A 50 años de su muerte, Neruda hace evocar su recinto mágico: la poesía

Su funeral se convirtió en la primera marcha contra el gobierno de Augusto Pinochet

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Este año se cumple medio siglo del fallecimiento del célebre escritor chileno Pablo Neruda. Durante su cortejo fúnebre, la multitud entonó La Internacional entre lágrimas y gritos en su honor y en el de Salvador Allende. El adiós al autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada hizo al pueblo salir a las calles en la primera protesta pública a unos días del golpe militar encabezado por Augusto Pinochet, convirtiéndose en la semilla de la resistencia en una era de brutalidad.

Apenas dos años antes de su muerte, en 1971, Neruda fue reconocido con el Premio Nobel de Literatura por una poesía que con la acción de una fuerza elemental revive el destino y los sueños de un continente, como anunció la Academia Sueca.

En su discurso, al recibir la medalla del mayor galardón literario, pronunció: Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos.

El 23 de septiembre de 1973 murió Neruda, a los 69 años de edad, 12 días después del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende. Mientras su salud se agravaba a causa del cáncer y era trasladado a un hospital en Santiago, la capital del país, la casa del escritor y militante comunista fue saqueada y sus libros incendiados. A pesar de estar rodeados de soldados y bajo la amenaza de la represión de la naciente dictadura, su funeral convocó a manifestarse en las calles.

¡Camarada Neruda, presente!, se vitoreaba, como quedó registrado en un video rescatado por la prensa internacional, en el cual también se observa el acecho de las fuerzas militares que habrían de desaparecer a miles de disidentes.

Para el recordado autor, la poesía se aparejó con la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, con la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía.

Con el nombre de Neftalí Ricardo Reyes Basoalto nació el 12 de julio de 1904, en Parral, Chile. Desde joven mostró su proclividad a las letras, a las que se dedicó a pesar de la oposición paterna. Su vida como diplomático en Asia y Europa, así como su militancia comunista, impregnaron su paso por la literatura. Su producción literaria es extensa de enumerar, destacan Los versos del CapitánFulgor y muerte de Joaquín Murieta y Confieso que he vivido.

La guerra civil española y el asesinato de Federico García Lorca, a quien conoció, lo afectaron profundamente. Neruda concordó con el ideario de este movimiento, como se denota en la colección de poemas España en el corazón (1937). Al regresar a su país natal, la poesía que continuó construyendo se caracterizó por sus intereses políticos y preocupaciones sociales. Conoció la represión en carne propia por sus protestas en contra del presidente González Videla. También vivió en el exilio entre 1949 y 1952, experiencia impresa en Las uvas y el viento(1954).

El escritor Mark Eisner, autor de la exhaustiva biografía Neruda: el llamado del poeta (Harper Collins), comentó que este hombre era tan importante que la dictadura quería asesinarlo para silenciarlo. ¿Qué otro poeta fue tan poderoso? En su libro, se observan las dimensiones que rodearon al Nobel chileno: el canon de su poesía, el activismo político y social, así como su historia personal, incluidos algunos episodios oscuros que se comentan del autor.

En la memoria quedan sus versos y su ideario. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos: y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

Con información de La Jornada