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El Salvador, un conteo regresivo hacia el país de la muerte

Estimado presidente y políticos:

Soy un estudiante salvadoreño en el extranjero desde hace 4 meses. Tengo la suerte de haber venido a un país de Europa a estudiar una maestría en Agricultura Ecológica, un tipo de agricultura que busca una producción sostenible, es decir sin poner en riesgo los recursos de las futuras generaciones.

Me gustaría comentar como es el estilo de vida en la ciudad en la que vivo, una ciudad pequeña a un par de horas de una enorme ciudad.

Llegué con la idea mítica de que las personas aquí no son amables; y a mi sorpresa ha sucedido todo lo contrario, me he encontrado con grandes personas que me han ayudado a establecerme desde mi llegada, incluso algunas han hecho cosas inconcebibles en el contexto salvadoreño. Aquí está floreciendo una economía colaborativa, donde es posible, por ejemplo, hospedarse en la casa o viajar en el carro de un desconocido posterior a fijar los detalles por medio de una plataforma en línea; algunos hay que pagar, otros simplemente lo hacen por la satisfacción de ayudar a otros o por la interacción humana. Justamente mientras escribo, viajó en un carro con tres personas a las que no conozco. Así me trasladó a mi universidad ya que es el medio más barato. La gente del lugar donde vivo tiene un detalle en particular que puedo percibir…no se tienen miedo unos a los otros.

Déjenme comentarles que nunca había andado tanto a pie y con tanta tranquilidad. Voy a pie al mercado, a la cafetería, a la parada de buses, al parque, a la fiesta de la ciudad que termina en la madrugada, voy a pie… hasta donde mi capacidad física y mi mente me lo permiten, sin sentir el temor (no sé si mejor llamarlo terror) que millones de salvadoreños sienten a diario. Es curioso observar que las personas que caminan no están viendo constantemente hacia atrás…el miedo no está en su genética.

Para distancias más largas tengo mi bicicleta, que es mucho más cómodo en una ciudad pequeña donde encontrar estacionamiento para automóviles es difícil, caro y contaminante. La mayoría de calles tienen carril para bicicletas lo que me permite movilizarme con seguridad. Otro fenómeno interesante, es que la mayoría de calles cuenta con semáforos para peatones y bicicletas; y las que no, los automovilistas se detienen para dejarme cruzar.

Usar el autobús es una experiencia agradable y práctica. Estos cumplen milimétricamente con exactitud las rutas y horarios indicados en la rotulación de la parada, una vez adentro, si hay espacio, puedo sentarme en cualquiera de los asientos, siempre y cuando no sean los asignados para personas mayores o discapacitadas, puedo también escuchar libremente música en mi teléfono móvil o sacar mi billetera para verificar que llevó todo lo que necesito sin miedo a que alguien intente robarme; tampoco veo de un lado a otro como suricato para detectar posibles amenazas ni mantengo la cabeza gacha para que no me confundan con un rival. Me he dado cuenta que el conductor se presenta a su trabajo muy bien uniformado, él manipula poco dinero, ya que la mayoría de personas cuenta con una tarjeta electrónica que pasan rápidamente antes de entrar. Hasta ahora no he visto una sola unidad que emita nubes negras de aquellas que inundan los pulmones de mis compatriotas; tampoco he visto unidades con sobrecarga; a la entrada se ve un rótulo que dice: “capacidad máxima: 100 personas”.

Imagínense que he visto niños de clase media de 10 años viajar solos en autobús; estos se sientan cerca del conductor posteriormente a que la madre o padre habla con él para que esté atento del niño y la parada correspondiente.

En cuanto al manejo de residuos, me estoy acostumbrado a separarlos en cuatro categorías: plásticos y latas, vidrio, cartones y papel, y basura orgánica. Cada barrio o pasaje tiene recipientes grandes de cada una de las categorías. Son los habitantes los encargados de llevar la basura a los recipientes y no el camión el encargado de pasar por cada casa; me imaginó que al centralizar la basura en cada barrio se ahorra en combustible y se reduce el tiempo dedicado a la recolección.

Aquí, la mayoría de restaurantes son manejados por personas locales que ofrecen comida local; las cadenas de comida rápida en cada esquina son la excepción no la norma. Es posible que esto repercuta de manera positiva en la salud de la población. Cada fin de semana se montan dos mercados donde se venden miles de productos locales provenientes de las periferias agrícolas, beneficiando a los pequeños agricultores y a la economía local permitiendo que el dinero permanezca en la comunidad. Es posible ver a personas de todas clases sociales haciendo sus compras en este tipo de mercados, todos conviviendo en un mismo sitio, sin miedo, con tranquilidad. Para ponerlo en contexto, sería como ver a un “alto” funcionario del gobierno salvadoreño salir a pie de su casa para ir a comprar a “La Tiendona” los alimentos para su familia sin ningún dispositivo de seguridad. ¿Lo harían?

Estimados políticos, entiendo muy bien que la situación en el país se les ha salido de las manos; entiendo que es una situación complicada de resolver; lo que no comprendo es la desconexión que tienen con ustedes mismos, con los demás y la naturaleza. Su discurso no concuerda con sus acciones, ¿Cómo es posible que para navidad se nos presente un mensaje de niños cantores como si viviéramos en el país de las mil maravillas?, es una bofetada para la población, especialmente para aquellos familiares de las 6,345 personas asesinadas en 2015 y de las 400 asesinadas en apenas la primera quincena de 2016. Es un insulto para las personas que tienen que escabullirse para llegar a sus hogares para no ser sorprendidos por pandillas de colonias rivales, un insulto para todos los empresarios que con el sudor de su frente tienen que pagar “rentas” para mantener su vida y su negocio a flote y por qué no un insulto a los miles de pandilleros que algún día tuvieron sueños y han sido víctimas de una sociedad que no les proporcionó las herramientas adecuadas para desenvolverse…es un insulto a los 7 millones de salvadoreños. El primer paso para la curación de un adicto es aceptar su realidad.

Veo día a día desde la lejanía como aprueban leyes que sólo buscan beneficiar a la clase política, protegerlos y blindarlos; veo como ocultan información que debería ser pública; veo como cuentan con seguros millonarios, banquetes que cualquier rey envidiaría, viajes a los rincones más inhóspitos del planeta, viáticos diarios que duplican el sueldo de todo un mes de la mayoría de salvadoreños. No están cuidando el dinero y exigen más y más impuestos.

Debo decirles que me decepciona y me entristece ver a diario como entre 20 a 30 de mis compatriotas son asesinados. No me importa que me digan que son mareros o personas a pie (como dicen), lo que me entristece al fin de cuentas es que son personas producto de la sociedad convulsionada y ciega en la que crecieron.

Vine a estudiar porque mi idea es regresar a aportar algo, pero esa decisión se vuelve cada día más difícil; al estar en una sociedad que me brinda muchas cosas positivas, una sociedad que me genera confianza para formar una familia, poner un negocio y traer un hijo al mundo… por el momento y con la mayor tristeza, mi querido El Salvador no las ofrece.

Ya dirá el destino lo que me depara; por el momento, por tener visa de estudiante, estoy obligado a regresar a mi país. He observado en mis compañeros europeos, peruanos y colombianos que toman con normalidad y felicidad el regreso a sus respectivos países; lamentablemente para mí, se ha convertido en un preocupante conteo regresivo hacia el país de la muerte.

 

 

 

huertopia.wordpress.com

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