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De derechas o de izquierdas, todas las dictaduras son inaceptables

Panam Post.- Ha habido quienes defiendan uno u otro autoritarismo. De ambos lados. Los rojos se desviven por los Castro y lo hacían por Chávez. Tratan con cariño a Perón o a Jruschov. Del otro lado los halagos van para Pinochet, Fujimori o Franco. Fueron males necesarios, se argumenta. Y los de la otra acera ideológica justifican o evaden los crímenes de los representantes socialistas.

Es cierto que algunas sociedades deben vivir con la tragedia de que su prosperidad en gran parte se debe a las pretensiones de algún dictador. Hay regímenes que se desarrollan beneficiando algunos sectores económicos. Otros lo hacen difundiendo la miseria universal. Quizá a esto se deba que se intente favorecer a unos dictadores por encima de otros.

Por ejemplo, si Pinochet permitió la apertura del mercado y consultó sus políticas con el brillantísimo Milton Friedman; entonces su régimen es superior y mucho más deseable al de Castro, que persiguió con todo a la iniciativa privada. Es una falacia en la que suelen caer quienes simulan ser amigos de la libertad. Pero todo aquel que ventile tal desacierto; no está sino evadiendo que el único valor inamovible en una sociedad es la existencia plena de esa libertad que supuestamente se defiende. Libertad completa. No a medias. Y lo contrario a esa libertad plena; la sola exigua presencia del valor supremo, es inadmisible.

El insigne Vargas Llosa lo dijo muy bien esta semana en Chile. Durante un foro, el autor y abogado Axel Kaiser le planteó al escritor y Nobel de Literatura el mismo dilema falaz de Pinochet y Raúl Castro o Maduro.

“Hay dictaduras menos malas, por no decir mejores, sino que menos malas. Por ejemplo: ¿cuántos en esta sala preferirían vivir en la dictadura de Maduro o en Cuba, que lo que fueron los años 80 en Chile? Probablemente nadie. Y ahí es donde viene una segunda pregunta que yo te quiero hacer a ti: ¿en el liberalismo…?”, dijo Kaiser a Vargas Llosa. Inmediatamente luego de la osadía, el Nobel de Literatura lo interrumpió: “Esa pregunta yo no te la acepto”.

“Esa pregunta parte de una cierta toma de posición previa: que hay dictaduras buenas, que hay dictaduras menos malas. No. Las dictaduras son todas malas. Algunas pueden traer beneficios económicos; pero el precio que se paga por eso es un precio intolerable”, espetó Vargas Llosa.

Luego, agregó: “Creo que entrar en esa dinámica es un juego peligroso. Es un juego que nos conduce a aceptar que en algunos casos una dictadura es tolerable o es aceptable. No. Todas son inaceptables”

El peruano tiene razón. Toda la razón. Porque es que ser clemente con algún dictador, solo porque brindó cierto beneficio a la economía —o porque hizo ciertos favores sociales o incluyó a alguna parte de la población en su discurso, otrora olvidada; por ejemplo, en el caso de otros autoritarismos—, es suponer que la falta completa de libertades puede tolerarse en nombre de doctrinas o inclinaciones ideológicas. Un relativismo repugnante.

Mientras al sur de Latinoamérica ocurría el «Milagro de Chile», disidentes eran perseguidos, torturados, asesinados y desaparecidos. Mientras en la Venezuela de los cincuenta se erigía el Hotel Humboldt, cientos de ciudadanos y presos políticos sufrían fuertes torturas en el campo de concentración en Guasina. Cuando Chávez regalaba decadentes apartamentos en Caracas, una juez era violada en prisión. O con el parcial desarrollo económico y el orden público, también fueron masacrados haitianos en República Dominicana durante los años treinta.

El precio que se paga por «lo bueno» entre lo perverso es, como dice Vargas Llosa, inadmisible. Sobre todo porque si en el mundo ha habido prosperidad, esta ha llegado de forma arrolladora durante el reinado de la democracia y el respeto a las libertades. Y es oportuno que el Nobel de Literatura lo diga y lo mantenga. Porque hoy, cuando el mundo disfruta como nunca los beneficios de la libertad, todavía hay quienes añoran las presuntas bondades de los autoritarismos solo por el odio feroz a lo que se oponen.

Pero al final, quienes plantean esa falaz dilema, no son amigos genuinos de la libertad, sino cómplices a ultranza de modelos e ideologías.

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