El enclave económico de China en Sudamérica: deudas, minería y una influencia que llega hasta la selva
La pequeña república sudamericana, nacida de una independencia marcada por la división étnica, la emigración y décadas de inestabilidad política, se ha convertido en un punto estratégico para Beijing. China financió infraestructura, reestructuró deuda y extendió sus empresas hacia el oro, la madera, la bauxita y el petróleo. El episodio de los ciudadanos chinos armados en Sarakreek expuso hasta dónde puede llegar esa presencia en el interior del país
Surinam ocupa un lugar singular en el mapa de América del Sur. Es el único país del continente donde el neerlandés es la lengua oficial, tiene poco más de 630,000 habitantes y concentra la mayor parte de su población en una estrecha franja costera, mientras enormes extensiones de selva permanecen escasamente pobladas. Esa combinación de territorio, recursos naturales, baja densidad demográfica y debilidad institucional ha convertido al país en un espacio especialmente atractivo para las inversiones extranjeras.
En los últimos años, una potencia ha ganado una posición cada vez más visible: China.
La influencia de Beijing en Surinam no puede reducirse a la presencia de trabajadores o comerciantes chinos ni a la actividad de unas cuantas empresas. Se extiende por sectores considerados estratégicos para cualquier Estado: infraestructura, financiamiento público, minería, explotación forestal, energía, petróleo y comercio. En 2018, Surinam se incorporó a la Iniciativa de la Franja y la Ruta y, un año después, elevó su relación con China a una asociación estratégica de cooperación.
El resultado es una relación asimétrica entre un pequeño Estado sudamericano que necesita capital y una potencia económica que busca recursos, mercados y posiciones estratégicas. Hablar de un “enclave chino” no significa que China posea territorio soberano surinamés. Significa que su presencia económica ha alcanzado una profundidad excepcional en determinadas áreas de la economía nacional y, en algunos casos, en regiones donde la capacidad del Estado surinamés para ejercer control es limitada.
Una independencia nacida de la división
Para comprender cómo Surinam llegó a esta situación es necesario retroceder hasta antes de su independencia.
La antigua colonia neerlandesa fue construida alrededor de una economía de plantación basada primero en el trabajo esclavo y posteriormente en trabajadores contratados procedentes principalmente de India y Java. La abolición de la esclavitud en 1863 no eliminó la estructura económica heredada del colonialismo; la sustituyó progresivamente por un sistema de agricultura y explotación de recursos que continuó dependiendo del capital y de los mercados externos. La composición de la sociedad surinamesa quedó marcada por esa historia y dio origen a una de las sociedades más diversas de América.
Durante el siglo XX, la economía comenzó a transformarse con la explotación de la bauxita. La minería pasó a ocupar un lugar central en las exportaciones y en las finanzas públicas, primero bajo compañías extranjeras y posteriormente mediante una combinación de participación estatal y capital internacional. La dependencia de materias primas, por tanto, no nació con China: es una característica mucho más antigua de la economía surinamesa.
Surinam obtuvo autonomía dentro del Reino de los Países Bajos en 1954 y alcanzó la independencia el 25 de noviembre de 1975. Pero la ruptura política con Holanda no significó una ruptura inmediata con la dependencia económica.
La independencia tampoco fue un proyecto respaldado de manera uniforme por toda la sociedad. Las divisiones entre las principales comunidades étnicas atravesaron el debate político. Una parte importante de la población de origen hindostano temía que la independencia se produjera demasiado rápido y pudiera dejarla políticamente marginada. La incertidumbre fue tan grande que decenas de miles de surinameses emigraron a los Países Bajos alrededor de la independencia. Algunas investigaciones históricas señalan que la decisión parlamentaria se aprobó por una mayoría extremadamente estrecha.
Los Países Bajos acompañaron la independencia con un enorme programa de asistencia económica. Surinam recibió alrededor de 3,000 millones de florines neerlandeses para financiar proyectos de desarrollo. Aquella ayuda permitió construir infraestructura, pero también mantuvo durante años la economía del nuevo Estado vinculada a fuentes externas de capital.
La fragilidad política apareció pronto.
En febrero de 1980, un grupo de suboficiales encabezado por Desi Bouterse derrocó al gobierno civil. A partir de entonces, el país atravesó años de gobierno militar, violencia política y deterioro institucional. Bouterse volvería a dominar la política surinamesa décadas después y fue presidente entre 2010 y 2020.
Ese pasado importa porque explica una de las características permanentes del país: Surinam ha tenido dificultades para construir instituciones suficientemente fuertes para administrar de manera transparente sus abundantes recursos naturales y, al mismo tiempo, reducir su dependencia del financiamiento extranjero.
Bouterse y el giro hacia Beijing
Fue durante los gobiernos de Bouterse cuando la relación con China adquirió una dimensión especialmente importante.
Surinam necesitaba infraestructura y financiamiento. China estaba dispuesta a ofrecer préstamos, ejecutar obras y abrir las puertas de sus empresas estatales y privadas. La relación resultó atractiva para un gobierno que encontraba dificultades para acceder a financiamiento convencional.
En 2018, Paramaribo se incorporó formalmente a la Franja y la Ruta. En 2019, Xi Jinping y Bouterse elevaron la relación bilateral a una asociación estratégica. Beijing dejó claro entonces que buscaba ampliar la cooperación en infraestructura, agricultura, energía, minería, silvicultura, pesca y telecomunicaciones.
La consecuencia fue que China comenzó a ocupar espacios que antes estaban dominados por capital neerlandés, estadounidense, canadiense y otros inversores occidentales.
La deuda se convirtió en una de las expresiones más visibles de esa relación.
Los datos más recientes del Fondo Monetario Internacional muestran que Surinam tuvo que someter a reestructuración sus obligaciones con China Exim Bank y China ICBC. En 2024 se completó la primera fase de la reestructuración y, posteriormente, ambos préstamos fueron reorganizados bajo condiciones bilaterales, con menores tasas de interés y plazos más largos.
A mediados de 2024, los datos citados por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) situaban la deuda de Surinam con China en unos US$476 millones, principalmente por préstamos contratados para infraestructura durante el período de Bouterse.
La cifra de US$544 millones que aparece en algunas versiones de esta historia debe, por tanto, manejarse con cuidado: puede corresponder a diferentes momentos, conceptos o acumulaciones de deuda. Para una nota de agencia es más seguro utilizar el dato documentado de aproximadamente US$476 millones a mediados de 2024 y explicar que las obligaciones fueron posteriormente reestructuradas.
Eso no significa que la deuda haya desaparecido. Reestructurarla cambia sus condiciones; no convierte automáticamente una obligación financiera en una transferencia gratuita.
Del crédito al control de los recursos
La verdadera dimensión de la relación China-Surinam aparece cuando se observa qué ocurrió después.
En 2022, la empresa china Zijin Mining adquirió los activos surinameses de la canadiense IAMGOLD por unos US$360 millones y pasó a controlar Rosebel Gold Mines, una de las principales operaciones auríferas del país. El sector minero estadounidense reconoce actualmente a Zijin entre las grandes compañías extranjeras que explotan oro en Surinam.
El oro es particularmente importante porque la minería artesanal y de pequeña escala se expandió rápidamente desde la década de 1990 y una parte de esa actividad opera fuera de los mecanismos formales. El uso de mercurio y otros métodos contaminantes ha provocado daños ambientales graves en el interior del país.
La presencia china también se extiende a la madera. El CSIS señala que la empresa Greenheart adquirió control directo e indirecto sobre importantes extensiones forestales en el interior surinamés. Parte de la madera extraída tiene como destino los mercados asiáticos, particularmente China.
El siguiente paso es todavía más estratégico: el petróleo.
En 2024, PetroChina obtuvo contratos para desarrollar los bloques marinos 14 y 15 de Surinam. La empresa estatal Staatsolie conserva una participación del 30 por ciento en esos bloques y PetroChina prevé iniciar perforaciones en aguas someras en 2027, después de trabajos de definición realizados durante 2026.
Es decir, la relación ya no se limita a carreteras, préstamos o comercio. China participa en tres de los sectores que determinarán la futura economía surinamesa: oro, petróleo y minerales estratégicos.
Chinalco y la frontera de la bauxita
La bauxita constituye otro capítulo.
En 2024, la china Chinalco planteó una inversión de aproximadamente US$426 millones para desarrollar un proyecto de extracción de bauxita en el oeste de Surinam. El proyecto contempla una producción cercana a seis millones de toneladas anuales y una participación estatal surinamesa del 13 por ciento.
La dimensión territorial es lo que ha provocado mayor preocupación.
El proyecto analizado por Mongabay contempla una zona de aproximadamente 280,000 hectáreas y requeriría rehabilitar y ampliar infraestructura portuaria y ferroviaria construida décadas atrás. También contempla derechos prioritarios para actividades de dragado en el río Corantijn.
Organizaciones indígenas han cuestionado el proyecto porque sostienen que sus comunidades no fueron consultadas adecuadamente antes de la firma del memorando de entendimiento. La controversia adquiere una dimensión adicional porque Surinam continúa siendo un caso excepcional en América del Sur por la ausencia de un reconocimiento integral de los derechos territoriales ancestrales de los pueblos indígenas.
La discusión, por tanto, no es simplemente China contra Surinam.
Es una disputa sobre cuánto control debe conservar un Estado sobre sus recursos naturales cuando necesita capital extranjero para explotarlos.
El episodio de Sarakreek
En ese contexto ocurrió el episodio que volvió a colocar a China en el centro del debate surinamés.
El 14 de julio de 2026, la policía y el Ejército de Surinam intervinieron en la zona de Sarakreek, en el distrito de Brokopondo, después de que circularan videos en los que aparecían ciudadanos chinos armados, vestidos con uniformes de apariencia militar y realizando patrullajes.
Las autoridades detuvieron inicialmente a 14 ciudadanos chinos y decomisaron armas y municiones. El ministro de Justicia y Policía, Harish Monorath, dijo que, según la información disponible en ese momento, los hombres aparentemente realizaban tareas de seguridad, pero dejó claro que la investigación debía determinar para quién trabajaban, por qué estaban armados y si contaban con las autorizaciones necesarias.
Posteriormente, la Fiscalía informó que 16 ciudadanos chinos fueron puestos en libertad. Todos tenían estatus migratorio regular y habían sido llevados a Surinam por una empresa para desempeñar funciones que incluían cocina, seguridad y operación. Sin embargo, ninguno de los 16 figuraba en la lista de personas autorizadas para portar armas bajo la licencia general de la compañía. Por esa razón, la autorización de armas de la empresa fue retirada y las armas permanecieron incautadas.
Este punto resulta esencial: no existe evidencia de que se tratara de una unidad del Ejército Popular de Liberación de China. La investigación disponible apunta a trabajadores de una empresa privada que realizaban labores de seguridad. Pero las imágenes —uniformes, armas, formación y presencia en una zona minera remota— produjeron una alarma política comprensible porque mostraron hasta qué punto actores económicos privados pueden adquirir capacidad de seguridad en zonas donde la presencia efectiva del Estado es débil.
El propio ministro Monorath advirtió que las dificultades para gobernar el vasto interior de Surinam no podían convertirse en una justificación para la ausencia de control estatal.
Un enclave económico, no una colonia
La comparación con una colonia china sería exagerada. Surinam mantiene su soberanía, sus instituciones y capacidad para regular las actividades de las empresas extranjeras. De hecho, las autoridades actuaron en Sarakreek, decomisaron armas y retiraron la autorización de la empresa.
Pero también sería ingenuo ignorar la concentración de intereses chinos.
En poco más de una década, compañías vinculadas a China han pasado a ocupar posiciones relevantes en minería aurífera, madera, petróleo, bauxita e infraestructura, mientras Beijing se convirtió simultáneamente en acreedor, inversionista y socio político de Paramaribo.
Ese modelo es diferente de una ocupación territorial, pero puede producir una dependencia económica profunda.
China no necesita administrar directamente un territorio para tener influencia sobre él. Le basta con convertirse en un proveedor fundamental de capital, un acreedor importante y un actor dominante en sectores estratégicos.
Surinam ofrece precisamente esas condiciones.
Su economía sufrió una severa crisis de deuda, inflación y desequilibrios fiscales que obligó al país a recurrir al Fondo Monetario Internacional. La deuda pública había superado el 120 por ciento del PIB en años recientes antes de comenzar a descender y se situó alrededor del 83 por ciento a finales de 2024, según documentos del FMI.
La necesidad de capital extranjero coincidió con la estrategia de expansión internacional de las empresas chinas.
El nuevo gobierno y una dependencia que no comenzó con China
Jennifer Geerlings-Simons asumió la presidencia en julio de 2025 y se convirtió en la primera mujer en dirigir Surinam. Su gobierno heredó una economía que busca recuperar estabilidad después de la crisis de deuda y, al mismo tiempo, aprovechar los ingresos que se esperan de la futura explotación de hidrocarburos.
El dilema que enfrenta Paramaribo no consiste simplemente en escoger entre China y Occidente.
Surinam lleva siglos dependiendo de capitales externos para explotar sus recursos. Primero fueron las plantaciones coloniales; después la bauxita bajo capital estadounidense y europeo; posteriormente llegaron los préstamos y las empresas chinas. El problema estructural es que el país ha tenido dificultades para transformar su riqueza natural en una economía suficientemente diversificada, con instituciones capaces de negociar en condiciones de mayor equilibrio.
China ha sabido ocupar ese espacio.
Beijing llegó cuando Surinam necesitaba carreteras, créditos, inversiones y compradores para sus materias primas. A cambio, las compañías chinas obtuvieron acceso a sectores estratégicos y el gobierno de Beijing consolidó una relación política que incluye cooperación diplomática, respaldo a la posición china sobre Taiwán y una estrecha coordinación internacional.
El episodio de Sarakreek no demuestra que China haya tomado el control militar de Surinam. No lo demuestra.
Pero sí revela algo más complejo: en un país donde el Estado tiene dificultades para controlar su enorme territorio selvático, las empresas extranjeras pueden adquirir una presencia económica y operativa que va mucho más allá de una simple inversión.
Surinam nació como Estado independiente en 1975, pero heredó una economía construida alrededor de la explotación de sus recursos por capital extranjero. Medio siglo después, China se ha convertido en uno de los actores más poderosos dentro de esa estructura.
La pregunta para Surinam ya no es si necesita inversión extranjera. La necesita.
La cuestión decisiva es cuánto control conservará sobre su oro, su madera, su bauxita, su petróleo y sus territorios cuando el principal proveedor de capital y uno de los mayores operadores de esos recursos sea, al mismo tiempo, una potencia mundial con intereses estratégicos propios.
Ahí se encuentra la verdadera dimensión del llamado enclave chino en Surinam: no en una bandera extranjera ondeando sobre territorio surinamés, sino en la creciente interdependencia entre las finanzas del Estado, sus recursos naturales y el capital de Beijing.
