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Diario Latino

Economía

El modelo agrícola centroamericano fracasa este año a causa de El Niño

El modelo agrícola centroamericano fracasa este año a causa de El Niño
  • Publishedseptiembre 28, 2026

La región ha construido durante décadas una red comercial que permite que maíz, frijol, lácteos, hortalizas y otros alimentos crucen las fronteras con relativa facilidad. Pero el fuerte episodio de El Niño de 2026 está sometiendo ese sistema a una prueba para la que los países todavía no tienen una respuesta regional suficientemente robusta. Nicaragua, uno de los principales proveedores de alimentos básicos para sus vecinos, ya registra una contracción de la actividad agrícola y enfrenta pérdidas asociadas al déficit de lluvias

Centroamérica descubrió durante décadas que la integración comercial podía funcionar como una especie de mecanismo de compensación. Cuando un país producía menos frijol, maíz o determinados productos agrícolas, otro podía aumentar sus ventas y cubrir parte del faltante. Esa lógica permitió que los mercados nacionales dependieran cada vez más de los proveedores de los países vecinos.

El problema que plantea 2026 es diferente: varios de los países que normalmente podrían cubrir la escasez están enfrentando simultáneamente condiciones climáticas adversas.

El fenómeno de El Niño está oficialmente establecido y fortaleciéndose. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) indicó en septiembre que existe una probabilidad superior al 90 % de que el episodio alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño y el invierno boreales, mientras que la Organización Meteorológica Mundial calcula una probabilidad cercana al 100 % de que persista hasta febrero de 2027. NOAA estima además una probabilidad del 75 % de que entre octubre y diciembre se alcance un evento de magnitud histórica, aunque advierte que una mayor intensidad del fenómeno no garantiza impactos idénticos en todos los territorios.

Para la agricultura centroamericana, esa diferencia es fundamental. El Niño no significa simplemente que toda la región vaya a quedar sin lluvia al mismo tiempo. Su efecto depende de la ubicación, el momento del ciclo agrícola y de otros factores atmosféricos. Pero en el Corredor Seco, donde millones de familias dependen de la agricultura de temporal, la combinación de altas temperaturas, períodos secos prolongados y lluvias irregulares puede reducir los rendimientos precisamente de los cultivos que sostienen la alimentación cotidiana.

Y esa reducción ya está teniendo consecuencias.

Nicaragua deja de ser un proveedor seguro

El caso de Nicaragua concentra buena parte de la preocupación regional.

El Banco Central de Nicaragua reportó que la actividad agrícola acumuló una contracción de 2.5 % entre enero y junio de 2026. El resultado estuvo acompañado por descensos en café, maní, sorgo y hortalizas. En el sector pecuario, aunque la actividad general creció, la producción de leche disminuyó; mientras que pesca y acuicultura acumularon una caída de 12.2 %.

Un análisis publicado el 28 de septiembre señala además que el déficit de lluvias está afectando especialmente a las zonas del Corredor Seco nicaragüense, donde se concentran productores de maíz, frijol y sorgo. Empresas agroindustriales de la zona occidental han descrito el período lluvioso de 2026 como el más seco de los últimos 124 años, según los registros citados por el informe. El Ministerio Agropecuario, el Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales y el Instituto de Protección y Sanidad Agropecuaria han advertido que el déficit puede continuar en sectores del Pacífico y de las regiones norte y central.

La importancia de Nicaragua para el resto de Centroamérica explica por qué la situación trasciende sus fronteras.

El Salvador es particularmente vulnerable. En 2024, aproximadamente 69.4 % del volumen de frijol importado por el país procedió de Nicaragua, de acuerdo con estadísticas del Banco Central de Reserva citadas por medios salvadoreños. Durante 2025, las compras salvadoreñas de frijol rojo continuaron concentrándose en el mercado nicaragüense: entre enero y noviembre, las importaciones de frijol rojo de seda alcanzaron alrededor de 50 millones de dólares y Nicaragua representó unos 45.5 millones.

La dependencia no se limita al frijol.

Nicaragua también es un proveedor importante de productos lácteos para El Salvador. Durante el primer semestre de 2025, Nicaragua representó 86.1 % del valor de las importaciones salvadoreñas de leche y nata, según datos del BCR citados por El Salvador.com. El mismo mercado nicaragüense participa además en el abastecimiento de quesos, maíz, hortalizas y otros productos.

Esto significa que una reducción significativa de la oferta nicaragüense no tendría necesariamente como primera consecuencia la desaparición de los productos de los mercados salvadoreños. El mecanismo inicial sería diferente: más competencia por una cantidad menor de mercancía, mayores costos de adquisición y transporte, búsqueda de proveedores alternativos y, finalmente, presión sobre los precios al consumidor.

El frijol rojo es el ejemplo más sensible

El frijol constituye probablemente el producto que mejor permite visualizar el riesgo.

Durante años, Nicaragua ha funcionado como uno de los principales proveedores de frijol rojo de El Salvador, Honduras y Costa Rica. La situación ha sido posible porque Nicaragua dispone de una producción considerable y de ciclos agrícolas que permiten colocar excedentes en los mercados vecinos.

Sin embargo, la disponibilidad de ese excedente ya no puede darse por descontada.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reportó en septiembre que los precios mayoristas de frijol rojo aumentaron mensualmente durante julio y agosto en buena parte de Centroamérica. En Honduras, el organismo relacionó los precios más elevados con una reducción de la producción de 2026 debido a la sequía. En El Salvador, la prolongación del período seco retrasó el inicio de la cosecha principal. Nicaragua todavía contaba con existencias remanentes de los ciclos anteriores, lo que permitió mantener sus precios relativamente contenidos, pero eso no elimina la presión sobre las próximas cosechas.

La diferencia entre disponer de existencias y disponer de una nueva cosecha es decisiva.

Los inventarios pueden amortiguar durante algún tiempo un déficit de producción. Pero si el fenómeno climático continúa y afecta sucesivamente los ciclos agrícolas, los excedentes desaparecen y los países importadores terminan compitiendo entre sí por los mismos proveedores.

Es allí donde una ventaja de la integración comercial puede convertirse en una vulnerabilidad.

Maíz, leche y ganado entran también en la ecuación

El problema no termina en el frijol.

El maíz es otro de los productos que podrían experimentar presiones crecientes. El monitoreo regional del GEOGLAM Crop Monitor clasificó como Poor —rendimientos entre 5 % y 25 % inferiores al promedio de los últimos cinco años— la cosecha de primera de maíz en Honduras y Nicaragua, atribuyendo el deterioro a sequías prolongadas y temperaturas elevadas. Guatemala y El Salvador también aparecen bajo preocupación por las condiciones climáticas.

En Nicaragua, el Banco Central reportó descensos en actividades agrícolas vinculadas al café, maní, sorgo y hortalizas, mientras que el sector pecuario mostró una disminución de la producción de leche. Esto introduce otra dimensión en el problema: una crisis de lluvias no afecta solamente al cultivo que está en el campo, sino también al ganado, los pastos, la disponibilidad de agua y las cadenas de procesamiento de alimentos.

La leche y sus derivados son particularmente sensibles porque necesitan una cadena continua. Si disminuye la producción de leche, pueden aumentar los costos de procesamiento y transporte, reducirse los excedentes exportables y elevarse la competencia por la materia prima.

Una interrupción en el abastecimiento nicaragüense podría, por tanto, afectar simultáneamente al productor, al procesador, al transportista, al comerciante y al consumidor.

El problema ya es regional

La situación tampoco puede explicarse exclusivamente por lo que ocurre en Nicaragua.

Honduras enfrenta una situación particularmente delicada. La actualización de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (CIF/IPC), publicada el 17 de septiembre, estima que alrededor de 1.88 millones de personas —18 % de la población analizada— enfrentan inseguridad alimentaria aguda de fase 3 o superior entre agosto y octubre de 2026. La evaluación atribuye el deterioro, entre otros factores, a los efectos de El Niño, las pérdidas de cosechas, el agotamiento de reservas, el aumento de precios y la reducción de los ingresos de los hogares.

En Guatemala, la CIF estimó que 2.5 millones de personas enfrentaron inseguridad alimentaria aguda entre abril y junio. Para julio-septiembre, la proyección elevó la cifra a aproximadamente 3.2 millones, en un escenario en el que las existencias de alimentos y los efectos previstos de El Niño constituyen factores de presión.

En la zona trinacional del río Lempa, que une territorios de El Salvador, Guatemala y Honduras dentro del Corredor Seco, la inseguridad alimentaria también constituye una preocupación documentada por la CIF.

El Salvador, entretanto, enfrenta sus propias dificultades. La FAO señaló que los precios mayoristas del frijol rojo aumentaron en julio y agosto como consecuencia de la estrechez estacional y de la prolongación del período seco. La dependencia de importaciones nicaragüenses había contribuido a mantener precios relativamente bajos durante los años anteriores, pero esa misma dependencia se convierte ahora en un factor de exposición.

La consecuencia es una paradoja: los países están más conectados comercialmente que nunca, pero las amenazas que afectan a la producción también pueden propagarse simultáneamente por toda la red.

Centroamérica sí se preparó para comerciar; no al mismo nivel para una crisis simultánea

La integración centroamericana ha avanzado considerablemente en materia de comercio.

Las exportaciones intrarregionales representan alrededor del 30 % de las exportaciones totales de Centroamérica, según estudios de la CEPAL. El mercado regional se convirtió así en uno de los principales destinos de las mercancías producidas en el istmo.

Los países han desarrollado mecanismos aduaneros, normas técnicas, tránsito internacional, digitalización de documentos y herramientas de inteligencia comercial. La SIECA incluso dispone actualmente de una plataforma que permite seguir mercancías y movimientos de transporte terrestre dentro de la región.

Pero mover mercancías con mayor rapidez no equivale a garantizar que esas mercancías existan cuando una sequía golpea simultáneamente a los principales productores.

Ahí aparece una de las principales debilidades del modelo.

Los gobiernos centroamericanos están desarrollando una Estrategia de Reservas Estratégicas de Granos Básicos para la Región SICA 2025-2030, aprobada por el Consejo Agropecuario Centroamericano. El instrumento contempla políticas de reservas, estabilización de mercados, atención de emergencias, integración de inventarios y fortalecimiento de la gobernanza regional.

El desafío, por tanto, ya no consiste en reconocer que las reservas son necesarias. El desafío es convertir esa arquitectura institucional en una capacidad operativa que pueda responder cuando varios países sufran simultáneamente una pérdida de producción.

La diferencia es crucial.

Una estrategia regional no es lo mismo que una reserva física regional disponible de inmediato.

Si Nicaragua pierde parte de su excedente de frijol mientras Honduras reduce su cosecha y Guatemala y El Salvador enfrentan también pérdidas, no basta con facilitar el tránsito fronterizo. Hace falta saber dónde están las existencias, cuánto hay disponible, quién puede movilizarlas, quién financia la operación y bajo qué reglas se distribuyen durante una emergencia.

El riesgo para las empresas comienza antes de que falte comida

La población suele percibir primero el problema cuando aparece en el precio de un producto. Para las empresas, la crisis comienza mucho antes.

Una reducción de la producción puede elevar el precio de la materia prima; posteriormente aumentan los costos de transporte, almacenamiento y refrigeración. Los compradores buscan proveedores alternativos y pueden aparecer demoras logísticas, nuevas exigencias sanitarias o decisiones gubernamentales destinadas a proteger el mercado interno.

El escenario puede ser especialmente complicado para pequeñas y medianas empresas que dependen de un solo proveedor o de un solo país de origen.

Una fábrica salvadoreña que utiliza leche, queso, maíz o frijol nicaragüense no enfrenta solamente un problema agrícola. Está expuesta a un riesgo de suministro.

Lo mismo ocurre con comerciantes, supermercados, restaurantes, procesadores de alimentos, fabricantes de concentrados para animales y empresas que utilizan granos como materia prima.

Por ello, el fenómeno climático debe comenzar a ser tratado también como un riesgo comercial y empresarial regional.

El mundo tampoco ofrece una salida sencilla

Buscar proveedores fuera de Centroamérica puede ser una alternativa, pero no necesariamente una solución barata.

La FAO informó que su índice mundial de precios de los alimentos alcanzó en agosto de 2026 su nivel más alto desde noviembre de 2022. Los cereales registraron precios elevados y la organización redujo su previsión de producción mundial de cereales para 2026. A los efectos climáticos se suman las tensiones geopolíticas, los costos de energía y las perturbaciones del transporte internacional.

El Banco Mundial había advertido también que El Niño, junto con los mayores costos de energía y fertilizantes y posibles restricciones comerciales, podía elevar los riesgos para los mercados internacionales de alimentos.

Esto limita el margen de maniobra de Centroamérica.

Si la región pierde parte de su producción y al mismo tiempo necesita comprar más alimentos en mercados internacionales que también están sometidos a presiones climáticas y geopolíticas, la factura de las importaciones puede aumentar considerablemente.

El impacto puede prolongarse hasta 2027

El riesgo no termina cuando regresan las lluvias.

Una cosecha perdida afecta las reservas familiares, los ingresos de los productores, la disponibilidad de semillas y la capacidad financiera para volver a sembrar. Una familia que pierde una cosecha puede tener que vender animales, endeudarse o reducir el consumo antes de que llegue el siguiente ciclo.

El Programa Mundial de Alimentos estima que los efectos de El Niño podrían prolongarse hasta 2027 debido a su impacto sobre los ciclos agrícolas posteriores. Su análisis internacional calcula que el fenómeno podría añadir al menos 49 millones de personas a la población en inseguridad alimentaria aguda en los 45 países analizados para finales de 2027, aunque esa cifra corresponde al conjunto de países estudiados y no exclusivamente a Centroamérica.

FAO y WFP, precisamente por ese riesgo, lanzaron en junio un llamado de acción anticipatoria para proteger a casi nueve millones de personas en 22 países mediante semillas resistentes, protección de ganado, almacenamiento de agua, asistencia financiera y sistemas de alerta temprana.

La lógica es clara: resulta menos costoso actuar antes de la pérdida de la cosecha que esperar a que el alimento desaparezca del mercado.

La advertencia para Centroamérica

El problema que enfrenta Centroamérica en 2026 no es que haya dejado de existir el comercio regional. Todo lo contrario.

El comercio funciona.

Los camiones continúan cruzando fronteras, los sistemas aduaneros están más integrados, existen acuerdos comerciales y las empresas han aprendido a utilizar el mercado centroamericano como una extensión de sus mercados nacionales.

La dificultad aparece cuando la pregunta cambia de “¿cómo movilizamos el producto?” a “¿qué hacemos si todos necesitamos el mismo producto y hay menos disponible?”

La respuesta todavía está en construcción.

La región cuenta con instituciones de integración económica, mecanismos de facilitación comercial, sistemas de información, organismos de seguridad alimentaria y una estrategia regional de reservas. Pero el episodio de El Niño está demostrando que la integración comercial necesita ser acompañada por una integración mucho más profunda de la gestión del riesgo climático, los inventarios, el financiamiento de emergencia y la información sobre producción.

Nicaragua constituye en este momento el caso más visible. Si su producción de frijol, maíz, sorgo, hortalizas y leche se mantiene bajo presión, los efectos no quedarán dentro de sus fronteras. Alcanzarán a los países que han construido cadenas de abastecimiento alrededor de esos productos.

Para El Salvador, donde la dependencia del frijol nicaragüense es particularmente elevada, la señal merece especial atención. Para Honduras y Guatemala, la reducción de sus propias cosechas disminuye la posibilidad de convertirse en proveedores alternativos. Y para toda la región, la combinación de sequía, altas temperaturas, menores rendimientos y mercados internacionales más volátiles puede convertir un problema agrícola en un problema de precios y abastecimiento.

Centroamérica aprendió a comerciar como una región. El desafío de 2026 es demostrar que también puede prepararse, almacenar, financiar y responder como una región cuando el clima afecta a todos al mismo tiempo.

El episodio actual terminará, como terminaron los anteriores. Pero la experiencia dejará una pregunta que seguirá vigente después de que regresen las lluvias: si las fronteras comerciales ya dejaron de ser una barrera para los alimentos, ¿por qué la prevención de los riesgos climáticos continúa dependiendo principalmente de decisiones tomadas país por país?

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Redacción DL