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Alucinante, tremendo, inolvidable, Ronaldo salvó a los merengues

(El Mundo.es) Alucinante, tremendo, inolvidable. Con el universo patidifuso, atónito ante el que podía ser el mayor cataclismo visto del rey de reyes en la Copa de Europa, llegó un desenlace que dejó abierto un debate para los siglos de los siglos. Un penalti superado el minuto 90 provocó un alivio histórico para un Madrid que ya se veía en una pavorosa prórroga ante una Juve que expuso toda su heráldica hasta igualar el 0-3 de la ida. En un final propio del Hitchcock más en forma, Benatia, que no tocó el balón, se llevó por delante a Lucas Vázquez. El gallego no fue arrollado, sí desequilibrado. ¿Suficiente para el castigo terminal? Ni un millón de vares resolverían a gusto de todos una jugada decidida a cámara rápida tan por los pelos que ni en cámara lenta dio para alcanzar un consenso.

Encolerizados los juventinos, ni Buffon, a sus 40 años y quizá en su última participación europea, se contuvo. Michael Oliver, un árbitro al que se le notó superado, un novato inglés de solo 33 años, expulsó al mito italiano, noblemente ovacionado al retirarse por las gentes de Chamartín. Szçesny, su relevo, no pudo contener el cañonazo inapelable de Cristiano, que retumbó hasta en Marte. Solo así se deshizo el nudo de un partido incunable, para la posteridad, de los que darán cháchara de generación en generación. Una maldita muerte en la orilla para una Juve que tuvo la personalidad que muy pocos —por no deletrear casi nadie— hubieran tenido ante el himalayescoreto que tenía por delante. Ni más ni menos que en el aprensivo Bernabéu para tantos y tantos. Ante el doble campeón actual de la Champions, ante un Madrid que en 116 años de vida jamás había sucumbido en Europa como local tras un resultado tan ventajoso como el de la ida. Un suspiro infinito para un Madrid angustiado como nunca. Con partidos como este se acentúa el dicho: en ocasiones no hay mayor lógica en el fútbol que su ilógica. Entonces, este juego destila un suspense inigualable.

En jornadas así, el fútbol pide a gritos un certamen mundial de mentalistas, hechiceros y otros buceadores en fenómenos sobrenaturales. Cómo desgranar si no un partido previsto para comepipas que derivó en una intriga sobrecogedora incluso para los más neutrales. Y hasta para los de mirada turbia con este deporte. Sucedió en un Chamartín escalofriado. La gente creyó acudir a un duelo funcionarial y, de repente, se sintió turbada. Todos pestañeaban, los madridistas con una recelosa tiritona, los juvetinos con una gozosa incredulidad. En un minuto y 17 segundos, en el Bernabéu había un pulso donde muchos solo se vaticinaban un rutinario pasatiempo. Lo que tardó Mandzukic en cabecear un centro de Khedira tras la primera escalada de la noche de Douglas, un extremo polvorilla que sacó la cadena a la zaga madridista.

El gol supuso un borrón en la pizarra blanca. Un cate en toda regla. Con Mandzukic, un tipo con cuerpo de pértiga, volcado hacia la izquierda, su defensor aéreo nunca debió ser Carvajal, el jugador local de techo más recortado. Ni con tal azote se corrigió el Real, que por la misma vía concedió el segundo varapalo de la noche. La Juve se desplegaba con Douglas por la derecha para rematar por la otra orilla con Mandzukic. Zidane y los suyos no se dieron por enterados. Con media hora de diferencia, el ex ariete del Atlético calcó su primer emboque aupado dos cabezas sobre Carvajal, tan vencedor de todos los duelos terrestres como perdedor en aquellos que se dirimieron por los cielos.

Estremecido el madridismo, su equipo fue a tirones toda la noche, con el gesto tan desencajado como los pies. No supo gestionar los tiempos del partido y quiso buscar el gol antes que el juego. Ello, más los problemas físicos de Modric y la ausencia del mesiánico Sergio Ramos, llevó al Madrid a la precipitación frecuente, al juego espasmódico. Todo lo contrario que la Juve. De entrada, despojada de todas las señas del calcio para descamisarse hasta estar cerca de la remontada. Luego, supo esperar la puntilla para el 0-3 y en el tramo final ya quiso ser la Juve de trinchera. Ahí se quebró cuando en el último suspiro maldijo la condena arbitral.

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