Arabia Saudí se queda sin petróleo: sus ingresos caen un 23%

Riad pierde más de 34,000 millones de riales en ingresos petroleros mientras la guerra contra Irán y la crisis del estrecho de Ormuz amenazan las finanzas de la mayor economía árabe

Arabia Saudí empieza a pagar un elevado precio económico por la guerra en Oriente Próximo. Los ingresos petroleros del país se hundieron un 23% durante el tercer trimestre de 2026, hasta los 116,500 millones de riales (31,100 millones de dólares). El golpe llega en un momento especialmente delicado: las tensiones militares con Irán han alterado las rutas comerciales del crudo y amenazan la estabilidad de las exportaciones. Pese al crecimiento de los ingresos no petroleros, las cuentas públicas saudíes vuelven a mostrar su dependencia del oro negro. Y el problema ya no se limita al petróleo.

Un desplome de 34,000 millones

Los últimos datos publicados por el Ministerio de Finanzas saudí reflejan un deterioro significativo de los ingresos procedentes de los hidrocarburos. Durante el tercer trimestre, la recaudación petrolera alcanzó los 116,500 millones de riales, frente a los aproximadamente 150,800 millones registrados en el mismo periodo de 2025.

La diferencia supera los 34,000 millones de riales, una caída que pone de manifiesto la vulnerabilidad de las finanzas públicas ante las interrupciones del suministro energético.

El retroceso arrastró los ingresos presupuestarios totales, que disminuyeron un 4% interanual hasta los 259,100 millones de riales.

La paradoja es evidente: mientras las cotizaciones internacionales del petróleo se han beneficiado de las tensiones geopolíticas, Arabia Saudí no ha conseguido traducir esa subida en mayores ingresos fiscales petroleros.

El agujero de las cuentas públicas

La reducción de los ingresos coincide con unas necesidades de gasto todavía elevadas. Según las cifras del tercer trimestre, el Gobierno saudí registró 343.400 millones de riales en gastos, frente a unos ingresos de 259.100 millones.

El resultado es un déficit trimestral de aproximadamente 84.300 millones de riales, equivalentes a 22.500 millones de dólares.

Aunque el gasto público también retrocedió un 4% interanual, el ajuste no ha sido suficiente para equilibrar las cuentas.

Este desequilibrio adquiere especial importancia porque el país mantiene un ambicioso programa de inversiones en infraestructuras, turismo, tecnología y transformación industrial. La continuidad de estos proyectos exige una financiación estable que, históricamente, ha dependido de la exportación de hidrocarburos.

Ormuz, el cuello de botella

El deterioro de las cuentas saudíes está estrechamente relacionado con la crisis energética desencadenada tras el inicio de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán el pasado 28 de febrero.

La interrupción del tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz ha complicado el transporte internacional de crudo, incrementando los costes logísticos y obligando a los exportadores del Golfo a buscar rutas alternativas.

Para Arabia Saudí, el problema resulta especialmente sensible. Aunque dispone del oleoducto Este-Oeste, que permite transportar petróleo hasta el mar Rojo, las infraestructuras alternativas también están expuestas a riesgos militares.

La incertidumbre afecta tanto al volumen exportado como a la capacidad para mantener suministros regulares. Un petróleo más caro no garantiza mayores ingresos cuando las dificultades de transporte limitan las ventas.

La economía no petrolera resiste

La principal noticia positiva procede de las actividades ajenas a los hidrocarburos. Los ingresos no petroleros aumentaron un 20% interanual, hasta alcanzar los 142,600 millones de riales.

Esta cifra representa aproximadamente el 55% de la recaudación total del trimestre, una proporción significativa para una economía tradicionalmente dominada por la industria energética.

Sin embargo, el crecimiento recaudatorio no significa que la transformación económica esté completada.

Las estimaciones preliminares oficiales muestran que el PIB saudí se contrajo un 3,8% interanual durante el tercer trimestre. Las actividades petroleras disminuyeron un 20,4%, mientras las no petroleras avanzaron un 1,9%.

El contraste evidencia que la diversificación proporciona nuevas fuentes de ingresos, pero todavía no compensa completamente los efectos de una perturbación energética de gran magnitud.

Aramco desafía la caída

Uno de los aspectos más llamativos aparece al comparar las cuentas estatales con los resultados de Saudi Aramco.

La petrolera anunció un beneficio neto ajustado de 31,200 millones de dólares en el tercer trimestre, un 9% superior al del mismo periodo del ejercicio anterior.

La compañía también se benefició del encarecimiento del crudo y de la mejora de los márgenes de refino, pese a las dificultades operativas derivadas del conflicto.

Esta divergencia revela una diferencia fundamental: los beneficios empresariales no evolucionan necesariamente al mismo ritmo que los ingresos petroleros del Estado.

Los dividendos, los impuestos, las regalías y los calendarios de liquidación condicionan cuánto dinero termina ingresando el Tesoro saudí. Por ello, los buenos resultados de Aramco no neutralizan automáticamente el deterioro presupuestario.

Visión 2030, bajo presión

El gran interrogante se concentra ahora en Visión 2030, el programa de transformación impulsado por el príncipe heredero Mohamed bin Salmán para reducir la dependencia económica del petróleo.

Proyectos turísticos, nuevas ciudades, infraestructuras y actividades tecnológicas forman parte de una estrategia cuyo desarrollo requiere inversiones multimillonarias.

La caída de los ingresos petroleros introduce nuevas dificultades para financiar simultáneamente estas iniciativas y mantener el gasto público ordinario.

Arabia Saudí cuenta con capacidad para recurrir a los mercados de deuda y reorganizar sus prioridades presupuestarias. Sin embargo, un deterioro prolongado de la recaudación podría obligar a revisar calendarios de inversión y seleccionar proyectos con mayor rentabilidad económica.

El desafío de Riad ya no consiste únicamente en vender petróleo, sino en garantizar que su economía pueda sostenerse cuando ese petróleo deje de proporcionar los ingresos esperados.

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