Del archivo de ABC: La verdad sobre la visita de Hemingway a Pío Baroja en su lecho de muerte

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Blanco y Negro publicó un capítulo inédito del libro de José Luis Castillo-Puche, ‘Hemingway entre la vida y la muerte’, que estando ya fallecidos ambos protagonistas arrojó luz sobre el famoso encuentro entre aquel «jovial endemoniadamente amargado», que era Baroja, y aquel «amargado jovial», que era Hemingway

Ernest Hemingway, admirador de Pío Baroja, tuvo el enorme placer de visitar al maestro vasco en su lecho de muerte, donde le rindió los merecidos homenajes y le confesó que «antes que yo, usted debía tener el Premio Nobel… Yo he aprendido de usted». Una fotografía inmortalizó el momento con Baroja tendido en la cama y Hemingway a su lado dedicándole su libro ‘Adiós a las armas’.

La escena, en vísperas de la muerte del español, quedó en la retina histórica como la perfecta genuflexión del aprendiz en su momento de mayor auge frente al maestro en sus días más oscuros. Sin embargo, la reunión dictó mucho de ser tan idílica. El escritor vasco tenía el juicio bastante afectado y apenas pudo comprender quién era ese hombre corpulento de acento extranjero. Se estaba muriendo y lo demás le daba igual.

«A casa del viejo»

En la edición del 3 de julio de 1965, Blanco y Negro publicó un capítulo inédito del libro de José Luis Castillo-Puche, ‘Hemingway entre la vida y la muerte’, que estando ya fallecidos ambos protagonistas arrojó luz sobre el famoso encuentro entre aquel «jovial endemoniadamente amargado», que era Baroja, y aquel «amargado jovial», que era Hemingway.

Pio Baroja mira su biblioteca
Pio Baroja mira su biblioteca

El escritor Castillo-Puche, fallecido en 2004, pasó muchas horas para elaborar la biografía con su amigo Hemingway, al que describía como «muy machacón y tenaz en sus investigaciones», y reparó en lo que más le interesaba al norteamericano de España «era nuestro latido, este pulso violento que caracterizaba a tantos españoles y que es capaz de un coraje estremecedor y de una indiferencia brutal ante el peligro».

Esos fuegos vacuos admiraba en la obra literaria de Pío Baroja, que para entonces, en plena posguerra, ocupaba un papel discreto en Madrid, combatiendo la censura y tratando de sacar adelante sus novelas más postreras. Vivía por entonces en la calle Ruiz de Alarcón, cerca de la Bolsa, y allí se le ocurrió un día a Hemingway ir a visitarle. El escritor estadounidense era enemigo de fingimientos. Si quiso conocer a Baroja no fue por la fotografía, sino por admiración y porque conocía bien sus libros, muchos de ellos anotados y subrayados de su puño y letra, principalmente la trilogía de “La lucha por la vida” 

«—¿Podríamos ir mañana a casa del viejo? –preguntó Hemingway a Castillo-Puche una noche bastante tarde.

—Yo creo que sí, pero espera que llame al sobrino y te diré lo que hay».

La timidez de un premio Nobel

El sobrino de Baroja, el antropólogo Julio Caro, estaba dispuesto a permitir una visita a su tío, aquejado probablemente de arteriosclerosis, en un acto íntimo y lo más sencillo posible. Sin prensa, ni fotógrafos. Baroja estaba francamente mal, «y apenas si se enteraba de las cosas», muy lejos del océano de curiosidades y buen humor que era solo dos años antes, por lo que la publicidad del acto no era recomendable. No obstante, cuando los visitantes se enteraron de que algunos periodistas estaban merodeando por el hogar del vasco, tomaron la decisión de llevar a su propio fotógrafo para documentar el momento de Dios manda. 

José Luis Castillo Puche en su biblioteca particular.
José Luis Castillo Puche en su biblioteca particular.

Hemingway le llevó a Baroja una botella de whisky como presente, si bien Castillo-Puche señala en el texto publicado por Blanco y Negro que al maestro de las letras esa bebida no le agradaba mucho: «Si don Pío alguna vez había tomado algún whisky había sido casi por fuera de la botella, oliéndolo tan solo». Mejor hubiera sido, en su opinión, que el norteamericano le hubiera comprado un vino generoso, caso conventual. Una bebida para el hombre austero que era Baroja.

Preocupado por si la botella, un jersey, unos calcetines y el libro que pensaba dedicarle, ‘Adiós a las armas’, era poca cosa, Hemingway interrogó a su amigo Castillo-Puche:

«—Si tú crees que es poco, me lo dices y le dejo mi reloj, este reloj —y comenzó a quitárselo de la muñeca, añadiendo—: Es un reloj que me ha acompañado la parte más hermosa de mi vida».

El autor de novelas como ‘Fiesta’ o El viejo y el mar” se mostró preocupado por lo que Baroja pudiera pensar de él. Incluso se planteó darle unos cuantos «billetes grandes» por si el dinero podía ayudarle en su estado. «Lo más curioso de todo es que nunca he visto, ni en vivo ni en retrato, a un Hemingway como el de aquel día. El hombre que rompía con todos los convencionalismos y a quien nadie era capaz de sujetar a ninguna etiqueta, ni siquiera la propia Mary (última esposa de Ernest Hemingway) se presentó con un traje grave, peinado casi como un niño un poco travieso, con corbata y muy circunspecto. Desde el primer momento le dio a la visita no sólo la solemnidad, sino la trascendencia que tenía», escribió su acompañante.

Demasiado tarde

Preludio de mortaja, Pío Baroja ya no estaba para nada ni nadie, ni siquiera para charlar con un flamante premio Nobel de Literatura. Castillo-Puche le describió en su habitación, tan humilde que parecía «una celda de monje», como distante, desprendido del entorno, pero ante la novedad vistió su rostro de una mirada penetradora. «Con voz cavernosa, pero con cierto acento de gratitud, aunque sin perder su natural desenfado, comentó:

«—Caramba, ¿y a qué viene ese tío?».

Hemingway se acercó al lecho de un Baroja ” semimoribundo”  y quiso darle la mano. A continuación, se acomodó en la silla que había al lado izquierdo de la cama, inclinándose hasta parecer que estaba de rodillas. Las palabras del premio Nobel de Literatura fueron breves, entrecortadas, pero muy honestas:

«—Don Pío, yo estoy aquí, pero hubiera querido siempre venir antes, porque todos tenemos motivos de gratitud con usted, pero yo he ido siempre de allá para acá y aunque uno es casi un aventurero no olvida, y yo no olvido que usted ha sido el maestro para muchos jóvenes y yo he aprendido, como muchos jóvenes, de usted y yo estoy seguro de que usted hubiera merecido antes el Premio Nobel, antes que yo y que muchos, y yo lo lamento de verdad porque lo merece, pero usted ha sido y es un gran ejemplo y es un testimonio grande, por eso yo quiero dedicarle este libro mío como a quien me ha enseñado tanto en esto de escribir, que todos somos aprendices, y yo por eso me siento confuso en este momento. Porque esta cosa del Premio Nobel es verdad que antes se la debieron de dar a usted y a otros escritores españoles, también maestros, Miguel de Unamuno, Valle Inclán…».

En algún momento de la enumeración, Baroja, que aún recordaba sus viejas manías y enemistades (a Juan Ramón Jiménez le tenía auténtica tirria), sin poder evitarlo se volvió algo molesto hacia la pared, como si hubiera perdido momentáneamente interés por «aquel gigantón que se inclinaba hacia él como un alumno sumiso y asustado». Por educación, se hizo decir entre susurros un lacónico: «¿Usted cree…?».

Cuando Hemingway reanudó su discurso, Baroja no se molestó en disimular que todo aquello comenzaba a fastidiarle, se volvió de nuevo para decirle: «Basta, basta». Como dejó escrito Castillo-Puche, aquellos temas sobre los escritores de su generación le interesaban un bledo a Baroja, que, en todo caso, de haber estado con la cabeza plenamente en la tierra de los vivos habría interrogado al norteamericano más bien sobre cuestiones más aventureras como la situación de Madrid en plena Guerra Civil o el Desembarco de Normandía, que Hemingway había vivido en primera línea.

Pío, el clásico; y Ernest, el romántico

La entrevista había terminado, pero aún faltaba la entrega de obsequios, incluido el libro dedicado:

«Ahí estaba más que fulminado, barrido, él que había sido el gran escobón de la literatura española. Todo transcurría emocionadamente y hasta el mismo silencio de don Pío, cuando los demás decíamos vaguedades o tonterías, daba al acto una elocuencia insospechada. Ernest se mantenía doblado y conmovido. Entonces colocó encima de la blanca colcha el espumoso jersey y los tibios calcetines. Don Pío miró las prendas con elegante gratitud y al mismo tiempo con indiferencia.

«—Está bien, está bien —repetía».

Pío Baroja mostró en todo momento una perplejidad tremenda frente a lo que estaba ocurriendo en su casa cuando él andaba tan ocupado muriéndose, mientras Hemingway, habitualmente expansivo en su humor, se mostró cabizbajo y contraído frente a la vejez y la muerte, dos temas que le aterraban. «Ernest y don Pío se habían juntado en el punto básico de las decepciones, porque en realidad, aunque Ernest todavía era un luchador, se podía notar que empezaba a no estar en forma o por lo menos que llevaba ya en las alas el presentimiento del plomo, mientras don Pío era un vencido sin desesperación. Allí presentes, don Pío era el clásico y Ernest el romántico».

Cuando se marcharon, al fin, bajando por las escaleras, Hemingway y Castillo-Puche se pararon a charlar sobre la reunión:

“- Me alegro mucho de haber venido.

.—Ya sabía yo que te alegrarías –contestó Castillo-Puche.

—No estoy arrepentido de haber venido. Si acaso de no haber venido antes o de no poder hacer nada por el viejo. Lo que sí te digo también —y puso mucha atención en la palabra y en el gesto— es que esta visita me ha hecho bastante daño aquí —y se puso la mano sobre el corazón».