38 kilómetros 14 mil kilómetros lejos encarecen combustibles en El Salvador y Centroamérica
A principios de marzo de 2026, los salvadoreños llegaron a las gasolineras y encontraron lo que ya sospechaban: los precios habían subido. La gasolina superior superó los cuatro dólares por galón. El diésel, combustible que mueve camiones de carga, autobuses y maquinaria agrícola, llegó a 4,15 dólares. La causa estaba a 14,000 kilómetros de distancia, en un estrecho de agua de apenas 38,6 kilómetros de ancho entre las costas de Irán y los Emiratos Árabes Unidos: el Estrecho de Ormuz.
El Salvador no compra petróleo de Irán. Tampoco de Arabia Saudita, Kuwait o Irak. Importa crudo y derivados principalmente desde Estados Unidos, Ecuador y México. Y, sin embargo, pagó las consecuencias de una guerra que estallaba en la otra orilla del planeta. Para entender por qué, es necesario comprender uno de los principios fundamentales del mercado energético global: el petróleo no tiene precio nacional. Tiene precio mundial.
El Estrecho de Ormuz es la ruta de navegación por la que transitaba la quinta parte de los hidrocarburos mundiales antes de que el conflicto lo paralizara casi por completo. Por esa franja de agua salada fluían diariamente 20 millones de barriles de petróleo, provenientes en su mayoría de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Qatar.
Todo cambió el 28 de febrero de 2026. Estados Unidos e Israel iniciaron ataques aéreos coordinados sobre Irán bajo la denominada Operación Furia Épica, apuntando a instalaciones militares, sitios nucleares y la dirección del país. Irán respondió con ataques de misiles contra ciudades israelíes y bases estadounidenses en el Golfo, incluyendo Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Baréin. En ese contexto de represalia, Teherán convirtió el estrecho en arma de guerra.
Las advertencias y los posteriores ataques contra embarcaciones provocaron una fuerte caída en el tránsito marítimo, con el tráfico de petroleros disminuyendo inicialmente en aproximadamente un 70%, y más de 150 buques fondeando fuera del estrecho para evitar riesgos. Poco después, el tráfico cayó prácticamente a cero. Esta interrupción afectó aproximadamente al 20% del suministro mundial diario de petróleo y a volúmenes significativos de gas natural licuado.
El director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía no escatimó palabras para describir la magnitud del golpe: Fatih Birol afirmó que la presente interrupción del tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz constituye «la mayor amenaza de la historia» en términos de seguridad energética del planeta, y que la merma en el suministro de crudo supera la retracción vivida durante los shocks petroleros de 1973 y 1979.
Por qué el WTI sube aunque no venga de Oriente Medio
El West Texas Intermediate —el WTI, referencia de precios para las transacciones petroleras en el continente americano— no es petróleo del Golfo Pérsico. Es crudo extraído de Texas, Dakota del Norte y otros estados del centro de Estados Unidos. No pasa por el Estrecho de Ormuz. Sin embargo, los precios del petróleo Brent superaron los 100 dólares por barril el 8 de marzo de 2026 por primera vez en cuatro años, alcanzando hasta 126 dólares por barril en su punto máximo. El WTI lo siguió paso a paso.
La razón es que el petróleo, independientemente de su origen, cotiza en mercados globales interconectados. Cuando el suministro de una cuarta parte del crudo mundial se interrumpe abruptamente, el sistema completo entra en estado de escasez. Los compradores de petróleo del Golfo —principalmente Asia, Europa y África— se ven obligados a buscar suministros alternativos en otros mercados, compitiendo directamente con los compradores habituales del WTI. Esa competencia adicional eleva el precio del crudo norteamericano aunque no falte ni un barril del mismo. Es la lógica del mercado de materias primas: el precio no lo determina el origen, sino el equilibrio global entre oferta y demanda.
A ello se suma el factor de la prima de riesgo geopolítico. Cuando el mundo observa una guerra en la región que concentra las mayores reservas de petróleo del planeta, los mercados de futuros —donde se negocian contratos de entrega de crudo a semanas o meses vista— elevan automáticamente sus precios para reflejar la incertidumbre. Ese precio anticipado de la incertidumbre se traslada de inmediato al barril que llega a los puertos de El Salvador y sus vecinos.
El mecanismo de transmisión: de Nueva York a San Salvador
El economista guatemalteco Hugo Maul explicó el mecanismo con precisión: el valor en alza del barril de petróleo desencadena una cadena de efectos que encarece mercancías y personas, aumenta el precio de la energía eléctrica y el transporte, y por ende reduce la capacidad de producción del país y afecta la tasa de crecimiento del PIB.
Centroamérica es una región sin petróleo propio. Ninguno de sus países —salvo Guatemala con producción marginal— tiene pozos que explotar cuando los precios internacionales se disparan. Son tomadores de precio puros: compran lo que el mercado mundial decide que vale, sin capacidad de negociar ni de sustituir el insumo. El bloqueo del estrecho de Ormuz, arteria por donde fluye el 20% del petróleo mundial, disparó los precios del crudo por encima de los 100 dólares, poniendo a prueba la resiliencia de las economías importadoras de la región.
El impacto en El Salvador fue concreto y medible. Los precios de los combustibles alcanzaron sus valores más altos desde septiembre de 2024. A finales de marzo, los consumidores de la zona central pagaron 4,29 dólares por la gasolina superior, un aumento de 0,21 dólares; la regular llegó a 3,97 dólares, y el diésel alcanzó 4,15 dólares tras un incremento de 0,38 dólares por galón. Solo en 2026, el diésel —combustible crítico para la industria y el transporte pesado— se había encarecido 0,36 dólares por galón.
Una región sin amortiguadores
La respuesta de los gobiernos centroamericanos ante la crisis reveló sus diferencias fiscales con crudeza. Honduras implementó subsidios de hasta el 50% sobre el incremento semanal de la gasolina regular y el diésel. Nicaragua mantuvo sus precios congelados mediante decreto gubernamental. Panamá declaró que pagaría el precio que impusiera el mercado.
El Salvador priorizó el monitoreo constante de precios y mantuvo un fuerte subsidio focalizado al gas licuado de petróleo (GLP), confiando en que sus precios promedio siguieran siendo los más accesibles de la región. Y en efecto, al comparar los precios en la última semana de marzo, El Salvador se posicionó entre los más bajos de Centroamérica, con 4,08 dólares para la gasolina superior y 3,84 dólares para la regular, frente a los 6,88 dólares que pagaba Belice por la gasolina superior.
Pero lo más bajo de la región sigue siendo caro en términos históricos para las economías centroamericanas. Economistas consultados por medios regionales proyectaron que el precio de los combustibles podría seguir en aumento hasta por doce meses, dependiendo de la extensión del conflicto, afectando directamente rubros esenciales como alimentos, energía eléctrica, transporte y medicamentos.
El efecto invisible: fertilizantes y alimentos
El daño no se limita al precio de la gasolina en los surtidores. El Estrecho de Ormuz es un cuello de botella natural no solo para el petróleo y el gas, sino también para los fertilizantes que salen del Golfo Pérsico hacia el resto del mundo. El choque de oferta es claro, como de libro de texto. Los fertilizantes producidos en Qatar, los Emiratos y Arabia Saudita son insumos básicos para la agricultura global, incluyendo la centroamericana. Su encarecimiento —o su falta— presiona hacia arriba el costo de producción de alimentos, y ese costo eventualmente llega a la mesa de los hogares salvadoreños.
La paradoja de la interdependencia
La crisis del Estrecho de Ormuz de 2026 expuso con excepcional claridad la paradoja de la economía globalizada para las naciones pequeñas: sus ciudadanos pagan las consecuencias de decisiones militares y geopolíticas que se toman a miles de kilómetros de distancia, en las que no tienen ninguna voz ni voto. La Unión Europea calculó que los precios del gas habían subido un 70% y los del petróleo un 50%, lo que suponía una factura adicional de 13.000 millones de euros en importaciones de combustibles fósiles. Para economías del tamaño de El Salvador o Honduras, el porcentaje de impacto es similar, pero el margen de absorción es incomparablemente menor.
Analistas de mercado advirtieron que, aun con el acuerdo de alto al fuego alcanzado a inicios de abril entre Washington y Teherán que permitió una reapertura parcial del Estrecho, los precios del petróleo tardarán en volver a los niveles previos al conflicto, que rondaban los 60 a 70 dólares por barril. La razón es doble: los daños a la infraestructura de refinación y producción en la región del Golfo tardarán meses o años en repararse, y la prima de riesgo geopolítico permanecerá elevada mientras el conflicto no tenga una resolución definitiva y verificable.
En los surtidores de gasolina de San Salvador, Tegucigalpa y Ciudad de Guatemala, esa ecuación se traduce en una aritmética sencilla y dolorosa: cada vez que un misil cae en el Golfo Pérsico, el tanque de combustible del centroamericano promedio cuesta un poco más.
