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La «Defensa del Erizo»: la estrategia de Irán para cerrar el Estrecho de Ormuz

La «Defensa del Erizo»: la estrategia de Irán para cerrar el Estrecho de Ormuz
  • Publishedmarzo 4, 2026

El 29 de abril pasado sucedió algo en el Mar Rojo que no pasaba desde 1945 en el Océano Pacífico. Un misil balístico (es decir, que describe una parábola entre su lanzamiento y su caída a tierra) lanzado por los hutíes, aliados de Irán en Yemen, estuvo a punto de alcanzar al portaaviones estadounidense Harry S. Truman.

El Truman no es un barco pequeño. Mide 333 metros de longitud -algo más que tres campos de fútbol- y pesa unas 100,000 toneladas a plena carga. El portaaviones USS Harry S. Truman (CVN-75) utiliza dos reactores nucleares Westinghouse A4W que generan una potencia total de 260,000 caballos de fuerza (194 MW). Esta energía permite una velocidad superior a 30 nudos (km/h) y una autonomía prácticamente ilimitada durante unos 20 años sin necesidad de reabastecimiento de combustible.

Para esquivar el misil, el Truman tuvo que realizar una maniobra evasiva tan brusca que, en una de sus bodegas, un vehículo tractor de 13 toneladas que remolcaba a un cazabombardero F/A-18 de 15 toneladas (asumiendo que no llevara combustible), perdió el control y cayó con el avión, al Mar Rojo, donde están a dos kilómetros y medio de profundidad. El conductor del tractor no sufrió ningún daño, aunque el piloto del F/A-18 tuvo heridas leves al saltar fuera de la cabina para no acabar en el mar con los 70 millones de dólares de material militar que se perdieron para siempre aquel día.

Era la primera vez desde 1945 que un portaaviones estadounidense perdía un avión por una maniobra evasiva durante un ataque. Pero podría haber sido mucho peor. Si el misil hubiera acertado al Truman, este se habría convertido en el primer portaviones alcanzado por un proyectil enemigo desde que el 19 de marzo de 1945 el Franklin recibió el impacto de un piloto suicida japonés que causó la muerte a 800 marinos y aviadores.

El caso del Truman es parte de la estrategia de Irán para cerrar el Estrecho de Ormuz, por el que circulan el 19,5% de las exportaciones de petróleo del mundo. Teherán está combinando la estrategia de los hutíes en la guerra del Mar Rojo que casi da al Truman, y la llamada defensa del erizo que constituye el eje de la defensa de Ucrania en su guerra con Rusia y sería el método empleado por Taiwán en caso de que China lo invada.

La llamada “defensa del erizo” (o hedgehog strategy) es una doctrina militar basada en un principio simple: hacer que una invasión resulte tan costosa, lenta y dolorosa para el agresor que este desista o no pueda sostenerla.

El nombre alude al erizo, un animal pequeño que, ante una amenaza, no ataca frontalmente sino que se protege desplegando sus púas, volviéndose difícil de capturar y poco rentable como presa.

Misiles iranís

La clave es que Irán no necesita aplicar un bloqueo naval clásico para cerrar Ormuz, mientras que Estados Unidos sí tendría que llevar a cabo una operación militar convencional para mantenerlo abierto. En su extremo más estrecho, entre Irán y Omán, esa vía de agua mide solo 33 kilómetros de ancho. Pero por ella solo hay dos rutas -una de entrada y otra de salida- para los barcos, cada una de ellas de dos o tres kilómetros de ancho. Teherán no ha necesitado lanzar una campaña militar en toda regla para que dejen de circular navíos. Simplemente, le ha bastado elevar de manera drástica el riesgo para los barcos de cruzar. La amenaza, y algunos ataques puntuales que casi tienen un elemento simbólico, han bastado para disuadir a las navieras de todo el mundo.

Estrecho de Ormuz

A eso se suma la amplia panoplia de misiles antibuque de Irán, que tienen, dependiendo de los modelos, entre 300 y 1,200 kilómetros de alcance, y entre los cuales los hay de crucero (que vuelan en paralelo al mar) y balísticos, como el que los hutíes usaron contra el Truman. Irán ya los ha tratado de alcanzar para alcanzar al Lincoln, gemelo de ese portaaviones, pero sin éxito. En todo caso, su presencia, en grandes cantidades, es suficiente como para obligar a la Marina de Estados Unidos a operar a gran distancia de Ormuz y con considerables medidas de precaución para evitar más sustos como el del 29 de abril. Finalmente, Irán cuenta con al menos 5,000 minas que ha amenazado con usar en el Estrecho.

Así es como Teherán cerró esa vía de agua con un comunicado de la Guardia Revolucionaria el lunes y una serie de bombardeos aislados (aunque posiblemente usó decenas de drones en ellos, que fueron derribados en su inmensa mayoría) en tres puertos e instalaciones petroleras de Omán -paradójicamente, el país de la región que más se ha esforzado en mantener la equidistancia entre Irán y EEUU- los Emiratos (Dubai, Abu Dhabi, y Fujairah), Arabia Saudí, Qatar, y Bahréin. Ninguna de esas acciones ha sido dramática. Hasta la fecha, solo han sido alcanzados entre tres y seis barcos civiles, y uno de ellos, iraní, podría haber sido atacado incluso por Estados Unidos. En esas acciones han muerto dos marineros de nacionalidad india.

No son las acciones que uno esperaría para cerrar el grifo del 19,5% del petróleo del mundo. De hecho, en los siete años de guerra entre Irán e Irak, de 1981 a 1988, esos países atacaron a unos 450 petroleros, de los que alrededor de 60 fueron hundidos. El Estrecho de Ormuz, sin embargo, no se cerró nunca. Ahora, Teherán lo ha logrado con entre tres y seis barcos alcanzados, de los que solo uno se ha hundido, aunque dos más podrían quedar para desguace.

Y la economía mundial ha sentido toda la sacudida. Alrededor de 150 petroleros se han quedado inmovilizados en la zona este del Estrecho. En total, hay unos 750 barcos en el Golfo o en ruta hacia esa región que están, en este momento, quietos en el mar, esperando a ver qué pasa. Además, unos 1,000 navíos de todo tipo han reportado problemas de geolocalización y navegación -sobre todo en sus GPS- debido a la enorme actividad electrónica derivada de la guerra. El tráfico naval alrededor de la Península Arábiga está congelado.

Todo ese caos juega a favor del Gobierno iraní, que así ha amenazado con una crisis energética sin apenas necesidad de atacar a barcos. Al igual que sus aliados hutíes tras el estallido de la guerra de Gaza, en 2019, Teherán ha sembrado el pánico en las navieras mundiales sin necesidad de lanzar una ofensiva generalizada contra el tráfico marítimo en la región.

A partir del miércoles, la inmensa mayor parte de los seguros emitidos por las grandes empresas del sector -como la británicas Northstandard y P&I o la francesa Gard- dejan de estar en vigor debido a la guerra. Eso significa que es imposible asegurar un barco. La zona de «alto riesgo» no se limita a Ormuz, sino que abarca prácticamente toda la costa del Golfo Pérsico de los países ribereños y, también, la de Omán, que está en el Mar de Arabia. Así, incluso los barcos de cabotaje, que no se alejan de la costa, no pueden ser asegurados. Eso es parte de la estrategia de los ayatolás de extender el daño de la guerra a sus vecinos.

Al menos por ahora, hay pocas señales de que la situación vaya a cambiar, lo que presenta un problema significativo para la economía de todo el mundo. Un cierre del Estrecho de Ormuz de una semana tiene consecuencias moderadas. Pero, más allá de ahí, entramos en terra incognita, especialmente si las perspectivas del mercado son que el problema no se va a solucionar. El barril de petróleo Brent estaba en 55 dólares antes de la guerra, un precio históricamente bajo, y había un consenso generalizado de que en el mundo sobraba petróleo. El cierre de Ormuz cambia eso. Un barril a 100 o 120 dólares es, súbitamente, una posibilidad. Y, con él, un repunte de la inflación y, tal vez, una recesión mundial.

Irán, además, ha completado esa estrategia con ataques selectivos contra las instalaciones petroleras de sus vecinos de la parte sur del Golfo Pérsico. El lunes por la mañana, Teherán lanzó un ataque con drones a la refinería saudí de Ras Tanura, la sexta mayor del mundo por capacidad de refino. Oficialmente, la instalación solo fue alcanzada por fragmentos de drones abatidos por las defensas antiaéreas (lo de echar la culpa a los trozos de los drones que caen y negar impactos directos fue inventado por Rusia en su guerra contra Ucrania y ahora se ha generalizado a todo Oriente Medio). Sea como sea, los daños fueron lo suficientemente serios como para que la petrolera estatal Saudi Aramco cerrara Ras Tanura. Eso significó quitar al mundo 750,000 barriles de petróleo diarios. O sea, el consumo de Países Bajos.

Algo similar ha sucedido en Qatar. Sendos drones han golpeado infraestructura crítica de las plantas de procesamiento de gas de Mesaieed y de Ras Laffan. Esta última procesa la producción del mayor yacimiento de gas natural de la Tierra, el de North Field (Campo Norte), que Qatar comparte con Irán. El resultado es que todo Qatar ha suspendido la exportación de todo tipo de productos petroquímicos: desde gas hasta fertilizantes y plásticos. Omán ha cerrado prácticamente sus puertos tras varias acciones con drones, y la terminal de Fujairah está trabajando bajo mínimos.

En esa situación, solo Arabia Saudí tiene posibilidades de esquivar a Irán a través del llamado Oleoducto Este-Oeste, que cruza el país desde los yacimientos del Golfo hasta la terminal de Yanbu, en el Mar Rojo. Pero es una solución imperfecta. De los entre cinco y siete millones de barriles diarios que Arabia Saudí exporta por Ormuz, solo dos o tres pueden salir por Yanbu. El oleoducto es, además, vulnerable a más ataques con drones, y tienen varios «cuellos de botella» en su recorrido. Las rivalidades -a veces, bordeando la guerra- entre los países árabes del Golfo, han impedido construir una red de oleoductos y gasoductos que conecten los yacimientos con el Mar Rojo.

Esperar y ver no parece la solución. Pero la intervención militar es, también, incierta. En 1987 y 1988, EE.UU escoltó a una docena de superpetroleros de Kuwait que Irak, en guerra con Irán, utilizaba para exportar su crudo. En el primer viaje, el petrolero chocó con una mina iraní. Aunque no sufrió grandes daños, fue un recordatorio de la capacidad de Teherán para llevar a cabo una guerra asimétrica marítima. Las escoltas culminaron con una serie de batallas navales entre EE.UU e Irán en las que Washington se impuso con facilidad, pero tras un considerable despliegue de medios en la región. Entonces Irán no lanzaba oleadas de drones suicidas, ni tenía misiles capaces de alcanzar barcos a 1,200 kilómetros. Esta reedición de la guerra de los petroleros de 1981 a 1988 es mucho más incierta para la economía mundial.

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Redacción DL