Leonardo Davinci. El arte de cocinar con venenos

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Ahora he de reunirme con mi señor Cesare y el maestro Machiavelli para tratar de mi conocimiento sobre venenos, y este es muy escaso*, al mostrarse Salai tan poco dispuesto a colaborar conmigo en mis experimentos desde que me descubrió y puso grandes objeciones a que yo colocara cantidades gradualmente crecientes de estricnina y belladona en la polenta de su desayuno, y no quiso de ninguna manera aceptar mi explicación de que esto no tenía otro objeto que fortalecer su inmunidad a las sustancias que podrían servirle otras personas menos amistosas -teniendo en cuenta la reputación de las personas de la casa de nuestro buen huésped-.

Tengo, sin embargo, algunas cuestiones claras. La elección del veneno ha de depender del efecto que tratéis de crear en la persona. Así, este provoca estornudos, este otro comezones, aquel saltos y convulsiones, y este otro la muerte total. Los diferentes venenos disponibles no habrá de confundirlos el que se esté iniciando en el arte del envenenador. Habrá de aprender que la estricnina causa tortícolis y terror; que las bayas negras y marrones de la belladona son la causa de los ojos desorbitados y del delirio; que el acónito (que tan a menudo se confunde con las raíces del rábano picante) provoca estremecimientos y vómitos; y que la cicuta es uno de los que causan la muerte total. Hay otros de cuyos efectos no estoy seguro debido al egoísmo de Salai, y estos son: la raíz de serpiente, el ruibarbo, el tanaceto, las bayas negras de la hierba de San Cristóbal, los frutos de beleño, el muérdago, las aguaturmas y el moho de algunos quesos de Mantua. Mas de una cosa estoy bien seguro. Un buen veneno siempre ha de administrarse al comienzo de una comida, pues actúa con más rapidez en un estómago vacío; y usado de esta manera beneficiará tanto al envenenador, que no tendrá necesidad de usar más que una pequeña dosis de su arma, como al anfitrión, que no deseará que las diversiones que haya dispuesto ofrecer a sus invitados tras la comida se vean estorbadas por la agonía de su víctima.

En otros escritos Leonardo hace muchas referencias a animales que se curan a sí mismos del efecto de los venenos, y también (en el Codez Atlanticus 346 v.a.) propone el ingenioso plan de poner fuera de combate a la tripulación de un barco enemigo disparando sobre ellos un veneno de “arsénico mezclado con ponzoña de sapo, saliva de perro rabioso y bayas de aucuba”. Pero no aclara si esto había de administrarse en forma de líquido o de polvo.

Extractos del libro compilado y editado por los historiadores británicos Shelagh y Jonathan Routh, 1987, publicado en español por el sello Temas de Hoy, del Grupo Planeta.

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