Los que aún no tienen nombre: A 25 años del 11-S, la memoria sigue inconclusa
Por Luis Vazquez-BeckerS
Hay una cifra que casi nadie repite cuando se habla del aniversario del 11 de septiembre, y sin embargo es la que mejor explica por qué esta fecha no termina de cerrarse: mil cien. Ese es, aproximadamente, el número de víctimas del World Trade Center cuyos restos todavía no tienen nombre, un cuarto de siglo después de que las Torres Gemelas colapsaran sobre Manhattan. En cada acto conmemorativo hay un espacio reservado para las más de mil personas que siguen desaparecidas, una identificación casi imposible por la destrucción extrema de los restos y el paso del tiempo. La última vez que la ciencia logró ponerle nombre a uno de esos fragmentos fue apenas el 24 de agosto pasado, mediante una técnica de genealogía genética forense nunca antes usada en este caso. Antes de eso, habían pasado casi doce meses sin una sola identificación nueva.
Ese dato, más que cualquier discurso, es la prueba de que el 11-S no es un episodio cerrado en un archivo histórico. Es un expediente abierto, con científicos que todavía trabajan sobre diminutos fragmentos óseos hallados en la Zona Cero, y con familias que llevan veinticinco años esperando una llamada que les diga, por fin, dónde reposa lo que quedó de alguien que amaban.
Este viernes, Estados Unidos y buena parte del mundo conmemoraron el cuarto de siglo de los atentados que el 11 de septiembre de 2001 dejaron 2,977 muertos: 2,753 en el World Trade Center, 184 en el Pentágono y 40 a bordo del vuelo 93 que cayó en un campo de Pensilvania. Las víctimas procedían de 90 países distintos, un dato que por sí solo desmiente la idea de que aquel ataque fue una tragedia exclusivamente estadounidense. Murió gente de Honduras, de Colombia, de México, de Ecuador, de Guatemala. Y murió gente de El Salvador.
Ana Gloria Pocasangre de Barrera tenía 49 años. Había nacido en San Salvador en 1952 y era empresaria, dueña de la pupusería y restaurante “El Pipirín”. Viajaba en el vuelo 175 de United Airlines, el segundo avión que se estrelló contra las Torres. Junto a ella, el nombre de Elsy Carolina Osorio Oliva, quien trabajaba dentro de uno de los edificios cuando estos colapsaron, también quedó grabado en el memorial de la Zona Cero. Ambas salvadoreñas forman parte de un grupo de al menos ocho centroamericanos que murieron aquel día, entre ellos cuatro hondureñas y dos guatemaltecos. Sus nombres rara vez aparecen en las coberturas internacionales del aniversario, que tienden a concentrarse en Nueva York, Washington y los símbolos del poder estadounidense. Pero estuvieron ahí, en los pisos donde se cocinaba, se limpiaba, se administraba y se soñaba con un futuro que el fuego canceló en cuestión de minutos.
Ese es, quizás, el primer motivo por el que vale la pena releer esta fecha en 2026: el 11-S no le perteneció únicamente a Estados Unidos. Le perteneció, también, a decenas de familias centroamericanas que hasta hoy visitan un memorial a miles de kilómetros de su tierra para tocar un nombre grabado en piedra negra.
El segundo motivo tiene que ver con el tiempo y con la fragilidad de la memoria colectiva. Una encuesta reciente encontró que cerca de la mitad de los adultos estadounidenses considera al 11 de septiembre como el acontecimiento histórico más relevante de su vida. Pero ya existe una generación completa —la de quienes nacieron después de 2001— que no vivió ese martes de cielo despejado, que solo conoce las Torres por fotografías y documentales, para quienes el 11-S es historia en el mismo sentido en que lo es la caída del Muro de Berlín. Es la misma tensión que enfrentan, cada año, las comunidades judías al recordar el Holocausto: la certeza de que, con cada generación que se aleja de los hechos, el deber de no olvidar se vuelve más urgente, no menos. “No olvidar” no es una frase decorativa ni un ejercicio de nostalgia; es una obligación activa, porque el olvido es el terreno fértil en el que la maldad vuelve a sembrarse.
Y esa maldad, conviene decirlo sin eufemismos, no fue un accidente ni una fatalidad geopolítica: fue una decisión humana. Diecinueve hombres entrenados por una organización terrorista secuestraron cuatro aviones comerciales llenos de pasajeros civiles y los convirtieron en armas contra oficinistas, meseros, bomberos, policías y turistas que esa mañana solo iban camino al trabajo. No hubo ninguna causa que justifique la muerte deliberada de casi tres mil personas inocentes. Veinticinco años después, esa distinción moral —entre quienes matan por una causa y quienes simplemente mueren por existir en el lugar equivocado— sigue siendo el núcleo de por qué esta fecha exige memoria y no solo protocolo.
La conmemoración de este año tuvo, además, un gesto nuevo: por primera vez se guardó un séptimo minuto de silencio dedicado a quienes han muerto desde entonces por enfermedades vinculadas a la exposición al polvo tóxico que cubrió Bajo Manhattan tras el derrumbe. Es un reconocimiento tardío pero necesario: el 11-S sigue matando, silenciosamente, veinticinco años después, a bomberos y rescatistas cuyos pulmones nunca se recuperaron de aquellos días.
En Naciones Unidas, el secretario general António Guterres utilizó el aniversario para recordar que la lucha contra el terrorismo sigue siendo una tarea “compartida e inconclusa”, coincidiendo este 2026 con dos décadas de la Estrategia Global de la ONU contra el terrorismo. La frase, aunque diplomática, describe con precisión lo que también ocurre en el terreno humano: nada de esto está cerrado. Ni la identificación de los restos, ni el duelo de las familias, ni la reflexión sobre cómo una sociedad abierta se defiende del odio sin convertirse ella misma en una fábrica de sospecha. Los delitos de odio aumentaron 16% en Estados Unidos durante los primeros ocho meses de 2026, con un incremento del 9% en incidentes antisemitas, un recordatorio de que el extremismo que produjo el 11-S y el extremismo que hoy amenaza a otras comunidades no son fenómenos aislados, sino la misma lógica de deshumanización operando en direcciones distintas.
Quizás la imagen más honesta de esta efeméride no esté en las ceremonias con expresidentes ni en las columnas de luz que cada año iluminan el cielo de Lower Manhattan, sino en un laboratorio forense de Nueva York donde alguien, en este preciso instante, examina bajo un microscopio un fragmento óseo del tamaño de una uña, buscando en su ADN degradado el nombre de una persona que alguna vez tuvo una vida completa. Esa búsqueda, lenta, silenciosa y sin fecha de cierre, es la forma más pura del “no olvidar”: no como consigna para un aniversario redondo, sino como trabajo cotidiano, terco, que se niega a permitir que el tiempo termine el trabajo que el odio empezó.
