en la práctica no lo toman en serio (es bonito, es admirable, pero no es para mí; los tiempos son otros…). De una forma u otra, Romero continúa incomodando, provocando, convocando… “No hay nada más revolucionario que el cadáver de un mártir” (P. Casaldáliga); “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos” (Tertuliano), sustenta la esperanza y alienta la resistencia a los poderes opresores…

ADITAL – ¿Cómo son hoy utilizados en otras religiones y grupos sociales la figura y el legado de Monseñor Romero?

FAJ – Eso es muy relativo, como dije anteriormente. Para muchos creyentes (de otras Iglesias y de otras religiones), Romero es un hombre de Dios, un testigo fiel de Jesucristo. En palabras del mártir Ellacuría: “en Don Romero Dios pasó por El Salvador”, él fue “un enviado de Dios para salvar a su pueblo”. Por irónico que parezca, antes que se pusiera un cuadro de Romero en el Vaticano, la catedral anglicana de Londres [Inglaterra] ya lo tenía colgado desde 2000.

Para otros, que tenían/tienen otros intereses y estaban/están vinculados a los grupos de poder, era un comunista o, en la mejor de las hipótesis, un ingenuo que se dejó manipular por los grupos de izquierda. Con Jesús no fue diferente: para unos, él actuaba por el dedo de Dios; para otros, actuaba por el poder de Satanás… En todo caso, su compromiso con los pobres, con los derechos humanos, con la justicia social expresa lo mejor, lo más espiritual y lo más santo que las iglesias y religiones tienen para ofrecer a la humanidad y lo que debe ser el punto de encuentro o desencuentro entre las iglesias y religiones: la vida del pobre que es la gloria de Dios.

ADITAL – ¿Cómo evalúa usted el actual contexto político-religioso, en lo relacionado con la concreción de la beatificación del mártir salvadoreño? ¿Cuáles son las diferencias del contexto del pontificado de Juan Pablo II?

FAJ – Complejo y ambiguo. Por un lado, vivimos un momento en que no se cree mucho en la posibilidad de un cambio radical de la sociedad. Transformación es una palabra fuera de moda. En la mejor de las hipótesis, podemos hacer pequeñas reformas. Y para los pobres, becas… En este contexto, la figura de Romero no tiene mucha fuerza…

Por otro lado, la sequía eclesial que vivimos en los últimos 30 años produjo una iglesia orientada hacia sí misma, excesivamente devocional, sacramentalista y clerical, cada vez más distante de los grandes problemas del mundo actual, particularmente de los pobres y marginados. Para esa Iglesia, Romero dice poco o nada. No por casualidad ningún canal de televisión transmitió la misa de beatificación de Romero en Brasil y las pocas celebraciones que se realizaron tuvieron, en general, una participación muy pequeña: las minorías abrahámicas o gedeónicas…

Y aunque Francisco represente una novedad (se ha hablado mucho de una nueva primavera eclesial en referencia a Juan XXIII y al Vaticano II), no ha repercutido mucho de hecho en la dinámica pastoral de la Iglesia. “Iglesia hacia afuera”, puede ser…; hacia las “periferias”, no tanto…; para luchar por la justicia social y por la transformación de las estructuras de la sociedad, menos… La memoria de Romero alienta y fortalece el proyecto de “una Iglesia pobre y para los pobres”, particularmente, en lo que tiene que ver con el compromiso de la Iglesia en la lucha por la justicia social, señal por excelencia del reinado de Dios en este mundo.

ADITAL – Además del sector religioso, la lucha por justicia social de Óscar Romero logró la adhesión de sectores populares organizados y no organizados, así como el rechazo de sectores derechistas en el interior de la Iglesia Católica, de la oligarquía local salvadoreña, de las fuerzas armadas y del imperialismo estadounidense. ¿Cómo trata hoy cada uno de esos sectores el legado del mártir?

FAJ – Unos quieren que Romero continúe vivo y presente en las luchas del pueblo y hacen eso comprometiéndose efectivamente con las causas y luchas populares, e invocando el nombre, el testimonio y la memoria peligrosa y subversiva de Romero: ¡La lucha continúa!!! Otros quieren que Romero sea sepultado, aunque sea en los altares…

Y hacen eso disociando la imagen de Romero de las luchas del pueblo, creando una imagen espiritualista y desencarnada de Romero –un Romero insulso, que no incomoda, que ni molesta ni impresiona…– o simplemente silenciando su nombre, ya que no cae bien criticar a alguien que fue, oficialmente, proclamado mártir, beato y, en breve, será proclamado santo… El indicio más claro de esto es la situación actual de la Iglesia de El Salvador, particularmente de sus instancias de gobierno: “celebra” a Romero, alejándose cada vez más de las luchas del pueblo…

ADITAL – Hay quien cree que la beatificación es un reconocimiento a un personaje singular de la Iglesia, a un “mártir por amor”. Otros la interpretan como un esfuerzo de la derecha religiosa global, aprovechado por la derecha religiosa, mediática y política local, para “domesticar” la figura del Monseñor, haciéndola retroceder a una seguridad de la tranquilidad y del orden de las instituciones de poder. ¿Cómo podemos visualizar esas dos visiones disonantes?

FAJ – Sin duda hay un esfuerzo para “domesticar” la imagen y la memoria de Romero dentro y fuera de la Iglesia. Como no fue definitivamente eliminado, es preciso “domesticarlo”. Su imagen/memoria, como acostumbra ocurrir con los profetas y mártires, es siempre una amenaza… Y se hace eso de una manera muy sutil: separándolo de los procesos políticos y eclesiales en los que estaba insertado, desvinculándolo de los movimientos y luchas populares, eligiendo algunas palabras suyas más aparentemente religiosas, estimulando devoción a él en vez de continuar su lucha hoy… Pero no es fácil “domesticar” a Romero. No es fácil alejarlo de los pobres y de las luchas por justicia social…

ADITAL – Una tercera visión en torno del reconocimiento de Don Romero tiene que ver con la oportunidad, a partir de su figura, de realizar una política de conciliación de clases, que permita mejorar la estabilidad y la imagen de El Salvador, inclusive atrayendo algunas inversiones. ¿De qué manera podría darse esto?

FAJ – Ésta sería una forma de “domesticar” su imagen. Romero siempre fue un hombre de diálogo y de reconciliación, pero no a cualquier precio. Hasta porque no hay verdadera reconciliación fundada sobre la injusticia. La verdadera paz, como siempre insistió, es fruto de la justicia. Sin justicia social no hay paz verdadera ni reconciliación verdadera ni estabilidad verdadera. Paz, reconciliación, unidad es tarea, desafío, misión…

Su fundamento es la justicia social. Su criterio y su medida son las mayorías populares. Y la existencia de clases sociales va a ser siempre un pecado. Pobreza-riqueza es pecado porque no significa carencia o abundancia de bienes, sino concentración en las manos de unos pocos y negación hasta de las condiciones materiales básicas de supervivencia a las grandes mayorías. En este sentido, la llamada “conciliación” de clases es incompatible con el evangelio del Reino que tiene como criterio y medida la justicia a los pobres y oprimidos de este mundo.

ADITAL – Una cuarta visión parte del propio sector progresista de la Iglesia, que rechaza una mistificación de Don Óscar Romero, defendiendo su figura no como santificada, sino como un hombre del pueblo. Proclamarlo santo sería adecuar su praxis a lo que esperaría la Iglesia, en sus más altos ámbitos de poder. ¿Qué podemos discutir alrededor de esa mirada?

FAJ – Romero es santo y no debemos [tener] escrúpulo en reconocer y proclamar eso. Es santo porque fue fiel al Dios de Jesús, entregando su vida por los pobres y oprimidos de El Salvador. Reconocerlo como santo nos compromete con las mismas causas que él asumió, porque significa reconocer que el camino que él siguió conduce a Dios y nos hace participar en el misterio de santidad.

Sin duda, es bueno e inclusive necesario hablar de Romero –su conversión, su servicio a los pobres, su ministerio pastoral, su firmeza y fidelidad proféticas, su persecución, su sufrimiento, su martirio, etc.–, recordar y reproducir sus homilías dominicales, estampar su imagen en camisetas y cuadros, y en las iglesias, cantarlo en las celebraciones, etc.

Pero lo que importa realmente es actualizar su misión profética en nuestra vida y acción pastoral. No basta releer sus homilías y cartas pastorales, es necesario releer las señales de nuestros tiempos, con el mismo espíritu evangélico con el cual Romero interpretaba su realidad y actuaba ante esa misma realidad, denunciando, con claridad y radicalidad, las actuales violaciones a los derechos humanos y favoreciendo con todos los medios disponibles las luchas concretas actuales, por la transformación de la realidad en el dinamismo del reinado del Dios de Jesús de Nazaret.

ADITAL – ¿Podemos ver contradicciones en esas diferentes formas de concebir la beatificación de Romero?

FAJ – Creo que sí. Y ellas responden o corresponden a intereses sociales y eclesiales muy concretos, aunque, muchas veces, sutiles… El propio Romero vivió en la piel esas contradicciones en la Iglesia y en la sociedad salvadoreñas. Pedro Casaldáliga lo dice muy bien con su lengua afilada de p(r)o(f)eta: “Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo, a dólar, a divisa. Como Jesús, por orden del Imperio. ¡Pobre pastor glorioso, abandonado por tus propios hermanos de Báculo y de Mesa! (Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo). Tu pobrería, sí, te acompañaba, en desesperación fiel, pasto y rebaño, a un tiempo, en tu misión profética. El Pueblo te hizo santo. La hora del pueblo te consagró en el Kairós. Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio”… San Romero de América…

ADITAL – ¿De qué manera esas divergencias pueden resbalar dentro de la propia Iglesia Católica?

FAJ – Ya en 1988, Ellacuría afirmaba a propósito de la memoria de Romero: “Hay una memoria que es mera recordación del pasado; es una memoria muerta, una memoria archivada, una memoria que ya no está viva. Hay otra memoria que hace el pasado presente, no como mera recordación, sino como presencia viva, como algo que tiene que estar más presente, tampoco es totalmente ausente porque definitivamente es parte de la propia vida; no de la vida que fue y pasó, sino de la vida que continúa siendo. Con Don Romero y su memoria, la pregunta fundamental es: ¿de qué memoria se trata? Una memoria muerta o una memoria viva, la presencia de un cadáver al cual se venera o la presencia de un resucitado que interpela y revigoriza, alienta y dirige […]?. Nadie olvida a Don Romero, pero no todos lo recuerdan como resucitado y presente”.

Y muchos lo quieren definitivamente sepultado, aunque sea en los libros y/o en los altares… Pero la auténtica celebración de la memoria de Romero, unida a la celebración de la memoria de Jesucristo,el mártir por excelencia, nos compromete a todos. A través de ella confirmamos su vida y nos unimos a él, haciendo nuestra su misión, actualizando en nuestra vida la acción pastoral de compromiso con los pobres.

Sólo así podemos celebrarlo evangélicamente y gritar sin hipocresía: ¡¡¡Viva San Romero!!! Pues nuestro grito no será más que la proclamación profética de que Romero vive entre nosotros, y vive precisamente a través de nuestro compromiso con la causa de los pobres, con la lucha por la justicia. ¡¡¡Viva San Romero!!! ¡¡¡Que él viva!!! ¡Para la “gloria de Dios”, que es el “pobre que vive”!

Marcela Belchior es periodista de Adital, maestra en Comunicación y Semiótica de la Pontificia Universidad Católica de Sao Paulo.