10 de mayo de 1975: es asesinado Roque Dalton García

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Por Eduardo Vázquez Bécker.-

!!Juepuutaaa!!.- Todavía no me acostumbraba a esa frase y me costaba creer que era mí a quien se dirigían. De no ser porque el grito denotaba alegría seguida de abrazos, la respuesta hubiese sido otra. A mí no cualquiera me decía hijo de…Era Roque, Roque Dalton García, con quien nos habíamos conocido meses atrás en ciudad de México por intermedio de mi paisano Otto Rene Castillo.

En la desaparecida geografía de San Salvador, frente al viejo y privilegiado “Club Salvadoreño”  había un cafetín, “La Corona”, sitio de tertulia obligada donde además del delicioso café “Doreña” se podía disfrutar de una rica “ensalada”, refresco que se obtiene con la mezcla troceada de frutas tropicales, marañón, piña, mamey, manzana, lechuga verde, pequeñas hostias de rábano, hielo picado y azúcar, muy famoso en esta parte de Centroamérica y, por supuesto, las famosas cervezas “pilsener“. Ahí platicamos por algunas horas hasta que Roque decidió que fuésemos a otro sitio, desconocido por mí pero familiar para él: “El Bar Lutecia”.

El Café “Lutecia” que de café no tenía nada, ¡pura cerveza ¡ ¡puro Tic Tac” (licor nacional) y desde luego las  famosas conchas. En ese entonces, en el centro histórico de San Salvador eran famosos los bares, Bengoa, Lutecia, El Principal, la famosa praviana que no era si no la localización de dos líneas  interminablesde cantinas baratas en la que sobresalía  la cantina “El Paraíso” (sus dueños Don Adán y Doña Eva), los “Frijolitos Carlota” y para rematar, para los que se quedaban  sin pisto y sin nada, quedaba el otrora Bar Atlacatl , preferido del “Seco Avilés”, fotógrafo de Diario El Mundo, de un reportero radial que respondía al apodo de “El húngaro” de Maximiliano Mojica, periodista de grandes quilates cuando no bebía y de Salvador Guandique, escritor prolífero cuya pluma siempre estaba presta a cualquier tema.

A través de sus ventanales, desde el bar “Lutecia”, se podía apreciar la figura en bronce de Francisco Morazán Presidente de la Primera República Centroamericana y después Jefe Supremo del Estado de El Salvador señalando al cielo con su dedo índice.

En el bar “Lutecia” conocí una fase desconocida de Roque: Le producía  placer indescriptible ver cómo las conchas se retorcían al contacto de la sal, del picante y del limón. No era un placer cualquiera, era un placer sádico. Cuando de cangrejos se trataba, ¡no se diga! , los trataba como verdaderos enemigos.

Roque sentía especial preferencia por ocupar un sitio desde el cual podía burlarse de los que iban o venían de sus trabajos, excepto dos personajes por los que sentía admiración de verdad: Edmundo Barbero y Valero Lecha, ambos republicanos españoles residentes en el país desde los años 40. Barbero, autor y director de teatro, solía pasar con un paso “repiqueteado” con guayabera y una bolsa, posiblemente con alimentos,  en la mano. Con precisión de reloj, cinco minutos después, lo hacía Valero Lecha el maestro de la pintura moderna en El Salvador por cuya academia por la que pasaron Raúl Elas Reyes, Julia Díaz y Noé Canjura. Roque bromeaba y les decía groserías desde el interior del bar a sabiendas de que estos no lo escuchaban. El teatro vanguardista de Barbero y la pintura moderna de Valero Lecha siguen siendo puntos de inflección en la cultura de El Salvador.

Todo eso se acabó un día, cuando la incomprensión y la intolerancia le pusieron una bala en la cabeza  un 10 de mayo como este.

Ficha intelectual de Roque Dalton García

Roque Dalton, el pobrecito poeta que era yo, nació hace 878 meses, entre el año 4633 y 4634, del calendario chino.

Ocupación: Idealista.

Lugar, día y hora de su muerte: la que el destino le tenía deparada.

Qué ha pasado desde entonces? Qué poeta retomó el camino. Donde está su cartabón y su pluma?

Desde entonces, solo están los que eran; no han vuelto nacer poetas, ni escritores ni ensayistas. Se secó el jardín de los sueños y las ideas.

A quién le importa eso?…A los que no han nacido o al que cortó la flor. Fin de la historia.

Preferencias.

A Roque le hubiera gustado tener un funeral que se efectuara de dos maneras: que lo cremaran, y así volver al origen, o que lo enterraran en un lugar de donde pudieran sacar sus huesos cada cien años para ser limpiados y vueltos a enterrar y no devorado por los perros y las aves de rapiña como a final de cuentas ocurrió.

Roque admiraba y respetaba a los ancianos y también a sus ancestros fallecidos, menos a su padre, supuesto aventurero que provenía de los “Dalton”, una familia de gánsteres en la vieja California, Estados Unidos de Norteamérica, de quien era hijo ilegitimo.

Igual que los chinos, Roque creía en la inmortalidad del alma, por eso se alimentaba con retoños de bambú. Su mensaje permanente era que todo mundo debía ser valiente para encarar su verdad, ser moralmente aceptables y no perder de vista la ética liberadora.

Era creador de muros, muros altos que no pudieran alcanzar los Hitler ni los Stalin, muros de patriotismo, afirmativos y constructores. Levantar esos muros era para Roque una tarea a cumplir, un problema a resolver, un deber; la extrema izquierda nunca entendió sus versos. Roque era distinto de todos, no solo por su capacidad de poeta creador sino porque él en sí, era distinto de todos.

El periplo revolucionario de Dalton lo llevó a la cárcel dos veces, a exilios en Guatemala, México, Cuba y Checoslovaquia. Fue internacionalista y amaba el “Canto General” de Pablo Neruda. Le gustaba que lo llamaran comunista pero en realidad no lo era ; igual que Lenin, era un activista social. Soñaba con ser millonario, vestigios de la vieja California ; era poeta, compañero de Neruda, amigo siempre.