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Opinión

El gran teatro del absurdo: la izquierda internacional ensaya su servilismo en Barcelona

El gran teatro del absurdo: la izquierda internacional ensaya su servilismo en Barcelona
  • Publishedabril 20, 2026

Mientras Pedro Sánchez convoca a los cómplices de dictaduras en nombre de la democracia, avanza su cruzada antisemita contra Israel y protege el régimen carcelario cubano

Por Luis V. Vazquez-BeckerS

Hay reuniones que se definen no por lo que proclaman sino por quienes las integran. El cónclave bautizado pomposamente como «IV Reunión en Defensa de la Democracia», celebrado el fin de semana pasado en Barcelona bajo la conducción de Pedro Sánchez, es uno de esos eventos cuyo nombre resulta la más perfecta de las ironías. Reunir en el mismo salón a Lula da Silva —quien semanas antes compartió tribuna con Vladimir Putin en Moscú—, a Gustavo Petro —con su reivindicado pasado guerrillero— y a Claudia Sheinbaum —heredera directa del autoritarismo del dedazo mexicano— para hablar de democracia es una burla que ni los dramaturgos del absurdo habrían imaginado.

El presidente del Gobierno español ha consumado, con esta cumbre, su transformación más reveladora: de líder socialdemócrata a guardián sentimental de los autoritarismos del siglo XXI. Sánchez no convocó a demócratas. Convocó a aliados. Y la distinción no es menor.

«El objetivo de este cónclave socialista es lograr una grotesca apoteosis de la figura de Pedro Sánchez, acorralado por la corrupción y su constante violación de las reglas democráticas.»—

Foro Madrid, Fundación Disenso, abril 2026

Lula da Silva, uno de los tres líderes latinoamericanos que en mayo de 2025 acompañaron a Putin en el desfile de la Plaza Roja junto a Xi Jinping, Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel, fue presentado en Barcelona como emblema de una nueva era progresista. El cinismo alcanza cotas estratosféricas cuando el mismo hombre que abraza al responsable de la masacre ucraniana viene a Madrid a dar lecciones de convivencia pacífica. Sánchez, lejos de señalar la contradicción, lo recibió con honores en el Palacio de Pedralbes y lo proclamó motor de un nuevo eje atlántico.

México merece párrafo aparte. La presidenta Claudia Sheinbaum llegó a Barcelona avalada por un sistema que el analista Antonio Caño describe con precisión: el modelo que permitió a López Obrador designar a su sucesora mediante el tradicional dedazo, demoliendo décadas de construcción democrática. Ese México que durante años recuperó la alternancia y el Estado de derecho fue desmontado pieza a pieza para restaurar los instrumentos del poder absoluto. Que esa representante del nuevo PRI autocrático venga a suscribir una declaración «en defensa de la democracia» habla, más que de hipocresía, de una desfachatez que ya no necesita disfrazarse.

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Pero el verdadero escándalo de la semana no fue la cumbre sino lo que Sánchez hizo en paralelo: llamar a la Unión Europea a romper su acuerdo de asociación con Israel. Una medida que el propio Gobierno español sabe que no prosperará, pero que cumple otra función: la de escalar indefinidamente la retórica antiisraelí que se ha convertido en la seña de identidad internacional del sanchismo. El ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, respondió con una acusación que no debe enterrarse en los márgenes del debate: el Gobierno de Sánchez «se ha dedicado a difundir antisemitismo». No lo dijo un blogger anónimo. Lo dijo la cancillería de un Estado democrático que sobrevivió al Holocausto.

Israel ha señalado además el «doble rasero» que practica el ejecutivo español: mantiene relaciones sin fricciones con Turquía de Erdogan y Cuba, regímenes que ejecutan disidentes y aplastan libertades básicas, mientras trata a la única democracia funcional de Oriente Medio como paria internacional. El Gobierno de España, según el propio Saar, recibe agradecimientos del régimen iraní y de organizaciones terroristas. Que la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, haya tenido que advertir sobre el «veneno» del antisemitismo en medio de esta escalada lo dice todo sobre el clima que Sánchez ha contribuido a crear.

«No aceptaremos una lectura hipócrita de alguien que mantiene relación con regímenes totalitarios que violan los derechos humanos.»—

Gideon Saar, Ministro de Exteriores de Israel, 19 de abril de 2026

Y está Cuba. El cónclave de Barcelona concluyó con una declaración firmada por España, México y Brasil que rechaza cualquier posible intervención militar de Estados Unidos en la isla. Una declaración que, bajo el eufemismo de «solución pacífica» y «derechos humanos», no es otra cosa que un escudo diplomático para el régimen de La Habana. Más de sesenta años de partido único, presos políticos, fusilamientos, paredones, Marielitos y balseros, y la izquierda internacional todavía encuentra palabras piadosas para sus jerarcas. No para exigirles apertura democrática. No para pedir liberación de presos. Sino para blindarlos de cualquier consecuencia internacional por sus crímenes.

Es la coherencia de la izquierda caviar: rigurosamente selectiva. Capaz de rasgar vestiduras ante cualquier decisión de un gobierno conservador en Europa, incapaz de pronunciar una sola palabra dura ante el castrismo, el chavismo o el morenismo mexicano. La narrativa servil que desplegaron en Barcelona no es nueva, pero esta vez quedó documentada con nombres, firmas y fotografías en el Palau Nacional. Para la historia.

Pedro Sánchez acumula, a estas alturas del mandato, un apagón eléctrico nacional, una crisis de vivienda sin precedentes, ciento veintidós muertos en las inundaciones de Valencia y el repudio espontáneo de sus propios compatriotas en estadios y cines. Y sin embargo viaja a Barcelona a presentarse como «motor» del progresismo mundial. El New York Times, cuya afinidad con las izquierdas no necesita acreditarse, ha catalogado su gobierno como una sucesión de escándalos. Eso, en el ecosistema mediático del sanchismo, se llama lawfare. En el resto del mundo se llama consecuencias.

La democracia no se defiende convocando a quienes la erosionan. No se protege firmando declaraciones junto a los admiradores de Putin. No se honra levantando la voz contra la única democracia judía del planeta mientras se guarda silencio sobre las mazmorras habaneras. Lo que se hizo en Barcelona no fue una cumbre progresista. Fue el espejo en el que la izquierda internacional prefiere no mirarse demasiado tiempo.

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Redacción DL