John Marshall, el juez que dio su sentido a la Corte Suprema de Estados Unidos

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Carlos Berbell | 10 Agosto, 2020

Cuando los “padres fundadores” de los Estados Unidos elaboraron la Constitución en ningún lugar dejaron escrito cuál tenía que ser el papel exacto y las funciones de su Corte Suprema.

Esa tarea fue obra de John Marshall, su presidente entre 1801 y 1835; 34 años.

Y no fue nada fácil.

Marshall consiguió convertir a la Corte Suprema como el máximo intérprete de la Constitución e hizo que la doctrina del recurso de inconstitucionalidad (judicial review) fuera aceptado tanto por el Legislativo como por el Ejecutivo, poniendo en pie de igualdad con ellos al Poder Judicial.

Un concepto que hoy forma parte de la arquitectura constitucional de todos los países democráticos del mundo.

FUE ABOGADO, POLÍTICO Y DIPLOMÁTICO 

John Marshall fue, antes de convertirse en presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, soldado.

Tomó parte en la guerra de la Independencia. Fue miembro de la Cámara de Representantes de su Estado natal de Virginia, en la que participó en la ratificación de la Constitución. Ejerció como abogado, diplomático y secretario de Estado; en España se le denominaría ministro de Asuntos Exteriores.

Marshall era masón, como el primer presidente, George Washington, sobre el que escribió una documentada biografía, y miembro del Partido Federalista.

Esta formación defendía la existencia de un gobierno federal y central fuerte, como su líder, el segundo presidente en la historia de los Estados Unidos, John Adams, y el hombre que puso a Marshall en la Presidencia de la Corte Suprema en unos momentos muy difíciles para la nueva nación.

SU NOMBRAMIENTO

Marshall fue nombrado presidente de la Corte Suprema el 31 de enero de 1801, cuando era secretario de Estado, con casi 45 años, a propuesta de Adams y con el visto bueno del Senado.

Tal como se hace hoy en día.

Adams acababa de perder las elecciones a manos de Thomas Jefferson, líder del Partido Demócrata-Republicano, otro “padre fundador”.

Jefferson había servido con Adams como vicepresidente en el mandato que acababa de terminar, formando parte de una “grosse koalition”, como dicen los alemanes hoy en día, o gran coalición.

Pero el tiempo de las grandes coaliciones había llegado a su fin.

Los puntos de vista de Adams y del Partido Federalista y de Jefferson y su Partido Demócrata-Republicano, no podían ser más dispares.

Jefferson era partidario de justo lo contrario que Adams y que Marshall: quería un gobierno central débil y estados federales fuertes.

Le repelía la idea de que en los Estados Unidos pudiera volverse a replicar un estado centralista, que se asemejara a una monarquía como la británica, a la que habían vencido en lo que ellos llamaban la “guerra de la revolución americana”.

Jefferson se impuso en las elecciones a la Presidencia y su partido en las elecciones al Senado y al Congreso.

La marea antifederalista prometía con llevarse por delante la forja de una gran nación.

ADOPTÓ LA TOGA NEGRA, TODA UNA DECLARACIÓN DE INTENCIONES

“John Marshall fue el hombre adecuado, en el lugar adecuado y en el momento adecuado”, afirma Charles F. Hobson, director de la publicación “The Papers of John Marshall”.

Marshall juró su cargo de presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos ataviado con una toga negra simple, siguiendo la tradición de su estado natal, Virginia.

Abandonó la toga de los jueces británicos, que era de colores, pieles de armiño y pelucas, a la que eran tan aficionados muchos de sus compañeros.

Con ello hizo toda una declaración de principios de lo que quería que fuera su mandato, que luego todos los jueces estadounidenses imitaron.

El ejemplo es el principio de la autoridad.

Y lo llevó a cabo en la sala de vistas de la sede de la Corte Suprema, que entonces estaba en un sótano del Capitolio.

Aquella fue su sede hasta 1935, cuando el presidente Franklin Delano Roosevelt ordenó levantar el actual edificio, de estilo neoclásico, frente al mencionado Capitolio.

Cualquiera que visite el interior del actual edificio del Tribunal Supremo, en Washington D.C., se encontrará con esta estatua de John Marshall, sufragada por la Asociación de Abogados de Estados Unidos, obra del escultor William Wetmore.

CASO MARBURY VERSUS MADISON 

Estados Unidos tenía, en 1981, tenía casi 25 años de edad como país. La política lo había impregnado todo.

Para los “republicanos jeffersonianos”, como eran llamados los miembros del Partido Democrata-Republicano, la judicatura había perdido la independencia y la imparcialidad que debía regir su conducta y se había convertido en un instrumento político más en la lucha por el poder.

Prueba de ello habían sido las últimas decisiones tomadas por los federalistas en el Congreso, por las mismas fechas en que Adams nombró a Marshall, aprobando la modificación de la Ley de la Judicatura de 1789 por la que se transformó la planta judicial, que fue ampliada en 16 jueces de Circuito y en 42 jueces de Paz.

Huelga decir que todos esos puestos habían sido pensados para personas próximas al Partido Federalista.

El mandato era por cinco años.

INTENTOS DE SUPEDITAR LA JUSTICIA AL PODER POLÍTICO 

El presidente Adams firmó todos los nombramientos, los selló y ordenó que fueran comunicados a todos los nuevos jueces, el 3 de marzo, un día antes de que Jefferson tomará su testigo en la Presidencia.

Sin embargo, a uno de ellos, William Marbury, no le llegó su nombramiento de juez de Paz para el Distrito de Columbia.

Cuando Jefferson descubrió la maniobra de Adams se negó a comunicar a Marbury su nombramiento.

Con la orden ejecutiva, la Corte Suprema podía ordenar a cualquier funcionario público hacer una tarea propia del Ejecutivo, conforme a determinados preceptos legales.

Marbury respondió de la forma que sabía: de forma legal.

Solicitó formalmente a la Corte Suprema que emitiera una orden ejecutiva (“writ of mandamus”) al secretario de Estado, John Madison, para obligarle a que le fuera comunicado el nombramiento de un modo oficial, con el fin de poder tomar posesión de su puesto.

Aquello fue una auténtica “patata caliente” para el nuevo presidente del Poder Judicial, John Marshall.

Todo el mundo conocía su pasado federalista y también que el recurrente, Marbury, era también un federalista.

La suma era matemática dos y dos, cuatro. Pero no fue así.

EL FALLO 

El tribunal presidido por Marshall le dio la razón a Marbury en 1803.

El juez de paz tenía derecho a que se le comunicara su nombramiento -que había sido firmado y sellado por el anterior presidente, lo cual era válido- y, en consecuencia, a tomar posesión de su destino.

Sin embargo, la Suprema Corte argumentó que no tenía el poder para hacerlo y, por lo tanto, no podía forzar al Ejecutivo, del que formaba parte el secretario de Estado, John Madison.

¿Por qué?

Según el presidente-ponente del caso, John Marshall, la sección 13 de la Ley de la Judicatura de 1789 era inconstitucional porque ampliaba la jurisdicción del Tribunal Supremo más allá de lo que permitía el artículo III de la Constitución, al conferir a la Corte Suprema el poder de emitir, precisamente, órdenes ejecutivas como la que había solicitado Marbury.

EL CONTROL DE CONSTITUCIONALIDAD OTORGA EL DERECHO A DEROGAR LEYES 

Fue la primera vez que la Corte Suprema estadounidense se arrogó la capacidad de declarar inconstitucional una parte de una ley aprobada por el Parlamento.

Pero lo más importante de todo: Marshall consiguió erigir a su tribunal como árbitro del juego político y máximo intérprete de la ley, haciendo buena la frase de que un problema es una oportunidad en traje de faena.

Fue su gran oportunidad y la aprovechó.

Marbury, en consecuencia, jamás tomó posesión de su destino como juez de Paz.

John Marshall fue el arquitecto constitucional del Tribunal Supremo estadounidense; la pintura fue realizada por Henry Inman en 1832.

EL JUICIO A AARON BURR, VICEPRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS  

Otra gran prueba de fuego por la que tuvo que pasar John Marshall tuvo lugar en 1807. Fue el juicio contra el exvicepresidente de los Estados Unidos, Aaron Burr, quien fue acusado de traición y alto delito menor.

A día de hoy, los historiadores no lo tienen claro.

Sus detractores afirmaron que Burr había tratado de crear una nueva nación en el oeste, con las provincias conquistadas a México y el territorio al oeste de los Apalaches, con él mismo como líder de esta república.

Otros creyeron que había intentado forjar un imperio latinoamericano que controlara la mayor parte de las granjas y el comercio estadounidense.

Sea como fuere, el presidente Jefferson, con quien Burr había servido de vicepresidente durante su primer mandato, hizo duras declaraciones, condenándolo públicamente y apoyando su condena, lo que supuso una injerencia clara en la independencia del poder judicial.

Y lo peor, una presión directa sobre el tribunal y el propio Marshall.

JUICIO EN LOS TRIBUNALES DE VIRGINIA 

Aunque el juicio no tuvo lugar en la Corte Suprema sino en los tribunales de Distrito de Virginia, donde Marshall prestaba también sus servicios varios meses al año (Estados Unidos no era lo que es hoy), éste, lejos de ceder a las presiones del presidente Jefferson, hizo una interpretación restrictiva de la definición de traición, tal como viene redactada en el artículo 3 de la Constitución, y así se lo expuso al jurado popular.

El tribunal del jurado terminó absolviendo a Burr, ya que en el juicio no se pudo demostrar que hubiera cometido un “acto hostil”, como exigía la Carta Magna.

A consecuencia de ello, las relaciones de Marshall con el presidente Jefferson se vieron muy afectadas.

Pero fue sólo durante un año, porque a Jefferson le sucederían cuatro presidentes de Estados Unidos: James MadisonJames MonroeJohn Quincy Adams y Andrew Jackson. El carácter vitalicio del cargo le permitió seguir al frente de la Corte Suprema hasta su muerte, en

DEFINICIÓN DEL ESTATUS JURÍDICO DE LAS TRIBUS AMERICANAS 

La Corte Suprema también levantó el marco fundacional para las relaciones entre los Estados Unidos y las tribus indias del país en los casos Johnson vs M’Intosh, Cherokee Nation vs Georgia y en Worcester vs Georgia.

JOHNSON VERSUS M’INTOSH

En el primer caso se afirmó la doctrina de la primacía federal en las relaciones con los pueblos indígenas americanos, resolviendo a favor de la parte que había obtenido una concesión de tierra de un gobierno federal sobre la otra parte que mantenía que la habían comprado directamente a una tribu.

CHEROKEE NATION VERSUS GEORGIA 

En el segundo caso, el Tribunal Supremo se negó a reconocer a las tribus indígenas como naciones, manteniendo que eran “naciones domésticamente dependientes” cuyas relaciones con los Estados Unidos eran comparables a las de un pupilo y su tutor, aunque sí reconoció el derecho de cada tribu a la soberanía sobre sus tierras tribales.

WORCESTER VERSUS GEORGIA 

El tercero confirmó la soberanía tribal y reafirmó la supremacía federal en relación a los asuntos tribales protegiéndoles de las incursiones de los estados, estableciendo que las leyes de un estado no tienen fuerza legal en tierras tribales dentro de los límites geográficos del estado.

CARISMA Y AMPLITUD DE MIRAS, CLAVE EN EL ÉXITO DE JOHN MARSHALL 

Dos de las claves de su éxito, según sus biógrafos, fueron su personalidad y su capacidad de trabajo.

Marshall tenía carisma, sentido del humor, una inteligencia rápida y brillante, era capaz de elaborar argumentos persuasivos y una capacidad innata a formar equipos, a atraer hacia su persona a todos los que le rodeaban.

Sus opiniones eran claras pero no elocuentes o sutiles, y prestaba una gran atención porque sus sentencias fueran fácilmente comprendidas, incluso por los legos, el pueblo, a quien la justicia sirve.

Pero por encima de todo, el presidente de la Corte Suprema estadounidense era un estadista que veía la grandeza de su país en el futuro.

Todas estas cualidades le valieron el sobrenombre de “El gran presidente”.

LA IMPORTANCIA DE SUS SENTENCIAS DICTADAS EN LA CORTE SUPREMA 

La actividad de Marshall, a lo largo de esos 34 años, fue abrumadora. Era un trabajador incansable. Una “maquina”, diríamos hoy.

“No sólo por la cantidad sino por la importancia de sus sentencias, ya que durante su Presidencia se vieron 1.215 casos”, según cuenta Beatriz Sanjurjo en su obra Los jurados en Estados Unidos. 

Entre ellos destacan sentencias tan importantes como las de McCulloch vs Maryland, que resolvió el equilibro de poder entre el gobierno federal y los estados a favor del primero, o Dartmouth College vs Woodward, que confirmó los derechos de las cartas de privilegios de todas las instituciones privadas de altos estudios porque son contratos que no pueden ser infringidos por el Estado.

EL FINAL DE SU CARRERA 

A pesar de ser el presidente de la Corte Suprema, Marshall siguió siendo leal a las ideas del Partido Federalista, desaparecido en 1823.

Los jueces, por el hecho de ser jueces, tienen ideas políticas. Y

las de esta figura, influyeron de forma determinante en lo que hoy es Estados Unidos.

Precisamente en ese año de 1823, los que habían sido sus rivales en su época política, los miembros del Partido Demócrata-Republicano, le ofrecieron ser su candidato a la Presidencia en las elecciones que iban a tener lugar al año siguiente.

Aunque le agradó, porque suponía un reconocimiento a su trabajo al frente de la Corte Supremo, Marshall lo rechazó.

Casi con toda probabilidad, con el prestigio adquirido, habría conseguido el objetivo.

Prefirió seguir al frente de su nave hasta 1834, cuando le sorprendió la muerte a los 79 años.

El epitafio que se puede leer en su tumba del Cementario Shockoe Hill, Richmond, Virginia, es muy simple. Dice: “John Marshall. Hijo de Thomas y Mary Marshall, nació el 24 de septiembre de 1755, se casó con Mary Willis Ambler, el 3 de enero de 1783. Partió de esta vida el día 6 de julio de 1835″.

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